Nada de marear la perdiz. Directo y al grano. Durante muchos años (lustros que parecían siglos) yo desee la peor muerte para el rollizo dictador de voz atiplada; sí, para el que llaman todavía caudillo de España por la graciosa voluntad de un dios particular. La misma deidad y el mismo cabecilla que muchos/as fascistas vindican hoy con impasible ademán. En concreto yo ansié aquel óbito que tanto se hacía esperar desde que por genes y enseñanzas paternas se me abrieron puertas y ventanas por donde poder arrojar miedos, ignorancias y absurdas supersticiones castradoras. Fue a partir de entonces cuando comenzó para mí el principio del fin del túnel.

Un largo y tétrico corredor donde preso de los valores y de la educación franquistas, aderezados con el adoctrinamiento católico, me robaron los mejores años de mi infancia y de mi adolescencia. Aquellos preciosos y determinantes años que bien sustentados podían haber construido rápidamente un sólido edificio en el cual guarecer conocimientos e ideas capaces de comprender, explicar y enfrentar el mundo despiadado que me tocó vivir. Evidentemente el aprendizaje del entendimiento fue mucho más arduo y zigzagueante en aquellas circunstancias, pero al final se materializó enriquecido en la clandestinidad con la filosofía marxista que me abrió los ojos al mundo real. Es decir, al de los intereses de clase alrededor de los que gira todo. Y la lucha contra el franquismo, y contra lo que representó y representa, adquirió todo su significado. El de la dignidad y libertad de la clase trabajadora. Sin embargo, el sanguinario dictador no fue derrotado. Sí, murió hecho una piltrafa al final, pero tumbado en su acolchada cama.

¿Qué hacer?

Hoy, 44 años después de aquel lúgubre fallecimiento y del regocijo que supuso en la mayoría de los pueblos del Estado español, un gobierno socialdemócrata, supuestamente democrático y antifranquista, ha creído oportuno ofrecer, como “un paso más en la reconciliación”, el esperpento de exhumar los restos del déspota, trasladando su momia infecta desde el ultrajante Valle de los Caídos al cementerio de Mingorrubio-El Pardo. Todo ello durante una vergonzosa ceremonia retransmitida por televisión al mundo entero, donde no han faltado ni banderas anticonstitucionales ni gritos de “Viva Franco” y “Arriba España” ni el “Cara al sol” y el saludo fascista; y ello sin que intervinieran en ningún instante, por evidentes y reiterativas manifestaciones de exaltación del franquismo, las que ellos llaman “fuerzas del orden público”. Al contrario, la presencia policial protegió a los/as nostálgicos/as de la dictadura, a las huestes exaltadas de Vox y hasta al golpista Antonio Tejero, venido al acto con aires chulescos para mostrar su apoyo a la envalentonada familia de Franco que en actitud provocadora hacia frente a una timorata representación del Estado en la entrada del abyecto mausoleo donde permanecen enterrados, sin reparación ni justicia, miles de presos republicanos. Y este despropósito unos días antes de celebrar por segunda vez en un año, el pasado 10 de noviembre, elecciones generales. Comicios que, para más escarnio, sólo han servido para que los fascistas de Vox doblen el número de diputados, situándose como la tercera fuerza política del Estado, y para que el Partido Popular gane 23 escaños. Pero que nadie se extrañe, el resurgimiento del fascismo y la relectura de nuestra historia más reciente, es consecuencia de la inefable Transición que cifró su fortuna en el olvido de la memoria y en la desmovilización general de la clase obrera. “Para instaurar una democracia parlamentaria”, decían sus exegetas en 1977, pero también para dejar impune al franquismo y a sus responsables políticos de crímenes contra la humanidad, y, por supuesto, para postergar sine die a decenas de miles de republicanos enterrados en las cunetas de las carreteras. Todo, decían, por “la reconciliación nacional”. Ahora vemos el éxito de aquella asustadiza y engañosa política. Como escribió el camarada Uliánov, ¿Qué hacer?

José L. Quirante

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