Sobre algunas cuestiones de principio del marxismo-leninismo; Elena Ódena, 1967

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«En nuestra época la lucha revolucionaria de los pueblos atraviesa por un período de intensas luchas políticas ideológicas de importancia decisiva para el curso de todo el desarrollo histórico de nuestra sociedad. Actualmente, el revisionismo, al igual que en la época de Lenin, no constituye un fenómeno nacional sino internacional. Tras la derrota sufrida por el revisionismo, gracias esencialmente a la demoledora denuncia de Lenin, el revisionismo y el oportunismo de toda laya dejaron de tener en aquel momento una influencia decisiva entre los elementos más avanzados de la clase obrera.

Pero desde el final de la II Guerra Mundial, y con la agudización de la lucha de clases en todo el mundo y la creciente agresividad del imperialismo, cada vez más aislado y fustigado por la lucha revolucionaria de los pueblos oprimidos, las distintas corrientes de la ideología reformista y burguesa se han hecho más virulentas en el seno de la clase obrera y han llegado a penetrar en la cabeza misma de los Partidos Comunistas. Gran parte de los dirigentes de los partidos han caído así bajo la influencia de las ideas oportunistas, revisionistas, dándose el hecho agravante de que esas corrientes se han manifestado en sumo grado y en primerísimo lugar entre los actuales dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética, quienes han servido de punta de lanza y de base al revisionismo.

La lucha contra las tergiversaciones y falsificaciones ideológicas y teóricas de los revisionistas modernos es una obligación ineluctable para todo Partido marxista-leninista; es imprescindible y urgente arrancar de esas corrientes reformistas a extensas capas de la clase obrera –particularmente en los países más desarrollados–, y también de las capas bajas de la pequeña y media burguesía. Los marxista-leninistas hemos de inspirarnos en estos momentos, en la tenacidad y la perseverancia demostradas por Lenin en su lucha por los principios revolucionarios, y contra todos los revisionistas y oportunistas, ya que de otro modo, sería difícil movilizar a las amplias masas del proletariado para la lucha revolucionaria.

El apasionamiento y la intransigencia que Lenin manifestó en esa lucha por los principios, es para nosotros el mejor punto de apoyo para perseverar en nuestros esfuerzos por desenmascarar hoy a los revisionistas y oportunistas que en España, concretamente, constituyen sin duda alguna un obstáculo considerable, por cuanto que, sirviéndose de un pasado revolucionario, tratan de infundir a las luchas obreras corrientes pacifistas, economicistas, revisionistas, etc. Pero el revisionismo de Carrillo, al igual que el de Bernstein, Kautsky y otros semejantes, será, en definitiva, vencido por la corriente revolucionaria, y como en el pasado, el proletariado encontrará el cauce revolucionario del marxismo-leninismo. Sólo pretendemos abordar en este trabajo algunas de las cuestiones de principio más urgentes que creemos necesarias plantear hoy a la luz del marxismo-leninismo con objeto de disipar los negros contornos con que el revisionismo moderno pretende ocultar a la clase obrera la senda de la revolución proletaria.

El imperialismo no ha cambiado de naturaleza

Los revisionistas tratan de justificar su abandono de los principios esenciales del marxismo-leninismo, alegando que la situación en el mundo es hoy distinta que antaño y que la naturaleza misma del imperialismo ya no es la que era en la época de Lenin, por ejemplo.

Apoyándose en esa grosera falsificación de la actual realidad objetiva, se esfuerzan por tergiversar algunos de los principios inmutables del marxismo-leninismo y del materialismo dialéctico. Si bien se han producido algunos cambios de carácter cuantitativo en lo que al imperilismo se refiere, es decir, en lo que respecta a la distribución y reparto de las riquezas, a las formas de dominio –nos referimos al neocolonialismo, nueva forma de opresión y explotación de las antiguas colonias–, la esencia misma del imperialismo, es decir, su contenido de clase, su agresividad intrínseca basada en la más feroz explotación, sigue siendo la misma que en la época en que Lenin afirmara que la base económica de ese fenómeno histórico universal se encuentra en el parasitismo y en la descomposición del capitalismo, inherentes a su fase histórica superior, es decir, el imperialismo. Diariamente vemos hoy también confirmada la naturaleza rapaz y agresiva del capitalismo monopolista de Estado, del imperialismo, al mismo tiempo que se han agudizado al máximo las contradicciones entre los distintos bloques de los países imperialistas.

