Condenar la violencia es como condenar la ley de la gravedad

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Bianchi.— Por inútil y absurdo. Otra cosa es hacer apología de la violencia por la violencia sin más, sin un objetivo, lo que ya entra en terrenos psicológicos y pliegues psicoanalíticos, que no responden a ninguna problemática social y/o política, siendo, por tanto, extrasocial. Yo puedo estar a favor de la lucha armada en según y bajo qué circunstancias fruto de un análisis de una situación concreta que la práctica dictaminará lo acertado o erróneo de su adopción. Pero jamás postular una violencia gratis ni deportiva propia de enfermos.

Esta mañana un redomado fascista como el locutor de la emisora de los curas, la COPE, Carlos Herrera, ha echado por tierra aquel sobadísimo latiguillo que decía “condeno la violencia venga de donde venga”. Lo hacía, por supuesto, para condenar la violencia callejera por la libertad de expresión y la excarcelación de Pablo Hasel y, de paso, arrear un pescozón a Podemos por, según él, “justificar” o animar a esa violencia, algo que, cualquiera que tenga un mínimo de sentido común sabe que no es cierto, que es mentira. “Esta gentuza (se pasa la mañana insultando) condena la violencia, sí, pero no la suya”, venía a decir (22-2-2021). No concluye, como sería lo lógico, que él condena la lucha (violencia) callejera, pero NO la violencia policial. Y no lo hace porque no es un lerdo, aunque se lo pida el cuerpo, y recuerde que el monopolio de la violencia, del reparto de ostias, lo tiene el Estado y sus esbirros. Del derecho de resistencia ni hablará porque ni sabe qué es eso. Un derecho que está recogido en Constituciones universales, mientras que el monopolio de la violencia no está recogido en ninguna, que se sepa. El slogan de “venga de donde venga” les venía bien a esta “intelectualidad” áulica para situarse por encima del bien y del mal a los que nunca han roto un plato, a los “demócratas”, pero la determinación en la pelea de los resistentes ha obligado a, por si hacía falta, desenmascararse todavía más a estos fachas. Ya no podrán esgrimir ese mito, en el que nunca creyeron, por otra parte, y se tendrán que decantar, ya lo están haciendo en las televisiones, por bendecir la represión pura y dura, que es lo que les pone.

La violencia, decía Marx, es la partera de la Historia. Y la lucha de clases supone que exista. De nada sirve lamentarse de su existencia, como hace un pacifismo pánfilo, pues la misma surge de la contradicción entre unas relaciones de producción y unas fuerzas productivas injustas y desajustadas, y no precisamente armonizadas. Si a ello -a la crisis económica permanente- añadimos el pisoteo de unos derechos políticos como la libertad de expresión y el encarcelamiento de quienes no más lo ejercen, tenemos un conflicto que puede derivar en lo que estamos viendo estos días, esto es, en la manifestación y resistencia de quienes se consideran oprimidos y se muestran solidarios con quien ha sido reprimido, ¿hay acto más noble que esto? Y se emplea la violencia, sí, como único recurso que se deja para hacerse oír. Porque, de otro modo, ni puto caso.

La violencia, pues, tiene sus razones y sus causas. Nunca es gratuita. Simplemente hay que diferenciarla, como Lenin habló de “guerras justas” y “guerras injustas”, y antes que él clérigos españoles bajomedievales. La violencia ciega, a la que nos quiere acostumbrar el celuloide yanki, no va a ninguna parte. La violencia con sentido, la lucha, sí. O esa pretensión hay. Otra cosa es el desenlace de una acción-reacción que, sin quedarse sólo en este automatismo, tiene claro unos objetivos políticos. Entonces, tarde o temprano, la fruta caerá de madura. Ya ven que no hemos hablado de la pandemia para nada. No ha hecho falta.

Fuente: mpr21.info

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