jueves, julio 16, 2020
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Una estremecida advertencia

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Elsa Claro.— A Donald Trump le resulta cómodo –quizás imprescindible– buscarse culpables para cada cosa que le importune. En este momento, el mandatario, incapaz de apreciar racionalmente sus actos y cuanto con ellos provoca, afirmó que las actuales protestas en todo el territorio norteamericano están promovidas por elementos externos –uno, el gobierno ruso y dos, por “la extrema izquierda” estadounidense–.

Para los de fuera, se centran en el gobierno ruso, y escarbando en el pozo de los sinsentidos, afirman, con similar insensatez y falta de pruebas, como es costumbre, que los disturbios originados por el asesinato del afronorteamericano George Floyd es obra del movimiento Antifa, calificando a sus miembros de “alborotadores totalmente profesionales.

Unos en el exterior y otros dentro. ¡Pobrecito!

Y para “defenderse” ordena designar como organización terrorista a Antifa, pese a no existir con carácter de grupo instituido, ni tener líderes. “La violencia instigada y llevada a cabo por la Antifa y por otros grupos similares en relación con los disturbios es terrorismo doméstico y será tratada en consecuencia”, dijo el fiscal general, William Barr, haciéndole resonancia a Trump.

Como no existe esa figura en las leyes estadounidenses y crearla contradice la Constitución, tendrán que hilar muy fino para hacer creíble semejante paparrucha. Poner en listas apócrifas de ayuda al terrorismo a países convertidos en “enemigos” de a porque sí, es más sencillo que hacer admisible algo parecido en casa.

Sobre el pretendido, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, pregunta por el motivo por el cual los supremacistas blancos y otros intolerantes estadounidenses, con plataformas organizadas nada ocultas, no son catalogados como grupos de terrorismo interno.

¿Será, inquiero a mi vez, por simpatizar con el presidente y, en los hechos constituir ese 40% de votantes que le llevaron al poder y como con él prosperaron desean mantenerle a flote?

Los medios unen el reclamo de la joven legisladora demócrata a lo emitido por la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU) desde donde estimaron que Trump no tiene la autoridad legal para designar un grupo como (terrorista) interno.

Tampoco la tienen para relacionar en un registro tan pérfido como intrigante contra gobiernos e instituciones internacionales, arbitrariamente nominados por la administración Trump como terroristas, cuando él y sus adjuntos actuales o precursores de igual corte, –está sobradamente probado– sí fomentan la existencia y servicio de extremistas autóctonos –por acá los hemos padecido– o los propiciados fuera de su territorio, a su servicio y en bien de bajos intereses.

No otro respaldo han tenido los Posada Carriles y secuaces, o los talibanes afganos en su origen, antes de colocarse contra Washington –un efecto Frankestein–, y no el único conseguido por la insania e imprevisión de quienes se consideran excepcionales y con derechos auto-otorgados de les cuales excluyen a quien les parece. O sea, para estos especímenes al frente de un país poderoso, las leyes internacionales solo existen cuando les conviene. No antes ni después.

Antifa o lo que es igual, Antifascista, es un movimiento surgido en los años 20 y 30 del pasado siglo en Europa y, como dice su nombre, dedicado a enfrentar a esa malsana ideología cuyas consecuencias son bien y tristemente conocidas pese a indecentes olvidos.

Esa tendencia reaparece dentro de EE.UU. para enfrentarse a los cabezas rapadas racistas y facciones del Ku Klux Klan, y en los años ochenta, movida por el ascenso especial de la ultraderecha norteamericana que alimentó al Movimiento alt-right, sucesor del no menos dañino Tea Party. La autodenominada derecha alternativa, fue decisiva en la elección de Trump como candidato a la presidencia por el Partido Republicano en el 2016.

En el 2017, en Charlottesville, una contramarcha opuesta a los suprema y ultranacionalistas blancos desatados en un aquelarre de extremismo fanático, un simpatizante de estos últimos proyectó su auto contra los manifestantes progresistas, provocando la muerte de la militante antirracista Heather Heyer, y decenas de heridos.

Ese incidente concluyó siendo calificado de terrorista, pero todo cuanto antes lo provocó, fue alabado por el presidente y parece haberse reeditado ahora a través de un camión cisterna cuyo conductor lo proyectó sobre los manifestantes. Por fortuna en este acaso, sin víctimas.

“Para que conste: ‘antifa’ es la abreviatura de antifascista o acción antifascista. Creemos en y luchamos por un mundo libre de fascismo, racismo, sexismo, homo/transfobia, antisemitismo, islamofobia y prejuicios en general” afirmaron en su cuenta New York City Antifa.

Pero Donald Trump ha contribuido a incendiar los ánimos de nuevo, no ya de quienes ahora estigmatiza especialmente, sino de cualquiera, al repetir en un tuit lo dicho por el jefe de policía de Miami en 1967, en plena batalla por los derechos civiles: “cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”.

Después amenazó de modo parecido con usar el ejército contra los disturbios, pidiéndole a los gobernadores estatales ser “mucho más duros o el Gobierno Federal intervendrá y hará lo que tenga que hacer, y eso incluye usar el poder ilimitado de nuestros militares y muchos arrestos”.

No se le ocurre entablar diálogo o buscarle motivos y soluciones a tanta ira acumulada. Y existe, no solo entre negros y latinos, se debe advertir. Posible apreciarlo en la alta participación de blancos en las protestas, pese a no ser el sector más afectado por la violencia policial ni la discriminación agresiva. Las protestas contra cualquier tipo de injustica desatan, por lo general, sentimientos de inconformidad diversos, no por reprimidos menos intensos.

De acuerdo con el enfoque del Dr. Cornel West, profesor de filosofía en la Harvard University, Donald Trump es un gánster neofascista en la Casa Blanca, pero lo establecido permite la desigualdad endémica y una cultura de codicia y consumismo que pisotean derechos y dignidad de las personas pobres y minorías década tras década. Por eso el sistema prueba ser incapaces de reformarse por sí mismo. (“The system cannot reform itself,”) Carece de los valores apropiados.

El académico, al ejemplificar su aserto, expuso; “(…) cuando hablas de las masas de personas negras —los negros pobres y de clase trabajadora, marrones, rojos, amarillos, de cualquier color— son los que quedan fuera y se sienten tan completamente impotentes, indefensos, desesperados, entonces llega la rebelión”.

Esta quizás no lo sea, pero dudas no hay de que implica otra advertencia a ser atentamente escuchada.

Fuente: cubadebate

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