La incómoda historia de los pogromos

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Los pogromos contra la población judía de 1917-1921 supusieron el mayor exterminio de los judíos del este de Europa hasta la Segunda Guerra Mundial, pero actualmente esta tragedia está rodeada de una conspiración de silencio. En el curso de varios años, hasta 200.000 judíos fueron asesinados o heridos, fundamentalmente en los territorios de la actual Ucrania y el sur de Rusia. Sin embargo, los políticos contemporáneos que sonoramente acusan a la Unión Soviética de silenciar la tragedia del Holocausto no se apresuran a nombrar a los responsables de esta masacre antisemita.

Para comprender los motivos por los que esto está ocurriendo, debemos recordar los detalles importantes de ese asesinato masivo que están intentando eliminar de la memoria de los pueblos del este de Europa. Los pogromos contra la población judía de la Guerra Civil tuvieron diferentes causas, entre las cuales se encuentra la desintegración de la economía feudal en el este de Europa, que eliminaba el papel de mediación que jugaba la población judía: entre la ciudad y el campo, entre los señores y los siervos. A esto hay que añadir la persistente propaganda antisemita de la etapa zarista y las teorías de la conspiración de los nacionalistas, que trataban de explicar los problemas económicos y militares como una “conspiración judía internacional”.

La mayor responsabilidad por los pogromos recae sobre el Ejército de Voluntarios del general Denikin, donde el sentimiento antisemita prevalecía entre los soldados y oficiales. Ya en el verano de 1918, soldados del atamán Shkuro, futuro general de la Guardia Blanca y colaborador Nazi, reunió a los judíos de Stávropol en una sinagoga y les exigió un rescate amenazándoles con prender fuego al edificio. Todos los judíos fueron expulsados del departamento de propaganda del ejército de Denikin y el material informativo de los blancos se convirtió en antisemita.

Un famoso cartel de propaganda de la Guardia Blanca muestra a judíos bolcheviques cometiendo un asesinato ritual en Rusia frente a un monumento a la Internacional. La “Comisión de Investigación de las Atrocidades de los Bolcheviques” escribió en sus documentos sobre “la obvia y sorprendente dominación de los judíos en las áreas de administración soviética”. Concretamente, donde había persecución de la iglesia, quedaba claro sin excepción que “la planificación de la persecución estaba en manos de los no bautizados y extranjeros bolcheviques, realizada por su odio a la Ortodoxia hasta el punto de que ni siquiera tomaban medidas para esconder su liderazgo en esta persecución”.

La ofensiva de los voluntarios sobre Moscú vino acompañada de saqueos, asesinato y violación de la población judía. Además, se culpó a las víctimas por ello. La “mejor gente de Rusia” cometió agresiones con los métodos más bárbaros: acabaron con sus víctimas con sables, los enterraron hasta el cuello en la arena y los pisotearon con caballos, los quemaron y los ahogaron en pozos.

Las autodefensas judías podían defenderse de las bandas de Petliura y los líderes anarquistas, pero no de un ejército bien armado y entrenado liderado por ideólogos antisemitas. “Los líderes y oficiales del Ejército de Voluntarios eran obsesivos antisemitas. En los informes secretos, que claramente no pretende ser propaganda, queda claro que este antisemitismo, lleno de todo tipo de ideas paranoides, era prácticamente patológico. En los miles de documentos existentes en los archivos del Ejército Blanco no hay una sola condena de los pogromos. Al contrario, los agentes de inteligencia también creían que los judíos eran responsables de todas sus desdichas, ya fuera el bolchevismo, la inflación o la derrota en el campo de batalla”, afirma el investigador estadounidense Peter Kenez. El historiador insiste en que el comandante del Ejército de Voluntarios, Antón Denikin, es personalmente responsable por estos asesinatos, al igual que Semyon Petliura, que hizo la vista gorda ante los pogromos organizados por los nacionalistas ucranianos.

Denikin, como otros antisemitas, creía que los judíos eran responsables de los “crímenes” de aquellos que luchaban del lado de los bolcheviques. Proclamaba que el bolchevismo y el judaísmo eran prácticamente lo mismo. Y en ese caso, ¿cómo se puede apelar al pueblo ruso a luchar contra uno sin luchar contra el otro? En conversaciones privadas, el comandante en jefe expresaba arrepentimiento sobre unos pogromos que consideraba salvajes. Pero mientas condenaba los “costes” individuales, creía en la responsabilidad colectiva de los judíos y en la justicia de la ira popular, que hacía posible esos “excesos”.

Denikin prohibió que los judíos pudieran comprar tierra en la costa del mar Negro y expulsó a los oficiales de origen judío del ejército. En las tierras ocupadas por los blancos, los judíos eran apartados y expulsados del servicio público y del ejército. Todas las quejas de las delegaciones judías sobre los pogromos y la discriminación, entre ellas algunas dirigidas personalmente a Denikin, quedaron sin respuesta.

El comportamiento de los liberales rusos es igualmente revelador. En noviembre de 1919, en su último congreso en Crimea, se negaron a condenar la persecución de los judíos e hipócritamente denunciaron a los bolcheviques por organizar pogromos en la retaguardia del Ejército de Voluntarios “para incrementar el caos”. Los Cadetes también apelaron a los judíos a dejar de apoyar a los bolcheviques “por su propia supervivencia”.

