Pandemias.

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Luis A. Montero Cabrera*.— Una epidemia es ante todo una tragedia. Así se clasifica cualquier rápida extensión de una enfermedad entre las personas de una comunidad, o de muchas. Cuando afecta a todo el mundo, entonces se le suele llamar “pandemia”.

Desde que hay seres vivos en esta Tierra, han ocurrido rachas de acciones biológicas que afectan a una determinada especie en su habitáculo. Es parte de la propia esencia de la vida, en constante movimiento. Sin embargo, nuestra especie homo sapiens se seleccionó gracias a la capacidad de intercambiar cuantiosas cantidades de información con respecto a cualquier otra, lo que nos ha permitido conocer e interactuar con estas desgracias mucho más, y también más eficientemente.

Las epidemias naturales pueden costar muchas vidas. También las hay creadas por las anomalías del razonamiento humano. Cuando alguien convence a sus conciudadanos de que son mejores que otros, aunque sean vecinos y por cualquier cosa, eso suele conducir a una epidemia practicada desde hace mucho: las guerras. La enfermedad que las causa es virtual, está en la mente de aquéllos que creen que enviando a matarse a otros pueden ellos alcanzar estadios más felices o satisfacer gustos espurios. A veces, lamentablemente, una guerra tiene también que hacerse para evitar males mayores, que a la larga cuestan más vidas. Son las guerras justas, las que devienen necesarias por no tener alternativas mejores. Pero esas ocurren mucho menos que las injustas, la supremacistas y las egoístas, que son las verdaderamente epidémicas.

En este momento la humanidad está enfrentando varias epidemias, tanto naturales como artificiales y locales que son letales diariamente. Hay lugares donde bandas armadas cobran a diario una cuota de muerte que solo aparece, si lo hace, en órganos de prensa locales. Son “muertes leves” que solo se informan a los allegados. Si llegan a los grandes canales de información lo hacen sin nombres propios: “perdieron la vida 24 asistentes a una boda que fueron confundidos como terroristas” o “han muerto en lo que va de año más de 200 personalidades sociales a manos de paramilitares” o “25 personas han sido asesinadas por sus parejas en lo que va de mes”.

Se dice que la llamada “plaga de Justiniano” liquidó al 40 % de la población documentada en el siglo VI de nuestra era en Europa, Egipto y África Occidental. La “muerte negra” mató por lo menos a 75 millones de europeos, asiáticos y norafricanos en el siglo XIV. México, el país más grande América entonces, perdió en el siglo XVI la mayoría de la población con varios millones de muertes por una epidemia bacteriana entérica. Con datos más precisos, una gripe mundial mató un millón en 1889 y 1890, y otra llamada “española” acabó con la vida de 100 millones en todas partes entre 1918 y 1920. Unos años antes la llamada 1ra. Guerra Mundial había arrebatado la vida a unos 40 millones, de los que aproximadamente la mitad ni siquiera portaban un arma cuando los mataron.

Ya la “gripe española” nos mostró una notable serie de eventos ocasionados por virus y que siendo enfermedades a las que se puede supervivir y hasta sin secuelas, arrastran una elevada carga de fallecimientos. No es que no ocurrieran antes. Es que no se sabía que cosa eran. Fueron pandemias virales la “gripe asiática” de 1958 que costó 2 millones, la de Hong-Kong con un millón en 1969, la influenza de 2009 con medio millón, un coronavirus agudo en el Medio Oriente de 2012, que persiste, y ahora el COVID 19 cuyo saldo va sobrepasando los 5000 muertos en todo el mundo.

No mencionamos el ebola y el HIV-SIDA. El primero se ha localizado esencialmente en África desde 2004 con diversos brotes y el otro ha costado millones de vidas en todo el mundo desde 1960. A estas alturas se ha aprendido a tratarlo, aunque aún no tiene cura. Tampoco mencionamos la llamada 2da. Guerra Mundial, que se dice que costó 75 millones de vidas, y de ellas más de 50 millones desarmadas en el momento de su final.

Lo interesante de la epidemia viral actual del llamado COVID-19 es que el mundo ha cambiado con ella. Gracias al desarrollo notable de la ciencia china se pudo identificar el virus muy rápidamente y describir bien los detalles de la enfermedad y su trasmisión. Se sabe que la letalidad es menor, pero que su facilidad de contagio lo hace muy peligroso, por aquellas vidas que cobra entre los que no pueden resistirlo. La pandemia del HIV-SIDA demoró años en conocerse después de que había cobrado muchas vidas. Esto fue por muchos motivos, incluyendo las limitaciones científicas de la época y también por los prejuicios que conllevaba.

El nivel de intercambio de información de hoy es tan eficiente que sabemos si alguien fue comprobado positivo en Taití, donde se dice que vive “Indirita”, al otro lado del mundo y casi en el momento en el que ocurre. Y eso hace que las precauciones no tengan otro límite que lo imposible. Nadie desea enfermarse y nadie es inmune, sea del país, color, religión, o riqueza económica que sea. Las microgotas acuosas que flotan portando el virus son originadas en cualquier humano infectado y el aire que las porta lo respiramos todos. Es un bien común. Las superficies que tocan y son tocadas por nuestras manos pueden mantener el virus activo muchos minutos. Los pulmones jóvenes y sanos resisten la rigidez que es causada por esta enfermedad y les permite sobrevivir. Los ya afectados por otras dolencias o por demasiada madurez, no pueden tener el oxígeno que necesitan y suelen no sobrevivir el tiempo necesario para que el sistema inmune se invente la forma de destruir ese ARN ajeno e invasor.

Una conclusión evidente es la necesidad de plantearnos como tendría que ser nuestra vida y el mundo después que pase esta pandemia para que la siguiente epidemia se quede como anecdótica y limitada, y que no vuelva a ocurrir otra pandemia. Siempre habrá virus, mientras exista la vida, y seguirán mutando para crearnos nuevas enfermedades. Las poderosas herramientas informativas que ha desarrollado la humanidad nos pueden permitir que venzamos más rápidamente esta desgracia, y avancemos todos para hacerlo todavía mejor con las que vengan. Imitar lo bien hecho y aprender de los errores, aunque sean de otros, sacando ventajas. Los frentes de lucha son muy diversos, desde los laboratorios hasta los medios de comunicación, pasando por la medicina comunitaria y asistencial. Lamentablemente, las vidas y los malestares, las pérdidas de todo tipo que esto trae, no pueden evitarse. Pero nuestra sabiduría tiene que aumentar y debemos saber aprovecharla.

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*) Luis A. Montero Cabrera: Doctor en Ciencias. Preside el Consejo Científico de la Universidad de La Habana. Miembro de mérito y coordinador de ciencias naturales y exactas de la Academia de Ciencias de Cuba.

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