Gatopardo tira del mito

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Era más que previsible: estaba cantado. Os lo dije. Y ya lo tenemos aquí. Ayer el presidente español anunció que va a poner en marcha unos nuevos «Pactos de la Moncloa». Un nuevo engaño masivo que será, seguro, jaleado desde los balcones.

Para quienes leéis esto desde otras latitudes, los «Pactos de la Moncloa» tuvieron lugar en el Estado español en 1977 y se justificaron en la necesidad de «fundar» una «nueva sociedad» tras el franquismo. Pero esa «nueva sociedad» fue en todo momento pilotada por los franquistas y post franquistas. De hecho, en esa Constitución que con tanto ahínco defiende ahora Unidas Podemos -esa que quería cargarse hace seis años- cuatro de sus ponentes eran franquistas o post franquistas y tres eran antifranquistas.

Y salió lo que salió: algunas concesiones menores y grandes mantenimientos del status quo franquista, como la monarquía o el papel del ejército. Y el hecho de que, en contra de lo que dicen los mal llamados «progres», los derechos sociales no están reconocidos específicamente como tal, ni mucho menos blindados, en la Constitución (salud, educación, trabajo, vivienda) sino que son simples recomendaciones, enumeraciones genéricas quedando al criterio de los gobiernos respectivos su desarrollo e implementación.

Y por eso hemos llegado hasta aquí, al desastre que estamos viendo ahora con el coronavirus entre otras cosas. Porque no es solo una cuestión sanitaria, sino que ha dejado patente la situación laboral, muy precaria, de millones de personas, y la situación de pobreza consiguiente de más de una cuarta parte, al menos, de la población española.

Es una Constitución neo-franquista, dígase lo que se quiera. Porque se limaron las aristas más duras del franquismo y se endulzaron las menos duras. Tal vez tras este anuncio entendamos mejor por qué hay militares todos los días, todos, en las ruedas de prensa del gobierno sobre el coronavirus.

En cualquier caso, los «Pactos de la Moncloa» son el gran mantra español, el mito «democrático» en que se sustenta esta cloaca y que enterró por muchos años (y ya van 40 años largos) la posibilidad de una ruptura con el neo-franquismo y supuso la cooptación sin tapujos de partidos, movimientos y sindicatos.

La similitud, entonces y ahora, es el ahogo de cualquier expresión de crítica contra el régimen monárquico y neofranquista. Con una monarquía por los suelos, corrupta hasta la náusea; con un sistema económico que ha destrozado vidas y haciendas; con una represión desatada hasta en lo político (que se lo digan a Catalunya), con un llamado «poder judicial»cuya esencia neofranquista ha quedado clara en todas y cada una de sus actuaciones (el caso catalán es el más sintomático), con unos medios de propaganda (mal llamados de «comunicación») que se han convertido en la universidad de la manipulación (además de en el imán de los supuestos «alternativos»), y con una pésima consideración de la mal llamada «clase política» es la única salida que le queda al sistema: el definitivo aplastamiento de cualquier tipo de disidencia.

Entonces se endulzó el trágala de los «Pactos de la Moncloa» con una amnistía general de los presos políticos. Ahora ya no será así. Los presos políticos seguirán en las cárceles. Tras esos «Pactos de la Moncloa», se redactó la Constitución. Ahora no se dice nada de una nueva Constitución. Es decir, no se tocará la monarquía, ni el papel del ejército, ni se va a incluir, a anclar en ella, «lo importante de lo común, de lo público» como dijo ayer Sánchez. Ni mucho menos se abordará la cuestión nacional, ni siquiera desde una perspectiva federal. Ni se anulará la subordinaciónn a Europa que supuso la modificación del artículo 135 que es el gran desarrollador de lo que vemos ahora, sanidad destrozada, educación deficitaria, derechos anulados… Si ya había poco, desde entonces, menos. Y todo eso seguirá.

Es cambiar algo de un sistema que hace aguas, que se tambalea, para que todo siga igual. Es «El Gatopardo» de Guiseppe di Lampedusa; es lo que en ciencias políticas (y se supone que algo de eso saben los «politólogos» de Unidas Podemos) se considera «gatopardismo», el político que inicia una transformación que se supone revolucionaria pero que solo altera la parte superficial de las estructuras de poder mientras conserva el elemento esencial de esas estructuras. Porque eso fueron los «Pactos de la Moncloa» de 1977.

El que ahora se propongan de nuevo los «Pactos de la Moncloa», y con el aval de Unidas Podemos, es terrible. Es la constatación, pura y dura, de su rendición total y de que no hay nada que esperar de esta gente. Nada. Y si esta propuesta de nuevos «Pactos de la Moncloa» no cuenta con su aval, ya están tardando en decirlo. Porque, entre otras cosas, supone que es una forma de destruir el gobierno de coalición en el que ahora están. Si no se han dado cuenta de ello, son más bobos de lo que pienso. O están más aferrados a los sillones y tienen la cara más dura de lo que pienso. Y si cuenta con su aval, lo dicho. Nada con esta gente. Porque, aunque estemos en plena pandemia del coronavirus, las máscaras ya han caído.

 El Lince

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