Doctoras y enfermeras cubanas en el hospital Rafael Osío de Cúa de Venezuela. Foto: Enrique Milanés León

Enrique Milanés León.— Pocos seres hay tan parecidos a las enfermeras como las madres: cada uno de nosotros tiene, ya sea en concreto o en el corazón, a una de ellas en casa, quienes se erigen desde temprano no solo en el primer valladar contra los dolores de los hijos, sino en la mejor vacuna frente a las angustias de la familia. Este 12 de mayo, cuando coinciden el Día de la Enfermería con el Día de las Madres, en todos los hogares de Cuba se agasaja a la enfermera sin uniforme que el amor nos dio, pero el homenaje se ensancha cuando una de ellas vela y cura, también, en los hospitales.

Enfermeras cubanas aman y alivian, bajo el método de la solidaridad, en Venezuela. Más de 3 000 de ellas, acompañadas por unos 1 500 colegas hombres, demuestran en 572 Centros de Diagnóstico Integral (CDI), en 35 Centros de Alta Tecnología y en tres hospitales, que el blanco de sus batas y la paz de sus cofias no es solo un simbolismo. Desde finales de 2004 a la fecha, más de 25 000 enfermeras y enfermeros nuestros han cumplido en estas tierras una misión sanadora.

Buscando el sedante del diálogo, en días heroicos, fuimos al Hospital Materno Infantil Rafael Osío de Cúa, en el estado de Miranda, donde 32 enfermeras son mayoría en una brigada de 50 colaboradores que tiene al frente al Doctor Vladimir Martínez Caboverde. Sin ellas, nos dice el médico, los casi 3 200 partos del año pasado y los más de 1 100 en lo que va de este serían imposibles. En un panorama material muy complicado hallamos, como flores, estas historias.

No, no es enfermera ni es cubana: es madre. ¿Hay más que eso? A sus 26 años, la venezolana Keris Carlleris Pernía tuvo su segundo hijo, pero el bebé –Richard– nació con seis meses y medio, en parto podálico, y con un peso de apenas 1 500 gramos. Keris nos cuenta: «Lo ingresaron y comenzó a evolucionar muy bien. Ya pesa 2 000 gramos; todas las doctoras y enfermeras nos han tratado muy bien, al niño y a mí».

¿Qué escuchaba de los cubanos?

–Ya los conocía porque antes me había atendido con ellos y siempre fue muy bien. Tengo un niño de siete años; cuando él nació, también me atendieron cubanas y fue excelente. Saben cuidar fino. Tengo tanta confianza con ellas que les digo «las negras», así, de cariño. Mi familia también está satisfecha; gracias a Dios no hemos tenido que comprar nada por fuera.

En diez o 15 años, ¿qué le contará a este niño de sus primeros días de vida?

–Lo primero es que en el facebook seguiré conectada con estas doctoras y enfermeras. Cuando Richard sea grande le voy a hablar mucho de ellas, le voy a dar el ejemplo de las mujeres que vinieron de Cuba a ayudarme con él.

 

La licenciada Bárbara Rojas Hernández es la asesora nacional de Enfermería en la Misión Médica. Junto a sus compañeras, es mucho lo que ha vivido y fundado en casi 15 años de enfermería cubana en tierra bolivariana. «Llegas a un CDI y todos te cuentan historias de las enfermeras cubanas, porque dejamos un legado de humanismo, responsabilidad y ejemplar cuidado al paciente», nos dice.

–Se cuentan historias: ¿Cuál es la suya, como mujer cubana en otra nación?

–Vine en 2005 e inauguré un CDI en Cumaná, capital de Sucre. Ese día, la contrarrevolución lo rodeó con gomas encendidas, con nosotros dentro, porque no quería que lo abriéramos. Así y todo, lo abrimos y comenzó a dar servicio. Este año pasé por allá y los trabajadores venezolanos y la comunidad me esperaron como si yo fuera un familiar. ¡Son las huellas que dejamos los cubanos! Ese CDI es para mí como un hijo en Venezuela.

–Hablando de hijos, ¿qué tal la suya?

–Está en Cuba, orgullosa de mi trabajo aquí. Es licenciada en Higiene y Epidemiología y quizá en un futuro pueda sustituirme en la misión. El Día de las Madres lo celebramos hablando por teléfono.

