El colapso del régimen títere, la vergonzosa derrota del imperialismo estadounidense y el ascenso del fundamentalismo talibán al poder

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Declaración del Partido Comunista (Maoísta) de Afganistán

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Publicada en inglés en Sholajawid, traducción de Revolución Obrera.

El plazo para la retirada de las tropas imperialistas de ocupación se fijó para el 31 de agosto, pero el régimen títere de Kabul se derrumbó el 15 de agosto. A pesar de las constantes declaraciones de los funcionarios estadounidenses de que el «momento Saigón» no se repetiría, el momento Kabul se agravó. El día en que Kabul cayó en manos de los talibanes, miles de militares estadounidenses se apostaron en el aeropuerto de Kabul para evacuar la embajada de Estados Unidos. Mientras los talibanes esperaban a las puertas de Kabul, los diplomáticos estadounidenses y de otros países occidentales les rogaban que esperaran un traspaso de poder «pacífico». De las embajadas estadounidenses y de otras embajadas occidentales salía un espeso humo oscuro por la quema de documentos «sensibles». Todo el episodio, desde el abandono de la embajada hasta su anterior salida de la base de Bagram en medio de la noche sin previo aviso, es una muestra impresionante de la derrota militar y política del proyecto imperialista estadounidense en Afganistán.

Ahora los imperialistas estadounidenses están tratando de minimizar su vergonzosa derrota en Afganistán. Están haciendo hincapié en que su proyecto en Afganistán tenía un enfoque limitado para derrotar a Al Qaeda, lo que se logró con la muerte de Osama en 2011. Biden y sus secuaces están restando importancia a sus objetivos de construcción del Estado; atrás quedaron las consignas de construir instituciones estatales modernas que respeten «los derechos humanos y los derechos de las mujeres». Por su fracaso, Biden culpa al pueblo de Afganistán que, según su cosmovisión imperialista y racista, es incapaz de vivir en armonía. Biden y los imperialistas estadounidenses tratan de ocultar su papel en la creación de los ya 40 años de crisis y caos en Afganistán. Aunque no tienen mucho éxito en ocultar este hecho porque la historia del papel del imperialismo estadounidense en la creación y el desencadenamiento de la actual crisis y el caos es bien conocida y está bien documentada.

La debacle estadounidense en Afganistán, más que cualquier otra cosa, demuestra que los imperialistas son tigres de papel. Pero este tigre de papel está realmente en una etapa de declive y decadencia. Esta debacle muestra el declive de su hegemonía, la voluble influencia de su diplomacia y la ineficacia de su capacidad militar criminalmente vasta y costosa.

Estados Unidos se dio cuenta de su fracaso en Afganistán al final de la presidencia de Bush. La administración de Obama se debatía entre reducir sus pérdidas y retirarse de Afganistán.

Sin embargo, la administración Obama, aparentemente bajo la presión del Pentágono y del complejo militar-industrial, optó por aumentar las tropas estadounidenses para derrotar a los talibanes. La formación de las «Fuerzas de Seguridad de la Defensa Nacional Afgana» (FSDNA) [ANDSF por sus siglas en inglés] fue el componente más importante y costoso del proyecto de «reconstrucción nacional» emprendido por las fuerzas de ocupación en Afganistán. En enero de 2015, las fuerzas de ocupación estadounidenses habían puesto fin a su «Operación Libertad Duradera», el nombre de la guerra imperialista estadounidense en Afganistán, y entregaron la responsabilidad de la guerra a las FSDNA. No obstante, la ocupación del país continuó, aunque las fuerzas de ocupación se mantuvieron alejadas del campo de batalla terrestre y sólo prestaron apoyo aéreo y siguieron proporcionando formación a las FSDNA. Sin embargo, la insurgencia talibán continuó e infligió enormes bajas a las FSDNA.

Las FSDNA fueron reclutadas entre los pobres y los desempleados y los utilizaron como carne de cañón para un proyecto de construcción del Estado comprador burgués llevado a cabo bajo la ocupación imperialista. Biden pregonó que las FSDNA eran 350.000 en comparación con las 75.000 de los talibanes en una conferencia de prensa en la que anunció la retirada de las tropas estadounidenses en abril. Biden también pregonó que las fuerzas afganas estaban mejor armadas y equipadas. De este modo, el gobierno estadounidense asumió que las FSDNA serían capaces de resistir sin el apoyo aéreo estadounidense. Pero en lo que falló en su evaluación fue que las FSDNA eran una fuerza mercenaria que carecía del compromiso y la voluntad política para luchar.