Precisamente uno de los rasgos característicos que se han acentuado en la sociedad capitalista después de la II Guerra Mundial, es el desarrollo acelerado del capitalismo monopolista de Estado, especialmente en los principales países de Europa Occidental, donde los grupos del gran capital monopolista han asumido de hecho el control de la máquina estatal, ejemplo característico de este fenómeno nos lo ofrece actualmente la España franquista. Pero no es éste un fenómeno nuevo. Ya en 1916 Lenin escribía que:

«Lo que caracterizaba al viejo capitalismo en el que dominaba plenamente la libre competencia, era la exportación de mercancías. Lo que caracteriza al capitalismo moderno en que impera el monopolio, es la exportación de capitales». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Salta a la vista que estas palabras de Lenin no sólo no han perdido ni un ápice de actualidad, sino que, por el contrario, han adquirido aún mayor fuerza a la luz del desarrollo del imperialismo moderno. Asistimos actualmente al hecho de que los países de economía atrasada que siguen el camino del desarrollo capitalista, se ven agobiados y aplastados por los préstamos de capitales hechos por las potencias imperialistas –especialmente el imperialismo norteamericano–, en feroces condiciones políticas y otras también sobre esta cuestión de préstamos ruinosos y vejatorios de los imperialistas, tenemos múltiples ejemplos en nuestro país, sobre los que no viene al caso extendernos en este trabajo.

Nada esencial ha cambiado pues, en realidad, desde la época en que Lenin, criticando a Kautsky que se esforzaba por embellecer la esencia misma del imperialismo, afirmara:

«Que el imperialismo es la época del capital financiero y de los monopolios, los cuales traen aparejados en todas partes la tendencia a la dominación y no a la libertad, la reacción en toda la línea, sea cual fuere el régimen político, la exacerbación extrema de las contradicciones en esta esfera también… particularmente se intensifica la opresión nacional y la tendencia a las anexiones, esto es, a la violación de la independencia nacional». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Cabe, pues, preguntar ¿cómo es posible afirmar como lo hacen los revisionistas modernos, que esa caracterización del imperialismo ya no sirve, que ha cambiado’ la naturaleza del mismo, y que ya no se le puede conceptuar ni tratar del mismo modo?

A la luz de los hechos irrefutables en presencia, cabe afirmar que lo que sí ha cambiado es el grado de descomposición y de ferocidad del imperialismo que se ve cada día más acorralado por la lucha de los pueblos, y más carcomido por sus propias contradicciones. Insistimos en que los cambios sobrevenidos en el reparto entre los distintos países imperialistas de las fuentes de riquezas y de los lugares de explotación y la agudización de las ; contradicciones entre sí, no han modificado en modo alguno la esencia ni la naturaleza del imperialismo, ni tampoco su papel de explotador y agresor de los pueblos. Pretender, como lo hacen los revisionistas modernos, que el imperialismo «ya no es lo que era» y que, por lo tanto, hay que modificar o abandonar algunos de los principios básicos del marxismo-leninismo, constituye un crimen contra todos aquellos pueblos que aún sufren bajo la feroz dominación del imperialismo. (…)

Los monopolios no suprimen las crisis ni el paro

Los revisionistas y otros pretendidos marxistas, apoyándose en algunos momentos de auge y desarrollo de la economía en los países capitalistas, pretenden que ya ha desaparecido la época de las crisis económicas, del paro, y que ya no tiene vigencia la ley de la depauperación. De ese modo tratan de justificar su abandono de los principios de la lucha de clases. Ni qué decir tiene que esa idea no corresponde en modo alguno a la realidad y que se trata, únicamente, de una corrompida mercancía revisionista con la que intentan adormecer y corromper a la clase obrera de esos países.

