El peronismo como caballo de troya de la burguesía para desactivar el movimiento obrero; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«Como Perón reconocía, su objetivo económico y, por tanto, político no era otro que desactivar las luchas del movimiento obrero que, en cierta medida, ya empezaban a notar la influencia de los comunistas y otros grupos «subversivos» del orden:

«Yo llamo a la reflexión a los señores para que piensen en manos de quien estaban las masas obreras y cuál podía ser el porvenir de esas masas, que en un crecido porcentaje estaban en manos de los comunistas. (…) Un objetivo inmediato del gobierno ha de ser asegurar la tranquilidad social del país, evitando por todos los medios un posible cataclismo de esta naturaleza [la revolución], ya que si se produjera de nada valdrían las riquezas acumuladas, los bienes poseídos, ni los campos, ni los ganados». (Juan Domingo Perón; Discurso de la bolsa de comercio, 25 de agosto de 1944)

El «gran Coronel Perón» enseñó al público de la bolsa de comercio un inolvidable manual sobre cómo ha de ganarse la oligarquía financiera a la clase obrera para neutralizar sus inclinaciones revolucionarias:

«Se ha dicho señores, que soy un enemigo de los capitales y si ustedes observan lo que les acabo de decir, no encontrarán ningún defensor, diríamos, más decidido que yo, porque sé que la defensa de los intereses de los hombres de negocios, de los industriales, de los comerciantes, es la defensa del mismo Estado. No se asusten de mi sindicalismo, nunca mejor que ahora estará seguro el capitalismo, ya que también lo soy, porque tengo estancia y en ella operarios. (…) Lo que quiero es organizar estatalmente a los trabajadores para que el Estado los dirija y les marque rumbos, de esa manera se neutralizarán en su seno las corrientes ideológicas y revolucionarias que pueden poner en peligro nuestra sociedad capitalista de posguerra. Por eso creo que si yo fuera dueño de una fábrica no me costaría ganarme el afecto de mis obreros con una obra social realizada con inteligencia. Muchas veces se logra con el médico que va a casa de un obrero que tiene un hijo enfermo; con un pequeño regalo en un día particular; o el patrón que pasa y palmea amablemente a sus hombres y les habla de cuando en cuando, así como lo hacemos nosotros con nuestros soldados». (Juan Domingo Perón; Discurso de la bolsa de comercio, 25 de agosto de 1944)

¡Burgueses del mundo, aprendan! ¡Es más fácil manejar a los obreros y hacer que no dejen de producir otorgándoles ciertos derechos, que cometer el torpe error de despreciarlos en público, siendo tozudos y desatendiendo sus reivindicaciones económicas! Con esto, Perón venía a decir a la burguesía, que si actuaba con astucia, y gracias a unas cuantas migajas, podría obtener la paz social, pues el proletariado estaría contento, sumiso, por lo que apoyaría su política e incrementaría la producción, incluso querría a los líderes burgueses. Obviamente estos cálculos no eran del todo correctos, puesto que como veremos más adelante, otorgar dichas concesiones depende del contexto político-económico nacional e internacional, crea tiranteces entre el gobierno y las capas de la burguesía que siempre buscan el máximo beneficio, y además media el trabajo de los revolucionarios para desmontar la insuficiencia e hipocresía de dichas reformas. Pero, por el momento, el peronismo contaba con una coyuntura internacional favorable, un superávit económico tras su papel de proveedor durante la guerra y, además, podía contar con la tranquilidad de ver que ni los comunistas, anarquistas o socialistas tenían intención o poder como para alterar la paz social seriamente.

Como se sentenciaba, una vez lograda la unidad sindical y de los sectores estratégicos de la economía y el ejército, el justicialismo también podría utilizar la coacción cuando fuese necesario –es decir, si alguien pretendía abandonar el «armonioso» justicialismo–:

«Le diremos a la CGT, hay que hacer tal cosa por tal gremio y ellos se encargarán de hacerlo. Les garantizo que son disciplinados y tienen buena voluntad de hacer las cosas. Eso sería seguro, la organización de las masas. (…) Ya el Estado organizaría el reaseguro, que es la autoridad necesaria para que cuando esté en su lugar, nadie pueda salirse de él, porque el organismo estatal tiene el instrumento que, si es necesario por la fuerza, ponga las cosas en su quicio y no permita que salgan de su curso». (Juan Domingo Perón; Discurso de la bolsa de comercio, 25 de agosto de 1944)

Y así fue. Para tal fin, Perón lanzó, el 2 de octubre de 1945, el decreto 23.852/45 sobre asociaciones profesionales. Este decreto decía, entre otras cosas:

«Que en el actual período de evolución y desarrollo de las relaciones entre empleadores y trabajadores, es innegable la importancia que reviste la colaboración del Estado y de las asociaciones profesionales en todo lo concerniente a la fijación de las condiciones de trabajo y a la necesaria adaptación de las normas básicas de la legislación obrera a las distintas clases de actividades. (…) En el caso de existir sindicato con personería gremial, sólo podrá concederse esa personalidad a otro sindicato de la misma actividad, cuando el número de afiliados cotizantes de este último, durante un período mínimo y continuado de seis meses, inmediatamente anteriores a la solicitud, fuera superior al de los pertenecientes a la asociación que goce de personalidad gremial». (Decreto 23.852/45)

El decreto estaba destinado a establecer un único sindicato por cada rama productiva. El peronista CGT contaba con la protección del Estado para no ser disuelto. Ahora bien, en caso de querer establecer un nuevo sindicato, se aplicaban estas trabas y, por lo tanto, su oficialidad no estaba garantizada. El nuevo sindicato era considerado personalidad jurídica, pudiendo ser intervenido legalmente por el Estado al no entrar dentro de los pactos entre este y la personalidad gremial. A su vez, el CGT, aunque era considerado oficialmente una «entidad libre de injerencias del Estado», recibió una purga de sus cabecillas más autónomos en los años 50, asegurándose así el gobierno de que el peronismo contase en su poder con la única legalidad posible dentro del sindicalismo. Este decreto de 1945 se completó con la ley 14.250 de Convenciones Colectivas de Trabajo de 1952, por la cual el sindicato con personería gremial era el único que podía suscribir dichos convenios». (Equipo de Bitácora (M-L); Perón, ¿el fascismo a la argentina?, 2021)

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