¿Cómo interpreta el hecho de contar bajo su guía con tantas enfermeras y madres en la Misión Médica Cubana aquí?

–Esta fuerza representa a los colaboradores y a la patria entera. Tener a tantas de ellas es una prueba de lo que valen. Merecen nuestro abrazo en todos los rincones donde se encuentren, porque trabajar como lo hacen en este momento las convierte en heroínas.

–La misión se ha tornado tensa por el asedio imperial, a Venezuela y a Cuba. ¿Se aflojarían nuestras mujeres ante esta arremetida?

–En las visitas como parte de esta jornada me ratifican su decisión de cumplir las palabras de Raúl: «con Venezuela hasta las últimas consecuencias». ¡Para nada aflojarse! Mis enfermeras se mantienen firmes.

 

Tiene nombre difícil y palabra fácil. Muy joven aún, la licenciada Heinerky Méndez Medina es la asesora de Enfermería de nuestra Misión Médica en el estado de Miranda y comienza por describirme lo que distingue a las mujeres –y hombres– que dirige: «El buen trato al paciente, la solidaridad, el compromiso con la Revolución Bolivariana de dar un servicio de excelencia, y la sensibilidad humana, que es un rasgo que marca a la enfermería cubana».

–A sus 11 años de graduada, ¿hay algún paradigma cubano que la inspire?

–Sí, Margarita Núñez Núñez, primera presidenta de la Asociación Nacional de Enfermeras de Cuba. Siempre se habla de Florence Nightingale, pero Margarita tiene mucha importancia. Se ubica entre las diez enfermeras más relevantes de nuestra Historia, por su desvelo por los cubanos, aun en condiciones difíciles.

Esos valores vienen desde las guerras de independencia.

–¿A su manera, se siente una enfermera mambisa?

–Me considero mambisa, porque he ayudado a quienes me han necesitado a cualquier hora. La enfermera no solo se mide en su puesto de trabajo sino en su actuar diario y su capacidad de darlo todo por el ser humano.

Heinerky tiene en Villa Clara un niño de cuatro años: «Pasar un Día de las Madres lejos de casa es difícil. Es la primera vez que me separo de él, pero lo he hecho por mi deber», asegura emocionada.

¿Tiene idea de cuántos hijos se ha buscado en Venezuela en cinco meses?

–¡Cómo no! Comencé como enfermera intensivista en un CDI, presté servicios en diferentes puestos y he tenido varias experiencias de pequeños que se han refugiado en mí. No sé…  debe ser el calor que siempre damos los cubanos, pero sí, de alguna manera tengo niños que se me han pegado.

 

A sus 30 años de trabajo profesional, la enfermera habanera Emma Batista Ramos es jefa del servicio de Neonatología y activista de enfermería en el mirandino Hospital Materno Infantil Rafael Osío de Cúa. La licenciada atesora 24 meses de misión que no han hecho más que acrecentar la admiración por su colectivo:

«Usted lo ha visto en el hospital: faltan muchos recursos, pero mis enfermeras son heroicas. Hemos sabido innovar para asegurar la tarea y entregarles a las madres hijos sanos, con buena calidad de vida».

¿Cómo debe ser la enfermera o enfermero ideal?

–La primera condición es la calidad humana que debe tener. No basta la sabiduría: si le falta esa condición humana para luchar por niños indefensos, si no tiene la fibra capaz de tocar corazones, no resuelve el problema. Solo así nuestra brigada ha salido adelante, como una familia, con los principios de la Revolución Cubana.

–Hablando de familia, ¿hay muchos hijos en Cuba esperando en casa a enfermeras de este hospital?

–Casi todas somos madres. Yo tengo la dicha de tener en Venezuela a Nayaris, mi única hija, como médico intensivista en el CDI de Nueva Cúa, pero mis compañeras tienen a los suyos en Cuba. Pese a la separación de la familia, siempre miramos adelante para cumplir la tarea.

¿Cómo es aquí su Día de las Madres con Nayaris?

–Casualmente, le tocó trabajar el domingo, pero no importa: todos los días son de las madres. Siendo muy joven, ella hace una labor muy importante en Venezuela; mis compañeras me dicen que es digna de destacar. Lo que hace no tiene calificativo, la verdad. ¡Ese es para mí un enorme regalo!

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