No hemos de mirar muy lejos de nosotros para ver cómo ni la integración europea –en lo que a los países del Mercado Común se refiere–, ni el Plan de Estabilización, ni las inversiones masiva de capitales yanquis y otros en España, han evitado la aparición de graves síntomas de crisis económica y de paro obrero. Precisamente en España, como consecuencia de la aplicación del Plan de Estabilización, cientos de miles de obreros de la ciudad y del campo se encontraron sin trabajo, en aquellos momentos, en los países de Europa Occidental se vivía una fase expansiva de la economía, lo que permitió emplear a casi un millón de obreros españoles. Pero, actualmente, la crisis y el paro afectan en mayor o menor grado a todos los países de economía capitalista, incluidos los Estados Unidos.

El auge de la economía de los países capitalistas estuvo ligado de manera general durante los últimos 20 años a causas transitorias y accidentales, como, por ejemplo, la superación de los efectos en la producción de la II Guerra Mundial y la reorganización de la industria de acuerdo con las nuevas técnicas. Cabe señalar, no obstante, que pese a estos factores estimulantes transitorios, los EE.UU. han creído necesario desencadenar diversos conflictos armados y provocar tensiones en distintos puntos del mundo durante ese mismo período, para así mantener el nivel de producción y empleo, fabricando cantidades fabulosas de armamentos, en la mayor parte desechados inmediatamente al ser reemplazados por otros de nuevo tipo.

En la actualidad, la situación general de crisis que afecta, como ya hemos dicho, a los países del sistema capitalista, ha desencadenado un descenso de toda la actividad económica y ha lanzado al paro a varios millones de obreros. Se pone, pues, una vez más de manifiesto, que la ley de las crisis y del paro, propias al sistema capitalista, siguen teniendo vigencia y que ni el capitalismo monopolista de Estado ni la integración en bloques económicos capitalistas, ni las agresiones y expoliaciones del imperialismo, pueden modificar. Y, al igual que en el pasado, esas crisis y paros, esas agresiones, acarrean sufrimientos indecibles a millones y millones de trabajadores del mundo entero.

La depauperación

En sus esfuerzos, por un lado, por hacer frente a la competencia intercapitalista y, por otro, de escapar a la ley de las crisis inherentes al sistema capitalista, el capitalismo monopolista de Estado ha recurrido, después de la II Guerra Mundial, a la creación de bloques y asociaciones económico-políticas de diversos tipos. Si bien es cierto que esas medidas han jugado un papel estimulante temporal, los hechos están demostrando que esos efectos no son más que transitorios y limitados, ya que no pueden suprimir a largo plazo las contradicciones propias del sistema capitalista, ni anular la ley determinante capitalista que es la de buscar para sí el máximo beneficio. Por otra parte, huelga decir que ninguna de esas medidas han suprimido en modo alguno las contradicciones de clases en ningún lugar.

Es de señalar, no obstante, que precisamente esa política de bloques económicos y de dominio de los países más débiles por los más fuertes, hace que las crisis se resientan actualmente con mayor virulencia en los países cuyas economías son dependientes y más débiles. Tal es a grandes rasgos, el caso de España, donde actualmente se manifiesta fuertemente la crisis económica y el paro obrero en todas las ramas de la producción, dándose casos de cierre y supresión de empresas dominadas por capital extranjero –yanqui por lo general–, pues habiéndose comprimido las necesidades generales de la producción en ese sector, los inversionistas yanquis optan por la limitación de la producción en aquellos países donde no existen trabas para actuar a su antojo, sin tener en cuenta las repercusiones entre la población trabajadora.

Durante los últimos años, se han registrado en los países capitalistas diversas subidas y aumentos de sueldos. Ahora bien, la subida de los precios y la elevación de las caigas tributarias –impuestos–, han sobrepasado considerablemente la de los sueldos. Por otra parte, el aumento de la productividad en el trabajo ha sido aún más mutable, con lo cual se ha producido el consiguiente aumento de beneficios para los capitalistas, aumento de beneficios infinitamente superior al aumento de los sueldos reales, sin contar la subida general de los impuestos indirectos en los diversos productos de consumo.

