Un gasoducto submarino de 2.000 kilómetros conectará los yacimientos de gas de Gaza y Chipre que, en realidad, son el mismo yacimiento con salidas por varios lugares, por donde transcurren las aguas jurisdiccionales de diferentes países.

Hay mucho gas natural en las costas de Gaza del que Israel quiere apropiarse, con la ayuda de Grecia y, posiblemente, de Italia.

El acuerdo sobre el gasoducto entre Israel, Italia, Chipre y Grecia deja a los palestinos en la estacada, como es “lógico”, pero también a Turquía.

La Franja de Gaza padece una crisis energética con el suministro eléctrico reducido a menos de tres horas al día, mientras Israel se dispone a apoderarse de miles de millones de dólares de gas natural en la costa de Gaza y, por lo tanto, en territorio palestino.

El ministro de Energía de Israel, Yuval Steinitz, acogió con satisfacción el proyecto del oleoducto, que se espera que esté operativo en 2025 y lo calificó de “el comienzo de una hermosa amistad entre nuestros cuatro países mediterráneos”.

Tratándose de Oriente Medio y de gas, nadie con dos dedos de frente lanza las campanas al vuelo, sobre todo si, como viene ocurriendo desde 1948, los palestinos no están presentes y si sae les sigue robando y saqueando.

El gasoducto es un autopista hacia el desastre, un objetivo fácil para un ataque. Chipre podría convertirse en el típico campo de batalla que se inicia cuando por medio hay un yacimiento del que se apodera el primero que llega.

A la isla no le queda más remedio que convertirse en una provincia de Israel. Los ejércitos de ambos países ya han comenzado a realizar maniobras militares conjuntas. Los gasoductos deben mantener una guardia pretoriana permanente que los custodie.

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