La rabia es mi vocación… Silvio Rodríguez

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Según la (OIT), en el mundo "hay 2,45 millones de víctimas de la trata, según se estima, cada año hay entre 600.000 y 800.000 personas, un 80% son mujeres y niñas". Estas se ven forzadas al trabajo sexual, a las tareas domésticas no legisladas, o a trabajar, sobreexplotadas, en fábricas.

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Tatiana Delgado.— “La madre de la niña maliense fallecida en Canarias pasó varios días en un campamento policial mientras su hija estaba en la UCI”, titular del nuevo fallecimiento de una niña migrante en Canarias. No aparecen sus nombres, despersonalizándolas, aunque muestra la brutalidad de la Ley de Extranjería del estado español que a día de hoy gestiona y lleva hasta sus últimas consecuencias el gobierno de Unidas Podemos y el PSOE.

 

La niña de dos años llegó grave debido a las durísimas condiciones de la travesía que las políticas racistas europeas imponen a la migración desde África, falleció 5 días después en un hospital de Gran Canaria, mientras su madre permanecía encerrada en el CATE de Barranco Seco, un campamento policial que carece de cualquier apoyo; las gestiones de un grupo de sanitarios permitieron identificar in extremis la relación entre ambas y “la madre pudo despedirse de su hija”.

Las autoridades aluden a lo caótico de este caso dada la gravedad de las personas que llegaron en esta patera, pero desde colectivos de activistas denuncian protocolos poco claros, Caminando Fronteras plantea “Es un sistema que destroza los derechos de la infancia migrante y sus madres”. Llevan años reivindicando: no a los protocolos de extranjería, sino protocolos de tragedias de víctimas múltiples y la no separación de madres y menores.

Esta tragedia recuerda a la de Sephora, que fue la primera persona migrante enterrada con nombre tras 26 años de drama en la ‘ruta canaria’. La niña, de 13 meses, se resbaló del pañuelo con el que su madre la llevaba amarrada a la espalda cuando la patera en la que viajaban colisionó contra unas rocas a 20 metros de la orilla en Arguineguín. Sephora y otras dos mujeres cayeron al mar y se ahogaron. Un voluntario le contó a la juez lo que había visto y se ocupó de la situación, llamó a comisaría y un agente le respondió con cierta desgana. “Ya sabe que a veces se inventan cosas para que no les expulsen, pero cadáver no hay ninguno”. Hasta ese momento nadie buscaba el cuerpo de la niña. La juez respondió con firmeza. “Me traen ya a la madre de la niña al juzgado. ¡Ya!”. “¿Pero, ¿cuál es, señoría?”, le insistió el responsable policial. “Pues se fija usted en una que no ha dejado de llorar desde anoche”.

Estos dos dramáticos ejemplos muestran el trato inhumano que damos a las personas migrantes que llegan a nuestras costas azuzadas por el hambre, la miseria y la falta de oportunidades de una vida digna, que la políticas imperialistas y de expolio imponen a los pueblos de África.

Las rutas migratorias clandestinas a falta de corredores seguros son duras, pero lo son especialmente para las mujeres y las niñas, que tienen riesgos añadidos en todo el camino y características propias en las que la violencia especifica contra las mujeres forma parte.

Según el informe anual del UNFPA, “las mujeres constituyen casi la mitad de todos los migrantes a escala mundial: 95 millones”, deciden trasladarse o se ven forzadas a hacerlo por reunificación familiar o para poder trabajar. Cumplen multitud de profesiones desde maestras, trabajadoras domésticas, agricultoras o camareras, en todos los sectores sufren una opresión añadida a la explotación intrínseca al capitalismo, el racismo empeora sus condiciones laborales y de vida.

Según la (OIT), en el mundo “hay 2,45 millones de víctimas de la trata, según se estima, cada año hay entre 600.000 y 800.000 personas, un 80% son mujeres y niñas”. Estas se ven forzadas al trabajo sexual, a las tareas domésticas no legisladas, o a trabajar, sobreexplotadas, en fábricas.

Las migrantes afrontan dejar sus países con la idea de mejorar la situación de sus familias, contribuyendo a mejorar la calidad de vida de las poblaciones de origen pero esto puede llegar a tener un costo muy alto. A esto las aboca el capitalismo que por un lado las necesita y por otro las somete a políticas policiales y racistas como las impuestas por el Estado Español y su gobierno “más progresista de la historia”.

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