Martin Luther King: primero tuvo un sueño y luego una pesadilla

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Ya saben aquel famoso discurso de Martin Luther King en Washington al final de la marcha por los derechos civiles: “Tengo un sueño”. El sueño de King ha dado la vuelta al mundo mil veces, pero eso no ocurrió inmediatamente; antes tuvieron que asesinarle.

Ya saben: los muertos son inofensivos. Tras ellos llegan los héroes y los mitos, que los crea la ideología dominante para consumo de los gregarios… siempre y cuando sean funcionales, es decir, una vez desprendidos del filo.

Desde 1983 Martin Luther King tiene su día, ayer, en el que se le recuerda y homenajea como lo que fue: alguien que se enfrentó al racismo en su país, Estados Unidos, y por eso le asesinaron. Hoy Martin Luther King está en los altares junto George Washington, Thomas Payne, John Adams, Abraham Lincoln, John Kennedy…

Quizá alguien crea que eso siempre fue así y que el sueño de King, acabar con el racismo, era el mismo de todos los estadounidenses. Pues no; más bien al contrario. Antes de ser asesinado King fue perseguido y vigilado por el FBI por orden del Presidente Kennedy y de su hermano Robert, ministro de Justica, entre otros. Llevó el nombre en clave de Operación Colina Escarpada (Steep Hill). Siguieron cada uno de sus pasos. Su vivienda, sus oficinas, sus teléfonos, sus habitaciones de hotel, así como las de sus asociados, estaban sometidas a escucha de la policía.

No tienen más que leer la prensa de la época para enterarse de que King no era un héroe sino un peligro, un comunista, un extremista, un rojo y un terrorista y que casi todos se oponían al movimiento por los derechos civiles, empezando por los políticos. El 72 por ciento de los estadounidenses tenía una visión negativa de King. En 1961 una encuesta de Gallup mostraba que sólo el 22 por ciento de los estadounidenses estaban de acuerdo con el movimiento por los derechos civiles y el 57 por ciento se oponía a sus protestas, aunque se trataran de gestos tan inocentes como las sentadas.

No eran sólo los sureños. Un año antes de la aprobación de la Ley de Derecho al Voto, una encuesta del New York Times mostró que un 57 por ciento de neoyorquinos opinaba que el movimiento por los derechos civiles había ido demasiado lejos y demasiado rápido. Los negros tenían más de lo que se merecían. Un gran número de encuestados hablaba de “discriminación inversa” contra los blancos y consideraba que los negros habían recibido todo en bandeja de plata. El 80 por ciento se oponía a la eliminación de la segregación racial en las escuelas públicas de Nueva York.

No eran sólo los blancos. Aproximadamente una tercera parte de la población negra estaba en contra de sí misma o, por lo menos, del movimiento que defendía sus derechos.

Los mítines, tanto de Rosa Parks como de King, eran saboteados e interrumpidos con gritos, insultos y agresiones de los racistas. Cuando 15 años después de su asesinato se trató de institucionalizar un día para su recuerdo, el Congreso se opuso. Hasta 1999 Nueva Hampshire no lo aprobó como día festivo.

Ahora los babosos le han convertido en un “activista” e incuso en un “reverendo”. Hasta Trump visitó ayer su monumento en Washington. Tanto los Presidentes como los políticos de todo el mundo repiten alguna de sus frases más melifluas, esas que se refieren a la “no violencia”.

La historia que escribe la burguesía da ganas de vomitar.

Fuente: MPR

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