Iker Armentia.— “Era como si nos estuvieran fusilando”, relataba Laia Caballer en el juicio por la muerte del aficionado del Athletic Iñigo Cabacas. Laia estaba en el callejón en el que Iñigo murió por el impacto de una pelota de goma lanzada por la Ertzaintza. El pelotazo le reventó la cabeza y murió pocos días después en el hospital. Laia, experimentada en primeros auxilios, fue la primera persona en atender a Iñigo en el suelo intentando taponar la herida de la cabeza con unas bufandas mientras pedía a gritos una ambulancia y llovían los proyectiles de la Ertzaintza.

A un ertzaina le exigió que se identificara. “Si no quieres terminar como el del suelo, mejor que te largues de aquí”, le contestó el policía.

El de Laia es el relato más estremecedor que se ha escuchado en el juicio pero no el único que confirma que la intervención policial fue indiscriminada y extremadamente violenta.Varios testigos han coincidido en que la Ertzaintza disparó las pelotas de goma “de manera horizontal, a la gente, de frente, y a dar”. Según la directora general de la Academia de la Policía en Arkaute a los agentes se les enseñaba a “no disparar directo”, sino “a rebote” y “no lanzar a órganos vitales ni articulaciones”. Pero cualquiera que se haya pateado un poco las calles sabe que muchas veces la policía en Euskadi ha disparado las pelotas de goma sin prevenciones de ningún tipo. Esas recomendaciones son papel mojado. Y desgraciadamente es algo que ha quedado probado con este caso. Aquella noche tiraron a dar. Y mataron a Iñigo.

Esta semana el juicio ha dejado uno de los testimonios más ridículos escuchados hasta ahora. El del jefe del operativo de la Ertzaintza -conocido como Ugarteko- que dirigía la intervención policial desde la comisaría de Bilbao. Él fue quien dijo aquellas famosas y terribles palabras de  “entrar con todo” para dar la orden a los ertzainas que estaban sobre el terreno. En el juicio declaró que con esa frase no quería decir que se utilizaran las escopetas. ¿Y qué si no es “entrar con todo”? Ugarteko no está acusado de nada en el juicio.

Esta semana además se ha conocido que uno de los ertzainas que participó en el dispositivo de aquella fatídica noche  se reunió con mandos de la Policía autonómica y abogados del Gobierno vasco para preparar su declaración en la instrucción. Esto tampoco es una excepción. En diversos casos de corrupción, los abogados del Gobierno se han dedicado más a contener los daños que a ponerse al servicio del interés común e intentar llegar hasta el final. Son las cosas de El Oasis Vasco.

Esta es además una muestra más del desdén con el que el Gobierno vasco ha tratado a los padres de Iñigo. Primero el ejecutivo de Patxi López y después el de Urkullu. El padre de Iñigo, Manu Cabacas contó, en una entrevista en la Cadena Ser, que pidió a la consejera de Seguridad Estefanía Beltrán de Heredia que su departamento colaborara con la justicia y la consejera se mostró “como una roca. No me dijo ni que sí ni que no”. En cierta ocasión el secretario general de Derechos Humanos del Gobierno vasco, Jonan Fernández, llamó a Manu y le pregunto qué tal estaba. Él le respondió que el caso no avanzaba y el Gobierno no ayudaba a esclarecer los hechos. “Me dijo que no hiciera enemigos, que no estaba en situación”, explicaba el padre de Iñigo.

El Gobierno vasco ni ha mostrado empatía por la víctima y los familiares ni ha hecho todo lo posible por aclarar lo sucedido. Tampoco lo ha hecho la  Fiscalía que ha terminado convirtiéndose en la comparsa de la defensa bajo la teoría de que “no existiendo delito no se puede establecer autor”. Tampoco los partidos políticos -PNV, PSE, PP y UPyD- que rechazaron una comisión de investigación en el Parlamento vasco. El poder establecido nunca quiso justicia para este caso. Si no fuera por el tesón de los familiares y amigos de Cabacas, este crimen hubiera quedado en el olvido y la impunidad. Ni siquiera se hubiera celebrado el juicio. Algunos de los que debieran ser juzgados no están en el banquillo de los acusados. Las carreras de otros implicados ni siquiera se han truncado, más bien lo contrario. Pero, pese a todo, hágase justicia. Hágase algo de justicia.

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