La trágica ironía de la situación es que los Cadetes estaban enviando a la muerte a sus propios electores. Pese al significativo número de judíos revolucionarios, la mayoría de la población judía era religiosa, participaba en el comercio y votaba a los Cadetes. Incluso era habitual que las delegaciones judías fueran las primeras en recibir a los alborotadores con pan y sal junto a los cosacos.

Los nacionalistas ucranianos de Semyon Petliura causaron incluso un mayor horror en la población judía. En 1919, en la ciudad de Proskurov [hoy Jmelnitski], asesinaron a 2000 judíos, miembros fundamentalmente del proletariado local. “Los cosacos del primer kuren juraron ante la bandera no tomar dinero sino solo jugarlo. Fueron a la ciudad y masacraron a casi todos los pobres judíos. Sastres y zapateros. No fueron a los barrios burgueses. Había un cosaco que hablaba hebreo. Sus compañeros y él se aproximaban a las puertas cerradas y se dirigían a los aterrorizados residentes en hebreo. Y le abrían la puerta. Una estudiante de instituto fue apuñalada entre las piernas con una bayoneta. Y les dispararon así: no les dispararon con el objetivo de matarlos sino para que corrieran, les arrancaban la ropa y les disparaban desnudos”, recordaba el poeta ucraniano Vladimir Sosyura.

Como Denikin, Petliura no hizo ningún intento mínimamente serio de parar los pogromos sistemáticos. Y cuando fue ejecutado en 1926 por el anarquista Samuel Schwarzbard, el tribunal francés no osó condenar al vengador. La población judía de Ucrania ha preservado la aterradora memoria de las actividades del líder del pogromo, que se reflejó en la “Balada sobre Petliura” escrita por el famoso poeta Itzik Manger.

Sin embargo, desde Euromaidan, las autoridades ucranianas han instalado monumentos a Petliura, han nombrado calles en su memoria y la Wikipedia ucraniana directamente acusa a los bolcheviques y a los propios judíos del pogromo de Proskurov. El memorial en la fosa común de aquellos que fueron asesinados fue vandalizado poco después de Euromaidan, en marzo de 2014. Pintaron símbolos nazis en el monumento, entre ellos el símbolo del regimiento Azov, basado en el Wolfsangel de las SS.

El tercer gran peligro para los judíos eran los anarquistas e incluso soldados del ejército de Majno participaron en la violencia de los pogromos. “Seis majnovistas violaron a una sirvienta anoche. Al enterarme esta mañana, decidí comprobar cómo es una mujer que ha sido violada seis veces. La encontré en la cocina. Estaba inclinada sobre la fregadera, lavando la ropa. Era una mujer gorda con mejillas coloradas. Solo la ociosa existencia en la fértil tierra ucraniana puede dar a una mujer judía tales frutos. Los pies de la chica eran gordos como ladrillos, hinchados como globos y olían a carne fresca. Y me pareció que de su virginidad de ayer solo quedaban las mejillas, más inflamadas de lo normal, y sus ojos miraban hacia abajo”, escribió Isaac Babel al describir uno de esos episodios diarios.

Néstor Majno se oponía firmemente al antisemitismo, pero no se podía decir lo mismo de otros líderes campesinos ucranianos, que se manifestaban en similares formas. “Los líderes de los anarquistas, los llamados atamanes o batkas, no tenían la sensación de tener que controlar su comportamiento ni de tener en cuenta la opinión del exterior: no esperaban ayuda de ningún extranjero. Así que los pogromos organizados por los anarquistas eran espontáneos y sangrientos. Casi todos los pogromos implicaban saqueos, pero para los anarquistas requisar propiedad judía era un elemento especialmente importante del pogromo”, escribe Kenez.

La tragedia de los pogromos judíos durante la Guerra Civil está bien reflejada incluso en la literatura infantil soviética y es preciso recordar que la “Historia de un mal amigo”, del escritor Leonid Zharikov, se convirtió en un tema “tóxico” después de 1991. Esta nueva forma de hablar liberal se usa para los hechos que no pueden ser negados, pero de los que no se habla para no minar la postura de la ideología mitológica oficial.

Es incómodo para las autoridades rusas, que organizaron un solemne espectáculo para volver a enterrar a Denikin y cantan sobre los “caballeros de la causa blanca” recordar los pogromos. El tema es aún más tabú en la Ucrania moderna, donde los asesinos y participantes en el Holocausto son masivamente enaltecidos y criticarlos es considerado un crimen contra el Estado ucraniano. Los pogromos también desacreditan a la insurgencia antibolchevique a la que los liberales y sus aliados “de izquierdas” les gusta apelar.

Es evidente que la victoria del Gobierno soviético salvó a cientos de miles de judíos de una inevitable masacre que se habría extendido desde Kuban a Ucrania y de Petrogrado a Moscú. Este hecho no debe ser borrado de nuestra memoria. Pero también debemos estar alerta, ya que los herederos espirituales de quienes cometieron esos pogromos y de sus ejecutores están ahora en el poder en muchas capitales del este de Europa.

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