Esta apreciación general es también válida para España ya que, si algunos sectores del proletariado agrícola llegados del campo’a la ciudad han mejorado relativamente su nivel de vida, de hecho sufren hoy una mayor explotación. De manera general se da en España también con particular intensidad, la superexplotación, debido a las elevadas normas de productividad introducidas por los nuevos métodos de producción, sin que la clase obrera española disponga de sindicatos ni de partidos obreros legales que les defiendan contra la feroz rapacidad de los patronos. Los accidentes de trabajo constituyen en la industria española, un problema grave, dadas las faltas de medidas de seguridad y las larguísimas jornadas que tienen que hacer los obreros para poder vivir. Así pues, es un hecho innegable, frente a los espejismos y mentiras de los oligarcas franquistas, coreados en muchos casos por los revisionistas, que la clase obrera española y el pueblo trabajador en general, sufren con feroz rigor una superexplotación y una depauperación relativa y absoluta bajo la dictadura franquista.

A la luz de estas realidades innegables, es preciso afirmar de manera inequívoca, que el capitalismo y su fase superior agonizante, el imperialismo, no sólo no suprime la crisis, el paro y la miseria de las masas trabajadoras ni las guerras, sino que por el contrario, todas estas plagas que azotan al proletariado son inherentes a ese sistema mismo, las cuales adquieren incluso mayor agudeza y extensión, en determinados momentos.

Sólo el derrocamiento del sistema capitalista, el aplastamiento del imperialismo, pondrá fin a esos males. Sólo el socialismo puede garantizar a las masas trabajadoras una vida sin crisis, sin paro, sin miseria y sin guerras.

Revolución violenta o transición pacífica

Es esta una de las cuestiones de principio más importantes que separa hoy de manera irreconciliable a los marxista-leninistas de los revisionistas jruschovistas, y de todos los socialreformistas y pseudomarxistas.

Para los marxista-leninistas, para todo revolucionario honrado y consciente, sigue siendo válido, de manera general, el principio de la revolución violenta como ley universal de la revolución proletaria, así como el reconocimiento de la necesidad de destruir el viejo aparato estatal con objeto de sustituir la dictadura de la burguesía por la del proletariado.

Nuestra reafirmación absoluta de este principio se basa no sólo en las enseñanzas de nuestros clásicos y en su lucha intransigente contra el pacifismo y el evolucionismo, sino además en las lecciones históricas de las revoluciones populares de nuestra época, y en el análisis concreto de la situación actual en nuestro propio país.

Basándose en una apreciación anticientífica de la situación actual en el mundo, los revisionistas modernos pretenden, por su parte, y ello pese a los hechos irrefutables y evidentes, que la teoría marxista-leninista de la lucha de clases, como motor de la historia, ya está anticuada y que las condiciones internacionales permiten hoy prever que el socialismo puede implantarse a través del camino parlamentario y de la transición pacífica.

Según el marxismo-leninismo, el Estado es una fuerza basada en la violencia, en un aparato represivo: el Ejército, y la policía principalmente. Desde el momento en que la sociedad fue dividida en clases, las clases dominantes establecieron su máquina estatal para oprimir y explotar a las clases dominadas. Sabido es –y en España los ejemplos pasados y presentes no nos faltan, por desgracia–, que las clases que detentan el poder estatal bajo el capitalismo utilizan el ejército, la policía, agentes y espías, tribunales a sus órdenes, torturas, cárceles y toda clase de presiones físicas y morales, es decir, que utilizan toda clase de violencia, para mantener bajo su dominio a las clases explotadas; al mismo tiempo que compran y utilizan a sus teóricos e ideólogos para hacer penetrar su propia ideología entre la clase obrera, sirviéndose, además, de las ideas religiosas y de la Iglesia para predicar a su favor la resignación y tratar de desviar por todos los medios a las clases explotadas del camino de la lucha revolucionaria. No creemos que sea necesario insistir en el hecho de que el pueblo español vive desde hace más de treinta años bajo un régimen basado, esencialmente, en la más brutal violencia, ejercida por la oligarquía proimperialista en el poder contra la inmensa mayoría del pueblo español.

