sábado, agosto 8, 2020
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Batalla por la memoria

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Una lección para Ucrania, donde los monumentos a los soldados de la Gran Guerra Patria son destruidos. En los últimos meses, en el país se ha discutido los planes para vandalizar el monumento a la Madre Patria, que aún adorna las colinas de Kiev con su silueta. El director del Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional, Anton Dobrovich, exige que se desmantele el escudo soviético que se ve en el monumento. Todo ello pese a que el Gobierno ucraniano no dispone de los fondos necesarios para luchar contra la epidemia de coronavirus o para garantizar las necesidades básicas a los ciudadanos.

Patriotas aún más radicales exigen la demolición de la gran estatua soviética siguiendo el ejemplo de lo que las autoridades locales de Lviv hicieron al destruir, de forma desafiante, en el paseo de la fama el memorial a los soldados caídos del Ejército Rojo.

Todo ello es el resultado lógico del revisionismo ideológico de la historia de la Segunda Guerra Mundial, que es un componente integral de la política oficial de la Ucrania post-Maidan. En un país en el que vallas publicitarias honran a Hitler y al partido Nazi, como ocurrió recientemente en Jerson, es inevitable que los monumentos a los luchadores contra el Nazismo que aún quedan en pie sean demolidos. La administración del presidente Zelensky obedientemente continua la política de su predecesor, Petro Poroshenko, con quien se demolió el monumento a los liberadores soviéticos en Lviv. Y todas las esperanzas que se habían puesto en la posibilidad de una más adecuada política de la memoria, una en la que se tuviera en cuenta los sentimientos y opiniones de millones de ucranianos, han volado como el viento.

Se ha dicho a los ucranianos que no hay alternativa real a esta política. Pero eso no es cierto y así lo evidencia el memorial a los soldados soviéticos recientmente inaugurado en Rzhevsk, cerca de la localidad de Joroshevo, que homenajea a una de las más duras batallas de la Gran Guerra Patria. Esta escultura de bronce de 25 metros de un soldado soviético ha sido erigida en lo alto de una colina. A sus pies hay una referencia a la canción de Yan Frenkel y Rasul Gamzatov en la que se pueden leer las líneas del poema “Caí cerca de Rzhev”, escrito por Alexander Tvardovsky: “Caímos por la patria, pero ella está a salvo”.

En el nuevo museo se han instalado exposiciones multimedia en las que se pueden ver fotografías, cartas del frente, historias y memorias de la batalla. Y en grandes paneles están escritos los nombres de los caídos durante las batallas en esa zona. Muchos aún están siendo buscados y encontrados: por ejemplo, el año pasado, las autoridades rusas encontraron los restos de 1067 soldados en los alrededores de la ciudad y el año anterior, otros 1598 soldados del Ejército Rojo fueron entrerrados. Entre ellos había soldados ucranianos.

Fue un trágico episodio de la guerra, uno mucho menos mencionado que las históricas batallas de Moscú, Stalingrado o Kursk. En el transcurso de trece meses, los ejércitos soviéticos trataron varias veces de avanzar sobre el saliente alemán, que suponía una constante amenaza para la capital. Durante la ofensiva, las tropas de Konev y Zhukov obligaron al enemigo a retroceder entre 100 y 250 kilómetros, con lo que completaron la liberación de la región de Moscú. Sin embargo, en las posteriores ofensivas, se encontraron con férreas defensas, lo que causó enormes bajas.

El número exacto de bajas en esas batallas que duraron meses aún está por calcular a pesar de los esfuerzos de los historiadores. Se cree que las bajas ascendieron a 272.000 soldados del Ejército Rojo muertos y 776.000 heridos. Por su parte, el ejército alemán del Grupo Centro perdió más de 330.000 soldados entre el 1 de enero y el 30 de marzo de 1942. Eso hace de Rzhev una de las batallas más sangrientas de la historia moderna.

¿Para qué todas esas bajas? Todo se ha dicho ya en el famoso poema de Tvardovsky. Hoy se sabe que las dos ofensivas finales fueron una maniobra de distracción para realizar el ataque estratégico sobre Stalingrado en silencio. Para ello, se emitió un programa de radio diseñado para confundir al enemigo sobre los verdaderos planes del comando soviético. Y Hitler realmente creyó que la campaña principal del Ejército Rojo iba a producirse al oeste de Moscú, por lo que envió allí a su mejor equipamiento y reservas.

“Los alemanes estaban esperando que golpeáramos en Rzhev y rechazar el ataque. Pero el embolsamiento de las tropas de Paulus en Stalingrado supuso una completa sorpresa para ellos. Sin conocer este juego de la radio, Zhukov pagó un precio muy algo: miles de nuestros soldados bajo su comando murieron en Rzhev”, recordaba el oficial de inteligencia soviética Pavel Sudoplatov, que participó en la campaña de desinformación dirigida al comando militar Nazi.

El monumento a los héroes de la batalla de Rzhev es un homenaje a la justicia histórica, una justicia que jamás prescribe. Al fin y al cabo, quienes murieron en esos bosques hicieron una importante contribución a la victoria final contra la Alemania Nazi, aunque esa aportación no aparezca mucho en los libros de texto o en las películas, que prefieren las campañas exitosas y las victorias.

Pero la aparición de este monumento tiene otro significado no menos simbólico que se entiende perfectamente en el contexto del revisionismo histórico del modelo ucraniano. Nos referimos a una batalla por la memoria que se está haciendo especialmente dura últimamente. Han pasado 75 años desde el final de la Gran Guerra Patria y es importante para nosotros decir la verdad sobre aquellos lejanos hechos, pero también honrar la memoria de quienes murieron hace tanto tiempo y que lucharon contra la Wehrmacht cerca de Moscú, Rzhev, Kiev y Lviv.

Al fin y al cabo, en los lugares donde no hay monumentos a los héroes del Ejército Rojo pronto habrá monumentos que honren a los colaboracionistas Nazis y carteles con el nombre de Hitler. Así lo prueba la triste experiencia de Ucrania.

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