El exterminio de los esquimales en Alaska aprovechando la epidemia de gripe de 1918

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El 13 de enero de 1919, el entonces gobernador del territorio de Alaska, Thomas Riggs, compareció ante el Congreso de Estados Unidos solicitando fondos federales para combatir la influenza o gripe. Alaska era un territorio recién incorporado en el que residían cerca de 20.000 ciudadanos blancos y aproximadamente 30.000 indígenas. La gripe llegó tardíamente al lugar, pero se regó como pólvora. Aunque los datos son aún inciertos, para fines de 1918 el conteo de muertes excedía de 2.000. Riggs venía ahora ante el Comité de Apropiaciones de la Cámara de Representantes con una lista de gastos incurridos por el gobierno territorial en la lucha en contra de la pandemia. Pocos días antes el Senado Federal había aprobado 100.000 dólares para las arcas del gobierno territorial de Alaska. Riggs buscaba la aprobación final por la Cámara. Lo interesante de su reclamo es que, en enero de 1919, el gobierno de Alaska no tenía un problema presupuestario. De hecho, le sobraba dinero.

¿Cuál era el motivo de la petición de Alaska y por qué acudía Riggs ante el gobierno federal, si al gobierno territorial le sobraba la plata? ¿No se suponía, acaso, que la Cruz Roja era la institución llamada a proveer socorro en eventualidades como esta? El testimonio de Riggs revela la verdadera naturaleza colonial y genocida de la anexión de Alaska. Sí, en Alaska murieron cerca de 2.000 personas entre 1917 y 1919 debido a la gripe, pero casi todas eran indígenas. Riggs testificó que esta disparidad se debía a que las comunidades originarias exhibían una mayor vulnerabilidad ante la enfermedad. “La influenza ataca más violentamente a los nativos que a las personas blancas; estos simplemente no tienen poder de resistencia”, indicó él. Un detalle interesante de sus respuestas ante los miembros del comité fue que Riggs no conectó todas las muertes directamente con el “poco poder de resistencia” biológica de los indígenas. Muchas se debían a la hambruna y a la falta de ropa y cobijo para el duro invierno durante la pandemia.

Thomas Sisson, presidente del comité, le pidió a Riggs que explicara la anomalía de que las comunidades originarias del territorio de Alaska estuvieran muriéndose de hambre y congelación en medio de la pandemia. En todas las regiones de Estados Unidos, puntualizó él, los indígenas se sufragaban sus propios gastos y procuraban sus propios alimentos. Además, obtenían abrigos y pieles mediante la caza. Tal había sido hasta hace poco el caso de las comunidades originarias de Alaska, que desde tiempos inmemoriales se dedicaban a la caza con trampas. El problema declaró Riggs es que, tan pronto aparecieron las primeras señales de la influenza española en el territorio, su administración puso a los indígenas en cuarentena, prohibiéndoles que se desplazaran por el territorio y practicaran el trapping. ¿Por qué? Pues para prevenir que se contagiaran los ciudadanos blancos. Al fin y al cabo, añadió él, los “indios” no tenían ni derechos legales ni tierra para vender. Es más, no pagaban impuestos. “Si se trata de socorrer a la población blanca, no me hace falta ni un centavo federal”, prosiguió Riggs. El dinero era para alimentar a los “indios” en cuarentena y prevenir, por medios policíacos, que se salieran de sus villorrios, propagando la gripe.

Mr. Sisson: ¿Por qué no cazan los esquimales?
Mr. Riggs: La mayor parte están muertos, y los que no están muertos deben de ser controlados, para que no vayan a otras comunidades.

¿Quiénes eran, entonces, los indígenas que quedaban en las comunidades en enero de 1919? Sobre todo, niños y niñas menores de edad, o sea, criaturas huérfanas. El cuadro que mostró Riggs de la situación en las comunidades indígenas era pavoroso. Sobre mil cadáveres de mujeres y hombres indígenas yacían sobre el hielo sin ser sepultados. No había médicos ni medicinas para socorrer a los vivos. Incluso la Cruz Roja se negaba a aventurarse a las regiones más remotas y frígidas del territorio. La poca ayuda que recibían los indígenas era en forma de alimentos y ropas que llevaban los empleados del Departamento de Educación de Alaska y algunos pobladores blancos compasivos. Cientos y cientos de huérfanos, a menudo concentrados en grupos de 300 o más, eran alimentados y suplidos de mantas y ropa. De hecho, Riggs había acudido al gobierno federal no para pedir ayuda para la gente blanca, sino para que le reembolsaran al gobierno territorial los costos de vigilar a los indios en cuarentena y mantener a los huérfanos en los villorrios. Al fin y al cabo, los indígenas de Alaska no tenían nada que vender ni nada que se les pudiera confiscar. “No es justo –expresó Riggs– que los 20.000 habitantes blancos de Alaska, que sí pagan impuestos, tengan que hacerse cargo de los pupilos del gobierno federal que fueron heredados de Rusia”. Tan solo los costos de alimentar los perros de los trineos, finalizó él, ascienden a miles y miles de dólares de los contribuyentes. Cada perro de trineo recibía 30 dólares de alimentación diaria.

Los efectos de la influenza de 1918-1919 entre la población originaria de Alaska van más allá de la cifra de muertos. Nada se habló de prohibir el trapping por los blancos, quienes fueron precisamente los que llevaron la infección a las comunidades indígenas. Pero no todo era tragedia. Para el gobierno racista de Alaska, la pandemia, al generar cientos de huérfanos, creaba una oportunidad única para imponer la cultura blanca a los niños y niñas indígenas, ahora en custodia de los funcionarios del régimen territorial. Así lo expresó, sin filtros lingüísticos, el gobernador Riggs al leer documentos del Departamento de Educación de Alaska que hablaban del tema: “Oportunidad espléndida para el avance educacional de los esquimales”. Cobrando una cifra de $10 al mes por cada huérfano, una plaga de misioneros cristianos inculcaba la visión de que los antiguos chamanes y religiosos eran discípulos del Diablo. Esto, a una población indígena que había vivido por siempre en armonía con la naturaleza. Yuuyaraq (la vía humana) era para estas comunidades la palabra que expresaba una vida conformada a la naturaleza. Se trataba de una cosmogonía de paz muy parecida, en detalle y hermosura, a la de los Dakota en Mni Sota Makoce (hoy Minnesota), antes de su expulsión del lugar por el gobierno territorial en 1863. A las madres Dakota encarceladas en las reservaciones les daban animales podridos para que alimentaran a sus criaturas. Las de Alaska estaban muertas. Es la vieja regla de la política indígena y expansionista del gobierno de Estados Unidos, de que las naciones más indefensas fueron (y siguen siendo) las más abusadas y avasalladas por el invasor blanco. Todavía hoy perduran en las comunidades originarias de Alaska las cicatrices dejadas por el cruel genocidio de 1918-1919 y el abuso de los misioneros.

https://www.80grados.net/gripe-espanola-y-genocidio-de-comunidades-indigenas-de-alaska-1918-1919/

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