El cretinismo parlamentario de Carrillo

Pese a esa insoportable situación de explotación y opresión que sufre el pueblo español, el renegado Carrillo y su equipo, aplicando ciegamente las ideas lanzadas por Jruschov en el XXº Congreso del PCUS de 1956 acerca del camino parlamentario de la revolución, de la competición pacífica para llegar al socialismo, de la transición pacífica; etc., etc. Carrillo ha transportado esa abyecta mercancía revisionista al ámbito español y ha dicho textualmente.

«Dadas las condicione internacionales [la agresión del imperialismo yanqui contra el Vietnam debe parecer al Sr. Carrillo una simple escaramuza], la victoria del socialismo en España podría tener lugar por la vía pacifica y parlamentaria si las fuerzas que se consideran progresistas se deciden a marchar adelante hacia el socialismo, junto al Partido Comunista. (…) En una coyuntura favorable esa fuerza decisiva podría pronunciarse dentro de la legalidad democrática [nada nos dice de cómo se «llegará» a esa democracia], por la transformación socialista de la sociedad y enviar al Parlamento una mayoría encargada de llevar a cabo esa transformación y dar nacimiento a un poder dirigido por la clase obrera, que, apoyándose en el Parlamento y en la acción de las masas, obligaría a la burguesía monopolista a capitular ante la voluntad mayoritaria del país, sin posibilidad de lucha armada contra el pueblo». (Programa del Partido Comunista de España, 1965)

Y por si aún quedara alguna duda en el ánimo de algún optimista, Carrillo añade a este respecto:

«El Partido Comunista enuncia en su programa el propósito de hacer cuanto esté de su parte por imprimir ese curso pacífico y parlamentario a la revolución socialista de España». (Programa del Partido Comunista de España, 1965)

Huelga decir que esa posición de Carrillo y su equipo nada tiene que ver con el marxismo-leninismo. Por nuestra parte sostenemos que la clase obrera y el resto del pueblo trabajador y patriota de cualquier país, víctimas de la opresión y la explotación, deben recurrir a la violencia revolucionaria para aplastar la violencia contrarevolucionaria, para lograr su emancipación e instaurar un régimen nacional democrático-popular. En su obra «La revolución proletaria y el renegado Kautsky» de 1918, Lenin ya denunciaba ese tipo de posición contra la violencia revolucionaria como una traición:

«Todos los subterfugios, los sofismas, las falsificaciones de que Kautsky se vale, le hacen falta para rehuir la revolución violenta, para ocultar que reniega de ella, que se pasa al lado de la política obrera liberal, es decir, al lado de la burguesía». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)

Ese es, en efecto, el quid de la cuestión, la renuncia a la revolución por la violencia, a fin de reducir la revolución proletaria y la dictadura del proletariado a palabras vacías. Como vemos, este es el rasgo común esencial de todos los revisionistas, desde Kautsky a Jruschov entre los que se encuentra el renegado Carrillo. (…)

Sobre este decisivo problema de la revolución violenta, el Partido Comunista de España (marxista-leniista), no se ha limitado a llevar a cabo una crítica demoledora contra las posiciones del equipo de Carrillo, sino que además ha vuelto a plantear y a formular esta decisiva cuestión, sobre la base de los principios marxista-leninistas, ya que hasta el presente no hay ninguna experiencia histórica que justifique la modificación de esa ley, ni se han producido tampoco cambios cualitativos en la naturaleza ni en la actuación del enemigo de clase del proletariado, el imperialismo. Sabido es, pues, que la clase obrera, que los verdaderos marxista-leninistas, no somos partidarios de la violencia por la violencia, sino que la necesidad del empleo de la violencia está condicionada precisamente por la violencia que representa y que, de hecho, opone el Estado burgués, el imperialismo contra el pueblo.

