Bianchi

No hay obsesión más enfermiza para la burguesía dominante que el uso de la violencia por parte de fuerzas incontroladas por ella o que cuestionen el cacareado “monopolio de la violencia” del Estado (burgués). Ocurre también en el llamado “procès” catalán donde los líderes independentistas no se cansan en sus llamados al uso de las “vías pacíficas y democráticas” para la consecución de sus objetivos. En realidad, estos llamamientos “democráticos”, “civilizados”, obedecen al pavor cerval que tienen a que las situaciones se les vayan de las manos y no las controlen, como ha ocurrido ante la casi toma del Parlament catalán por parte de “cederistas” (Comités de Defensa de la República).

Es justamente en situaciones donde asoma la violencia, o conatos de ella, donde afloran las contradicciones en el seno de la burguesía catalana independentista, y no, por ejemplo, en el fascio español, desde la caverna mediática hasta “La Sexta”, cuya única preocupación consiste en ver si los Mossos reparten leña y estopa entre quienes van de las palabras a los hechos y se toman la proclamación de la República -que han llegado a tocar entre los dedos- como algo más serio que una bravata.

Es la violencia, o la llegada a esa fase, la piedra de toque que posiciona a cada cual o acaba por quitar las caretas a los embozados. Y es aquí, en el temor al descontrol y la pérdida de las riendas del procès, donde la burguesía y pequeña burguesía catalana ve más peligro que en la represión española, en la que ve, al fin y al cabo, no un “enemigo de clase” -de la que ambas forman parte-, sino un “adversario político” con el que se puede “negociar” y “dialogar” aunque en los hechos se vea que no está por más labor que la pura represión y rendición, que es la manera en que entiende el fascismo  la “negociación” con quien se le solivianta, lo mismo en su vertiente “pepera” que socialfascista psoísta.

Lo que no puede ser, ni consentirse, lo que les pone de los nervios y les saca de sus casillas, es que la calle pase a pertenecer -ni siquiera en un suspiro de verdadera libertad popular- a la insurgencia haciendo demostraciones de fuerza con, lo que es peor, resultados a la vista, o la creación de expectativas que van más allá que promesas hechas no se sabe si con la boca pequeña -como hace históricamente el PNV vasco- o sin fe en sus posibilidades; antes muerta que sencilla.

Así, pues, tenemos que la violencia, esa “partera de la Historia”, que dijera Marx, si no negada por la evidencia gráfica de las imágenes, quiere ser relegada convirtiendo lo que pudiera ser una brillante página de la Historia en una historieta frustrante. Sólo en el caso de que hubiera una situación revolucionaria protagonizada por la clase obrera, en Catalunya, España o donde fuere, entonces sí sería válida la violencia contra, ahora sí, el verdadero enemigo de clase. Entonces no habría tantos remilgos.

Así y todo, y como no somos equidistantes, estamos con la burguesía independentista, o, mejor dicho, con su causa, para no herir susceptibilidades, contra el fascismo campante y rampante hispano. Una burguesía que o no ha calculado bien sus fuerzas de inicio -pero ahí están las multitudinarias Diadas- o se debate entre ser consecuente e ir hasta el final en sus pretensiones republicanas y autodeterministas o teme traspasar las “líneas rojas” que pondrían en peligro su propio existir como clase dominante, un dilema histórico en ella.

Solía decir Hegel que las páginas en blanco que podían verse en la Historia y su desarrollo se debían a que en ellas no había ocurrido nada… violento, nada relevante ni reseñable, nada digno de mención, por tanto. Nadie le acusó de apólogo de la violencia. Ni a Kant.

Buenas tardes.

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