Estados Unidos y Reino Unido atribuyen a Irán los actos de sabotaje cometidos contra ‎‎6 petroleros en el Golfo Pérsico y la única “prueba” que presentan es un video estadounidense ‎cuya autenticidad es inverificable. Según Estados Unidos y Reino Unido, el video muestra una ‎embarcación de los Guardianes de la Revolución iraníes que se acerca a uno de los petroleros ‎atacados para retirar de su casco una mina magnética que no había estallado. Sin embargo, los ‎marinos del barco atacado aseguran que la nave fue alcanzada por un «objeto volante», o sea ‎un drone o un misil. ‎

La naturaleza del duelo entre Estados Unidos e Irán cambió desde que Donald Trump llegó a la ‎Casa Blanca, en enero de 2017, pero sólo es posible comprender la reacción iraní analizando ‎sucesos anteriores y la posterior evolución de los acontecimientos. ‎

Después de la invasión y ocupación de Irak, el presidente republicano George Bush hijo hizo todo ‎lo que estaba a su alcance por desatar una guerra contra Irán. Su objetivo era continuar la ‎destrucción sistemática de las estructuras de los Estados en los países del «Medio Oriente ‎ampliado», conforme a la estrategia Rumsfeld/Cebrowski [1]. ‎

La primera vez, la Comisión Baker-Hamilton (2006) le impidió hacerlo. La clase dirigente ‎estadounidense estimaba que todavía no había “recuperado” lo invertido en la guerra y la ‎posterior ocupación de Irak, así que no quería meterse en otra «guerra sin fin». La segunda ‎vez (2007-2008), el almirante William Fallon, el comandante del CentCom, quien había ‎comenzado a conversar con el entonces presidente iraní Mahmud Ahmadineyad sobre la ‎posibilidad de estabilizar el Medio Oriente, se opuso al proyecto de guerra contra Irán. Después, ‎el vicepresidente Dick Cheney instruyó a Israel para que alquilara aeropuertos georgianos desde ‎los cuales la aviación israelí podría bombardear Irán sin tener que reabastecer sus aviones ‎en vuelo. Pero, desde las primeras horas de la guerra en Osetia del Sur (en agosto de 2008), ‎Rusia destruyó en tierra los bombarderos israelíes ya estacionados en Georgia. ‎

A su llegada a la Casa Blanca, el demócrata Barack Obama trató de proseguir la misma estrategia, ‎aunque de manera menos brutal. Al igual que su predecesor Bush hijo y que Dick Cheney, Obama ‎estaba convencido de que había que actuar con rapidez para apoderarse del petróleo iraní antes ‎de que comenzara la escasez de crudo (según la teoría del «pico petrolero»). En vez de iniciar ‎una nueva guerra –no deseada por la opinión pública estadounidense– el presidente Obama ‎magnificó en Irán una serie de manifestaciones para tratar de derrocar al presidente ‎Ahmadineyad (en 2009). Luego del fracaso de aquel intento de «revolución de color» ‎contra Ahmadineyad, la administración Obama emprendió (en marzo de 2013) conversaciones ‎en Omán con los interlocutores habituales de Washington en Teherán desde los tiempos de la ‎Revolución del imam Khomeini, o sea con el clan de Hachemi Rafsandyani, y sobre todo con ‎el jeque Hassan Rohani, quien había sido el primer contacto de Estados Unidos en Irán ‎en tiempos del caso Irán-Contras. Cuando Rohani fue electo presidente (en 2013), Obama inició ‎inmediatamente negociaciones entre Teherán y Washington para dividir el Medio Oriente entre ‎iraníes y sauditas, supuestamente en aras de garantizar la lucha contra la proliferación nuclear. ‎En presencia de otras grandes potencias, estadounidenses e iraníes negociaron un tratado ‎en Suiza, cuya firma se retrasó hasta el año 2015. En ese tratado, Irán obtenía el derecho a ‎volver a exportar su petróleo para reactivar su economía. ‎

Imagen del video estadounidense

Poco a poco, las relaciones entre Irán y Estados Unidos volvieron a la ‎normalidad. Hasta que Donald Trump llegó a la Casa Blanca, en 2017. Trump tenía un objetivo ‎totalmente diferente: en la Casa Blanca ya nadie creía que el petróleo iba a escasear sino que, ‎al contrario, hay demasiado crudo en el mercado internacional. Trump no estaba interesado en ‎seguir la política imperialista de sus predecesores sino sólo en hacer dinero. En vez de tratar de ‎organizar el control estadounidense sobre el Medio Oriente, la administración Trump pretendía ‎limitar la cantidad de crudo disponible en el mercado internacional para mantener los precios a un ‎nivel que haga rentable la explotación de los hidrocarburos estadounidenses de esquistos. Así que ‎Estados Unidos estimuló las manifestaciones contra la clase político-religiosa iraní (en 2017-‎‎2018) y luego (en 2018) se retiró del acuerdo 5+1 (JCPOA) firmado con Irán. ‎

Desde entonces, Irán parece como petrificado. La diferencia entre los políticos y los religiosos ‎reside en que los religiosos son rígidos y no saben ser autocríticos. Se ven a sí mismos como los ‎representantes de Dios en este mundo… y Dios no puede equivocarse. Esa simple razón hace de ‎la teocracia iraní –contrariamente a lo que todo el mundo cree– una clase muy habilidosa ‎en materia de comercio… pero torpe en diplomacia. ‎

Por eso vemos a Irán seguir rechazando las ofertas estadounidenses de negociación en una ‎desesperada espera del hipotético regreso de los demócratas al poder en Washington, una ‎apuesta altamente riesgosa si se tiene en cuenta que Donald Trump puede resultar reelecto para ‎un nuevo mandato de 4 años y que la economía iraní está al borde del colapso. ‎

Esa espera, como en estado de petrificación, impide a Irán planificar su respuesta a maniobras ‎como las actuales acusaciones provenientes de Washington y Londres, acusaciones de ataques ‎contra los intereses occidentales que además comprometen las futuras relaciones de Teherán con ‎los demócratas estadounidenses. ‎

Pero, el método de Trump no tendrá éxito en este caso. La cultura persa hace de los iraníes un ‎pueblo capaz de soportar muy largos periodos de sufrimiento con tal de triunfar. ‎

Thierry Meyssan
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[1] «El proyecto militar de ‎Estados Unidos para el mundo», por Thierry Meyssan, ‎‎Haïti Liberté (Haití), Red Voltaire, 22 de agosto de 2017.

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