Los revisionistas han tratado de servirse de algunos de los primeros escritos de Marx y Engels para embaucar a algunos por el camino del pacifismo y de la transición pacífica. Pero nada más lejos del espíritu y de la letra realmente de toda la obra de nuestros grandes clásicos, que desecharon en todo momento la idea de embellecer el Estado burgués.

También han tergiversado con ese mismo fin algunas experiencias y movimientos revolucionarios recientes, como la malograda revolución húngara, dirigida en 1919 por Bela Kun: los acontecimientos de Praga, en febrero de 1948, e incluso la toma del poder por los bolcheviques en octubre de 1917. Se haría excesivamente extenso este trabajo si expusiéramos con todo detalle las situaciones concretas de lucha armada revolucionaria que, indiscutiblemente, se produjeron en cada uno de los casos citados. Baste afirmar que en todo ellos, previamente, la acción violenta armada de las masas había derrocado y demolido el Estado burgués. Pero lo que si es cierto es que en países como Francia e Italia, donde los Partidos Comunistas obtuvieron después de la II Guerra Mundial una mayoría de votos en las elecciones parlamentarías, la burguesía en el poder no sólo no entregó el poder a la clase obrera, sino que se apresuró a modificar las leyes electorales para no correr ni siquiera el más mínimo riesgo por ese lado.

En esas lecciones históricas, en esos principios, se basa el Partido Comunista de España (marxista-leninista), cuando se pronuncia de manera contundente y categórica sobre el problema de la violencia en los siguientes términos:

«Sólo por la violencia puede ser abatido el poder de las clases dominantes, e implantado el poder revolucionario. (…) No sólo derrocar por la violencia a la burguesía –o a las capas más reaccionarias de la misma, como primera etapa–, sino destrucción por la fuerza de todo el aparato militar y burocrático de la clase opresora. (…) El proceso –revolucionario– debe culminar necesariamente con la insurrección general armada de las masas oprimidas. (…) No sólo destrucción violenta del aparato del Estado burgués mediante la insurrección popular armada, sino inevitabilidad, en general, de una guerra civil, puesto que un aparato de represión tan fuerte, tan centralizado y organizado como el del capital financiero, no se puede abatir de un sólo golpe ni en unas cuantas batallas, sino que para derrocarlo se precisan unas fuerzas armadas populares que sólo pueden surgir y desarrollarse en la guerra revolucionaria. Todas estas consideraciones tienen tanta mayor vigencia en un país que padece la dictadura fascista y más aún si esa dictadura no es más que el agente de la más poderosa potencia imperialista de todos los tiempos: los Estados Unidos». (Línea Política del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 1967)

«Partido de masas» o Partido de vanguardia del proletariado

Otra de las cuestiones de principio que plantea hoy el revisionismo moderno es la transformación de los partidos comunistas en «partidos de todo el pueblo» , en «partidos de masas». Huelga decir que el abandono del principio del Partido, en tanto que vanguardia de la clase obrera, constituye otra de las graves traiciones de los revisionistas modernos a los intereses del proletariado.

No es de extrañar que, dado el carácter actual de la mayor parte de los partidos comunistas tradicionales, y ante su evidente traición y bancarrota, gentes de buena fe lleguen a preguntarse si en verdad es necesaria la existencia de esos partidos para hacer la revolución. Ese argumento, planteado en esos términos, no deja de encerrar gran parte de verdad, ya que los partidos comunistas a los que nos referimos, al igual que lo que les ocurrió a los de la II Internacional, se han convertido en trastos inservibles para la lucha revolucionaria del proletariado, por cuanto que no están dispuestos a organizar ni a dirigir a la clase obrera en su lucha revolucionaria por la toma del poder, sino que se han convertido en máquinas electorales apropiadas para la lucha parlamentaria. Ahí están como típicos casos de esa degeneración los partidos revisionistas de Francia, Italia, Inglaterra, etc. y el de Carrillo. En verdad que ese tipo de partido no le hace falta al proletariado, ya que no sólo es inservible para la lucha revolucionaria, sino que además la frena y obstaculiza al difundir entre el proletariado la ideología de la colaboración de clases, de la vía parlamentaria y la transición pacífica.

