La ira de Fanon.

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Ecuador, Chile, Bolivia… incluso Catalunya. O Líbano, o Irak, o Francia, o cualquier otro sitio y lugar. Poblaciones movilizadas, con reacciones diferentes en cada caso y que hacen diferentes unas situaciones que ya lo son en sí. Pero con un mismo común denominador: los efectos del colonialismo en las personas. La diferencia entre estos países está en cómo se está abordando ese efecto y en cómo se está luchando para su derrota.

¿Estos países son colonias? Formalmente no, al menos en sentido clásico del término. Hay independencia administrativa, cierto, pero no económica, ni militar, ni siquiera cultural. Y aquí aparece Frantz Fanon. Porque solo puede haber una verdadera emancipación si desaparecen del cerebro de la ciudadanía, de estos y de todos los países, los conceptos impuestos por el colonialismo.

Fanon enseñó en sus escritos cómo se puede derrotar al colonialismo a través del combate contra la subalternidad, o sea, el combate contra la interiorización de la posición subalterna de los colonizados respecto a los colonizadores. Es decir, la interiorización de que sólo es posible una sociedad similar a la del colono. Es la interiorización de que no se es capaz de cambiar la sociedad bajo nuevos parámetros, distintos a los de la metrópoli. Es la interiorización de la dominación cultural que hace que siempre se esté mirando a Occidente -las metrópolis- y que se necesite su autorización (por ejemplo, con los «observadores» y supervisores de las elecciones) para cualquier cosa.

Cuando se es incapaz de prescindir de esto se está aceptando el mecanismo colonizador (como la pasmosa ingenuidad de Evo Morales con la OEA) que acusa y acosa al colonizado de todo lo que le parezca, aunque no tenga ni lógica ni coherencia alguna (como la kafkiana actitud de la UE con Venezuela y con Bolivia sobre los «autoproclamados»). Por lo tanto, mientras no se rompa esta ligazón mental es imposible que el movimiento emancipatorio se afiance, así aparente que avanza durante algún tiempo como en Uruguay con Pepe Mújica, por ejemplo, o de nuevo Bolivia y los 14 años de Morales.

Porque para avanzar lo primero que hay que hacer es romper el marco mental donde te coloca el colonialismo. Y en América Latina, a excepción de Cuba, en ningún país se ha hecho. En Venezuela hay algo incipiente. Y en Chile hay ahora una buena muestra de ello con el rechazo al pacto institucional sobre la nueva Constitución con la que se quiere perpetuar la explotación social mantenida por el neopinochetismo (y Bachelet mirando a Venezuela mientras tanto). De lo que se pueda resistir y cómo será determinante para el desenlace.

Fanon, si viviese, estaría airado con la actitud de la CONAIE en Ecuador y con la de Evo Morales en Bolivia. Porque Fanon teorizó que solo cuando se pierde el miedo es cuando se comienza a avanzar, que cuando se ejerce la autodefensa es cuando el poder se tienta la ropa. Tanto la CONAIE como Evo han apostado por el concepto negativo de paz: ausencia de conflicto. Paz, esa paz, y después gloria para los de siempre, los criollos, siempre buenos alumnos de los colonizadores. En Bolivia los golpistas, pese a tener la fuerza, están a la defensiva con las movilizaciones indígenas y Evo las está frenando. En Ecuador ya se han frenado.

Fanon decía que la violencia en la calle equilibra la relación de subordinación de la población con el Estado y que hay que negar que la violencia sea un monopolio del Estado. Porque entonces el poder se equilibra y el Estado comienza a coger miedo. Por eso los golpistas de Bolivia dan carta blanca a militares y policías para disparar, porque tienen miedo. Por eso en Catalunya se intenta criminalizar cualquier tipo de expresión de resistencia cívica, bajo acusaciones de «terrorismo». Fanon tenía razón al decir que los colonizados, por el hecho de serlo, siempre reaccionan (América Latina puede remontarse a la lucha contra la metrópoli española para ver que eso es así) aunque muchas veces no se sepa hacia dónde.

Lo que estamos viendo en América Latina es una reacción pacífica contra las oligarquías, por el momento, con un gran epicentro en Chile (con la incógnita de Bolivia) y con expresiones a seguir y estudiar en Catalunya (donde el movimiento independentista supera y sobrepasa a los partidos) y Francia (los «chalecos amarillos» acaban de cumplir un año de lucha ininterrumpida) que están cambiando las percepciones sobre la capacidad de los pueblos para resistir y combatir.

La ira de Fanon con lo que está pasando en América Latina (y él era caribeño, no hay que olvidarlo) no solo sería ante el poderoso, sino fundamentalmente contra los doblegados, contra los explotados, contra sus «hermanos» (y él era negro, por lo que sabía lo que era la subalternidad) porque con su modo de estar en el mundo legitiman la explotación, la humillación y la desigualdad. Sin una emancipación mental sobre cómo pensar y actuar será imposible una emancipación real respecto de las minorías económicas y políticas que gobiernan, hoy y siempre, ajenas a los intereses de los pueblos y sumisas a los intereses del capital transnacional.

Esta canción la he puesto ya dos veces, pero sigue siendo actual. Ahora como cuando se cantó, y ya hace casi 40 años. Es la maldición de Malinche, de los colaboradores, de los imprescindibles para que se mantenga la explotación iniciada por los colonizadores y a quienes se sigue rindiendo pleitesía. Una y otra vez.

El Lince

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