Para la ONG “Emergency Darfur”, en ese lenguaje cutre de la posmodernidad, las potencias imperialistas tenían una obligación doble para intervenir en Sudán: el “deber de injerencia” y la lucha contra el “totalitarismo”. Sin embargo, mostraban una inacción total, como en Munich en 1938: “Hasta ahora las democracias [léase imperialistas] han dejado a las víctimas solas frente a sus verdugos. Desesperadamente solas”.

La pasividad era grave porque “aún tenemos los medios para poner fin al genocidio”. No hay nada más fácil que detener esta “tragedia”, dijo uno de los candidatos en las elecciones presidenciales. “Sabemos, más o menos, cómo detener la matanza”, explica Levy. Es mucho menos complicado “que derrocar a Saddam Husssein … Frenar a Jartum no requeriría mucho más esfuerzo que hace diez años, después de cinco años de dilación y cobardía, para parar a Milosevic. Entonces, ¿a qué esperamos?”

“Sólo se necesitarían dos aviones [de guerra extranjeros] para detener eso”, escribe el vicepresidente de la ONG. La comunidad internacional debe ignorar la negativa del régimen “ilegítimo” de Jartum a albergar una fuerza internacional como “pretexto para la no intervención”.

Como viene ocurriendo, los pacifistas y los humanitarios llamaban a la guerra o, mejor dicho, a sustituir una guerra civil por otra exterior, imperialista. Pero rara vez aclaraban el propósito de la invasión militar. En un principio, “Emergency Darfur” fijó como horizonte el cambio de “régimen” y la imposición de un gobierno “democrático”, como en Siria, o en Venezuela, o en Corea.

A veces las ONG sabían ser más sutiles y lo que pedían era envío de “personal de mantenimiento de la paz” para salvar a los supervivientes de Darfur. Allí, en su propio suelo, el gobierno de Sudán no pintaba nada; había que enviar ese “personal” con o sin su acuerdo y “ordenar a las fuerzas francesas estacionadas en Chad y en la República Centroafricana que protejan eficazmente a los refugiados, a las personas desplazadas y a los miembros de las organizaciones humanitarias que operan en estos países”.

Como Levy tiene la cara muy dura no se esconde tanto y aboga por el apoyo militar a una de las milicias insurgentes: “Si no somos capaces de detener la masacre […] ¿no deberíamos al menos ayudar a aquellos que defienden a estas personas y lo hacen con las armas en la mano?”

Ocultando que Darfur ya se estaba beneficiando de la mayor operación de ayuda humanitaria del mundo, la ONG “Emergency Darfur” seguía exigiendo que el gobierno permitiera sin demora el acceso de la ayuda humanitario a la población. El ministro de Exteriores, Kouchner, seguía la corriente: era necesario establecer desde Chad “un corredor humanitario asegurado por la comunidad internacional y proporcionar alimentos y medicinas a las poblaciones aisladas y aterrorizadas que aún sobreviven”.

Lo importante no era el corredor humanitario, sino que el mismo estuviera, además, protegido por esa “comunidad internacional”, un eufemismo moderno para referirse a los ejércitos de las grandes potencias imperialistas.

Hay que poner de manifiesto que las ONG preconizaban la invasión militar y que ninguna de ellas hablaba de reanudar las negociaciones de paz, porque “como en Ruanda, mientras hablamos de un hipotético proceso de paz, las masacres continúan”. Por eso hay que olvidarse de la paz, es prfeferible una guerra que acabe con las matanzas. Esa es la paradoja de las ONG “humanitarias” en el imperialismo contemporáneo.

En los años 2006 y 2007 el gobierno sudanés se oponía al despliegue de tropas de la ONU, por lo que la injerencia que pedían las ONG era una declaración de guerra. “Emergency Darfur” llama, pues, a la guerra imperialista contra Sudán en nombre de un derecho a la injerencia que da una vuelta de 180 grados al único derecho reconocido en la Carta de la ONU: el derecho a la no injerencia.

Hay algo más que los casos de Afganistán, Somalia e Irak ponen de manifiesto cada día: no existe ninguna certeza de que una invasión militar contribuya a garantizar la seguridad de la población civil, sino todo lo contrario. Una invasión militar del oeste de Sudán hubiera acabado en un baño de sangre, sobre todo para los civiles. Además, conduciría inevitablemente al colapso de los programas de asistencia sanitaria, cuya contribución a la supervivencia de la población de Darfur fue esencial.

Las ONG forman parte integrante de las modernas guerras imperialistas de agresión. Las ONG justifican las guerra porque se nutren de ellas, de sus calamidades y sus sufrimientos. El tratamiento que merecen dichas ONG no es diferente del que está reservado a los carniceros imperialistas.

https://books.openedition.org/ifpo/1377

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