Ahora bien, ¿sería posible hacer la revolución sin un Partido revolucionario en las condiciones históricas actuales en que los Estados capitalistas están estructurados firmemente sobre la base de poderosos aparatos policíacos y militares, y el imperialismo más agresivo de nuestra época, el yanqui, es también el más militarista e intervencionista?

Nuestra respuesta al respecto es que siguen teniendo total validez las palabras del camarada Stalin cuando dijo que:

«Sin un partido del proletariado no se puede ni pensar en el derrocamiento del imperialismo, en la conquista de la dictadura del proletariado». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Los fundamentos del leninismo, 1924)

Es imprescindible, pues; plantear de nuevo esta decisiva cuestión del Partido, vanguardia del proletariado sobre la base de los principios de la lucha de clases, a la luz de los principios inmutables del marxismo-leninismo y de la experiencia histórica de las revoluciones de nuestra época.

Se impone, además, barrer de la escena de la revolución el lodo revisionista vertido sobre esta cuestión por Jmschov en el XXIIº Congreso del PCUS de 1966, y recogido por los revisionistas del mundo entero y, con particular celo, por Carrillo. Decía Jruschov en aquella ocasión que:

«Gracias a la victoria del socialismo en la URSS. El Partido Comunista se ha convertido en la vanguardia del pueblo soviético y ya es hoy el partido de todo el pueblo». (Nikita Jruschov; Informe en el XXIIº Congreso del PCUS de 1961)

Ningún militante revolucionario puede ignorar que un partido político, al igual que todo Estado, es un instrumento de la lucha de clases y representa de manera general los intereses de una clase. El espíritu de Partido es, por así decirlo, la expresión concentrada del carácter de clase. No existen partidos ni Estados por encima de las clases, o que representen a todas las clases.

Como todo el mundo reconoce hoy, en la URSS existen aún, y se están desarrollando ampliamente, las diferencias entre las distintas capas y clases sociales, ya que éstas no desaparecen totalmente durante la primera fase de la construcción del socialismo; y, precisamente por haber abandonado ese principio de la continuación de la lucha de clases después de implantada la dictadura del proletariado, se está produciendo actualmente en la URSS un viraje vertigionoso hacia el capitalismo, tanto en el terreno económico, como en el social y cultural. ¿Cómo puede en esas condiciones transformarse el Partido revolucionario de vanguardia en «Partido de todo el pueblo»? (…)

Carrillo y su equipo no se han quedado a la zaga de sus jefes y maestros jruschovianos en sus esfuerzos por liquidar en nuestro país el Partido como vanguardia de la clase obrera; particularmente desde el VIº Congreso de 1960 han hecho inauditos esfuerzos por transformarlo, en todos los órdenes, en un partido burgués, ideológica, política y organizativamente.

Precisamente en el Programa aprobado en ese Congreso se dice textualmente:

«En el Partido Comunista se agrupan no sólo las fuerzas más avanzadas de la clase obrera, sino también de la intelectualidad, de los campesinos, de las capas medias». (Documento del VIº Congreso de 1960)

Podríamos citar a este respecto otros textos que se contradicen en algunos puntos con el citado, pero que tienen entre sí un rasgo común, que es el de considerar al llamado «partido» no como la vanguardia de la clase obrera –ni siquiera ya de toda la clase obrera, lo que también sería un gravísimo error–, sino de varias clases sociales, incluyendo a la pequeña y media burguesía, es decir, al campesinado –en general– y a la intelectualidad avanzada –no se trata de intelectuales militantes, que han adoptado la ideología del marxismo-leninismo–. De este modo, vemos al Partido de vanguardia de la clase obrera, transformado en partido de todo el pueblo, en partido de masas.

