«No cabe duda de que el partido socialista es demasido joven y, en virtud de la situación económica, es demasiado débil para confiar en una victoria inmediata del socialismo. En el país, la población agrícola supera en mucho a la urbana; en las ciudades, la gran industria está poco desarrollada y, en consecuencia, no es numeroso en ellas el proletariado típico; constituyen la mayoría los artesanos, los pequeños tenderos y los elementos desclasados, es decir, la masa fluctuante entre la pequeña burguesía y el proletariado. Es la pequeña burguesía de la Edad Media en decadencia y en desintegración. Son proletarios, pero todavía no los actuales, sino los futuros. Sólo esta clase, llevada a la desesperación ante el constante peligro de ruina económica, podrá proporcionar el grueso de los combatientes y jefes de un movimiento revolucionario. La secundarán los campesinos, que, vista la dispersión territorial y el analfabetismo, no son capaces de iniciativas eficaces, pero que, no obstante, serán auxiliares poderosos e indispensables.

En caso de éxito más o menos pacífico habrá un simple cambio de ministerio, llegarán al poder los republicanos [2] resellados Cavalotti y Cía; en caso de revolución surgirá la república burguesa.

¿Cuál ha de ser, pues, el papel del partido socialista ante esas eventualidades?

A partir de 1848, la táctica que con más frecuencia ha asegurado el éxito a los socialistas ha sido la del «Manifiesto Comunista»:

«Los socialistas [**]…. en las diferentes fases del desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto…. luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de ese movimiento». (Karl Marx y Friedrich Engels; Manifiesto Comunista, 1848)

Los socialistas toman, por tanto, una parte activa en cada fase de evolución por la que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, sin perder jamás de vista que esas fases no son otra cosa que etapas que llevan al gran objetivo principal: a la conquista del poder político por el proletariado, como medio de reorganización social. Su lugar está entre los combatientes por cualquier éxito inmediato en beneficio de la clase obrera; y ven en estos éxitos políticos o económicos nada más que un pago de cuentas por partes. Por eso consideran que todo movimiento progresista o revolucionario es un paso en la dirección de su propia marcha; su misión especial es estimular a los otros partidos revolucionarios y, en caso de victoria de uno de ellos, salvaguardar los intereses del proletariado. Esta táctica, que jamás pierde de vista el gran objetivo, preserva a los socialistas contra las desilusiones a que están sujetos infaliblemente los otros partidos, menos clarividentes, ya sean los republicanos puros, ya los socialistas sentimentales, que toman una simple etapa como meta final del movimiento.

Apliquemos eso a Italia.

La victoria de la burguesía en desintegración y de los campesinos llevará posiblemente a un ministerio de republicanos resellados. Eso nos dará el sufragio universal y una libertad de movimiento –libertad de prensa, de reunión, de asociación, abolición de la vigilancia policíaca, etc.– mucho más considerable, es decir, nuevas armas que no se deben despreciar.

O bien la república burguesa, con los mismos hombres y algunos mazzinistas. Eso ampliaría todavía mucho más nuestro campo de acción y la libertad de nuestro movimiento, al menos en el presente. La república burguesa, decía Marx, es la única forma política en la que la lucha entre el proletariado y la burguesía puede hallar su solución [*****]. Sin hablar ya de la repercusión que tendría en Europa.

Así, la victoria del actual movimiento revolucionario no puede por menos de hacernos más fuertes y de crearnos un ambiente más favorable. Cometeríamos, por tanto, uno de los más graves errores si quisiéramos abstenernos, si en nuestra actitud hacia los partidos más o menos afines nos propusiéramos limitarnos a la crítica puramente negativa. Podrá sobrevenir el momento en que debamos cooperar con ellos de una manera positiva. Y ¿quién sabe cuándo sobrevendrá?

Por supuesto, no es nuestra misión preparar directamente un movimiento que no es precisamente el de la clase que representamos. Si los radicales y los republicanos estiman que ha llegado el momento de salir a la calle, que den libre curso a su ímpetu. Cuanto a nosotros, nos han engañado con demasiada frecuencia con las grandes promesas de esos señores para volver a caer en la trampa. Ni sus conspiraciones ni sus proclamas deben movernos. Si debemos apoyar todo movimiento popular real, debemos igualmente no sacrificar en vano el núcleo apenas formado de nuestro partido proletario y no dejar que se diezme al proletariado en motines locales y estériles.

Si, al contrario, el movimiento es verdaderamente nacional, nuestros hombres ocuparán su lugar antes que se les dirija una consigna, y nuestra participación en tal movimiento será una cosa indiscutible. Ahora bien, en ese caso debe estar claro, y nosotros debemos proclamarlo abiertamente, que tomamos parte como partido independiente, aliado por el momento a los radicales o los republicanos, pero completamente distinto de ellos; que no nos hacemos ilusiones acerca del resultado de la lucha en caso de victoria; que ese resultado, lejos de satisfacernos, no será para nosotros más que una etapa lograda, una nueva base de operaciones para nuevas conquistas; que, el día mismo de la victoria, nuestros caminos se separarán y que, a partir de ese día, formaremos frente al nuevo gobierno la nueva oposición, no la oposición reaccionaria, sino progresista, la oposición de la extrema izquierda, la oposición que impulsará hacia el logro de nuevas conquistas rebasando el terreno ya ganado.

Después de la victoria común nos ofrecerán, posiblemente, algunos puestos en el gobierno, pero siempre en minoría. Este es el mayor peligro. Después de febrero de 1848, los demócratas socialistas franceses –«Réforme» [3] Ledru-Rollin, L. Blanc, Flocon, etc.– cometieron el error de aceptar semejantes puestos [4]. Estando en minoría en el gobierno de los republicanos, compartieron voluntariamente la responsabilidad por todas las infamias de la mayoría y por todas las traiciones a la clase obrera en el interior. Mientras ocurría todo eso, la clase obrera estaba paralizada por la presencia, en el gobierno, de esos señores que pretendían representarla». (Friedrich Engels; La venidera revolución italiana y el partido socialista, 1894)

Anotaciones de la edición:

[2] Se llamaba republicanos resellados a los radicales italianos, cuyo líder fue F. Cavallotti. Al expresar los intereses de la burguesía pequeña y media, los radicales mantenían posiciones democráticas, aceptando a veces acuerdos con los socialistas.

[3] La Reforme («La reforma»): diario francés, órgano de los demócratas republicanos y socialistas pequeñoborgueses; se publicó en París de 1843 a 1850. Desde octubre de 1847 hasta enero de 1848 Engels insertó en este diario varios artículos suyos.

[4] Trátase de la participación de los demócratas pequeñoburgueses Ledru-Rollin y Flocon y del socialista pequeñoburgués Luis Blanc, así como del mecánico Albert, miembro de sociedades secretas revolucionarias, en el Gobierno Provisional de la República Francesa formado el 24 de febrero de 1848.

** Engels sustituye en la cita la palabra «comunistas» con el término «socialistas». (N. de la Edit.)

[****] Vigilancia policíaca. (N. de la Edit.)

[*****] K. Marx, «El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte» (véase la presente edición [Obras Escogidas en tres tomos de Editorial Progreso, Moscú, 1974], t. 1, pág. 416). (N. de la Edit.)

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