Cuán lejos estamos del Partido leninista, del Partido de nuevo tipo preconizado y forjado por Lenin, del Partido destacamento de vanguardia del proletariado y Estado Mayor de la revolución proletaria. Del Partido sobre el cual Stalin señalara:

«La diferencia entre el destacamento de vanguardia y el resto de la masa de la clase obrera, entre los afiliados al Partido y los sin-partido, no puede desaparecer mientras no desaparezcan las clases, mientras el proletariado vea engrosar sus filas con elementos procedentes de otras clases, mientras la clase obrera, en su conjunto, no pueda elevarse hasta el nivel del destacamento de vanguardia». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Los fundamentos del leninismo, 1924)

No pretendemos, en el marco de este trabajo, trazar un cuadro completo de todos los aspectos de la degeneración del partido dirigido por Carrillo. Pero, de manera general puede afirmarse que los consecuentes esfuerzos de los revisionistas carrillistas por convertir al Partido en una organización amorfa, han dado sus resultados.

Por nuestra parte señalamos que, dadas las condiciones de feroz dictadura y de severa clandestinidad que existen en nuestro país, un Partido revolucionario debe ser esencialmente un Partido de cuadros, es decir, un Partido compuesto por los elementos más conscientes, más disciplinados, más abnegados del proletariado.

Tanto Lenin como Stalin libraron batalla tras batalla contra toda suerte de elementos oportunistas y revisionistas que pretendían extender el título de militante a cualquier profesor o estudiante, cualquier huelguista, que apoyara al Partido de una u otra forma. Levantándose contra ese concepto de Partido, Stalin afirmó que ese sistema hubiera llevado inevitablemente al Partido a degenerar en una entidad amorfa, desorganizada, perdida en el mar sin límites de simpatizantes, con lo cual se hubiera borrado los límites entre el Partido y la clase, y malogrado las tareas del Partido de elevar a las masas inorganizadas al nivel de destacamento de vanguardia. Esa es, en verdad, la situación en la que se encuentra actualmente el partido de Carrillo, pues es evidente para cualquiera que se interese por la cuestión que en el terreno organizativo, concretamente, esa es la política que aplican, razón por la cual ese «partido» es, en verdad, totalmente inservible para organizar y para dirigir la revolución.

Los marxista-leninistas rechazamos totalmente esa idea de Partido, así como la noción de que ya no es necesario disponer de un Partido revolucionario para hacer la revolución proletaria. Afirmamos por el contrario que para hacer la revolución es preciso disponer de un Partido de temple leninista, vanguardia de la clase obrera y Estado Mayor de la revolución. Por eso urge intensificar los esfuerzos por la construcción y desarrollo de nuestro Partido Comunista de España (marxista-leninista) que se basa, precisamente, en los principios inalterables de nuestra ideología revolucionaria, en la necesidad de la violencia revolucionaria y de la existencia de un Partido, vanguardia de la clase obrera.

Es preciso desconfiar en el terreno ideológico de aquellos que, si bien se han separado del equipo dirigen te de Carrillo y critican algunos aspectos de su programa, son, sin embargo, partidarios de ese tipo amorfo de partido sin límites, de un partido de masas obreras y de élites de las distintas capas, al mismo tiempo que rechazan y condenan el principio del centralismo democrático y del monolitismo ideológico y organizativo.

Frente a la bancarrota y la traición de los partidos revisionista, insistiremos en todo momento en la necesidad ineluctable de un Partido revolucionario, basarla en el marxismo-leninismo. Sin un partido de temple leninista, intrépido y audaz, firme y flexible, dispuesto a todos los sacrificios, sin temor a luchar, no es posible pensar en que el pueblo español pueda triunfar contra la dictadura fascista de Franco, ni arrojar de nuestra patria a los imperialistas yanquis que arruinan nuestra economía y ocupan trozos de nuestro territorio nacional». (Elena Ódena; Sobre algunas cuestiones de principio del marxismo-leninismo, 1967)

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