El régimen títere era notoriamente corrupto. El último presidente Ghani, que huyó, calificó a su Ministerio del Interior, que controlaba la mayor parte de las FSDNA, como el «corazón palpitante de la corrupción». Todos los funcionarios del gobierno, desde la cúpula hasta los soldados de a pie, veían su posición como una oportunidad para conseguir algo. Cuando se retiró el apoyo aéreo estadounidense, las FSDNA se desmoronaron rápidamente, entregando sus posiciones a los talibanes y huyendo. Estaba claro que no estaban dispuestos a luchar y morir por un Estado que pertenecía a la clase burguesa compradora que vivía como un faraón. Las instituciones del Estado eran una carga y un sistema opresivo para las masas; las masas recibían poco de él en términos de servicios, pero sufrían mucho en cuanto corrupción y brutalidad. Este Estado sólo servía para alimentar el nido de los ricos. Parecía haber una competencia entre la élite política para ver quién tenía la mansión y el palacio más grandes. O ¿cuál de ellos se desplaza, por ejemplo, de su casa a su oficina, con el mayor número de todoterrenos blindados y guardias armados?

Esta clase dirigente que estuvo al servicio de los imperialistas estadounidenses en los últimos veinte años estaba compuesta por dos bandos. Había un bando de tecnócratas educados en Occidente que eran los favoritos de los responsables políticos occidentales; tenían la mayor parte del poder político. El presidente huido del país, Ashraf Ghani, es un buen ejemplo del primer bando porque, antes de llegar a Afganistán en 2001, era profesor de la Universidad John Hopkins. El segundo bando del régimen es el conocido como los señores de la guerra. Los señores de la guerra ayudaron a los imperialistas estadounidenses a invadir Afganistán; habían trabajado como soldados de a pie en la ocupación imperialista estadounidense. Ambas alas eran igualmente corruptas, antipopulares y serviles a sus amos imperialistas. Su objetivo inmediato y principal era ampliar su riqueza. Las instituciones gubernamentales eran sólo un mecanismo para enriquecerse. Por supuesto, la parte del botín de cada uno era siempre relativa a su poder y peso político. Por ejemplo, Karzai y su vicepresidente Fahim y sus compinches saquearon alrededor de 1.000 millones de dólares del Banco de Kabul, un banco privado; fue una simple transferencia de dinero del gobierno a pocas manos privadas. En los últimos veinte años, la cúpula de las clases dirigentes se apropió de un gran número de tierras de propiedad estatal. La acumulación de capital a través del despojo ―como la simple conversión de la propiedad de las tierras públicas en propiedad privada― no tiene precedentes en la historia del país.

La extravagancia de riqueza y de poder de las clases dominantes no tenía precedentes en la historia del país. Las masas a las que estos faraones trataban de impresionar con este ostentoso despliegue de riqueza y poder estaban, por supuesto, sobrecogidas, pero también las odiaban. Tal extravagancia fomentaba y normalizaba también el mal uso del poder y la corrupción. Por lo tanto, el sistema estaba corrompido de arriba a abajo. Incluso los soldados del gobierno robaban municiones, petróleo y gas y los vendían, casi siempre a sus enemigos, los talibanes.

La crisis del régimen títere de Kabul es de la misma naturaleza que la crisis del imperialismo estadounidense, y es la crisis de legitimidad. El régimen títere carecía de legitimidad; era un régimen que estaba al servicio de la ocupación imperialista. Ni siquiera tenía legitimidad a los ojos de sus propios soldados. Los soldados sabían que estaban allí por una renta. Los soldados tampoco creían en las consignas vacías del régimen títere; sabían que los altos mandos del régimen títere no creían en sus propias consignas. La rápida victoria de los talibanes fue posible gracias a la vacuidad y podredumbre del régimen títere. Para salvar al régimen títere, los imperialistas estadounidenses iniciaron el proceso de paz de Doha. El proceso de Doha pretendía lograr la paz entre el régimen títere y los talibanes, integrando a éstos en el gobierno del primero. Los imperialistas estadounidenses llevaron a cabo prolongadas negociaciones con los talibanes, pasando por alto al régimen. Ahora está bastante claro que los esfuerzos diplomáticos de Estados Unidos en Doha fueron un absoluto fracaso; sólo aumentaron el prestigio de los talibanes, les proporcionaron una plataforma internacional e intensificaron la crisis de legitimidad del régimen títere de Kabul.

Con la toma de Kabul por parte de los talibanes, asistimos no sólo a la derrota de los esfuerzos militares estadounidenses, sino a lo que es aún más flagrante: su fracaso diplomático. Estados Unidos ni siquiera pudo impedir que los talibanes tomaran la capital hasta que las últimas tropas estadounidenses se marcharan, lo que se suponía debía ocurrir el 31 de agosto.

En su primera conferencia de prensa en Kabul, el portavoz talibán dijo que están en un proceso de consultas sobre la forma exacta del futuro sistema político. Parece que la velocidad de su victoria ha cogido a los talibanes desprevenidos. Los talibanes no tienen una idea exacta ni un esquema para su futuro sistema político. En lo que insisten es que el futuro sistema será «islámico» e «inclusivo». Ahora que los talibanes han ganado la guerra con la ayuda de las potencias extranjeras reaccionarias, especialmente Pakistán, quieren dictar su propia forma de sistema político en el país. Sin embargo, los talibanes se encuentran ahora atrapados entre sus compromisos ideológicos de restablecer el Emirato Islámico y sus exigencias de lograr el reconocimiento internacional. Esta tensión tiene el potencial de encender la fricción interna dentro de su movimiento. Los talibanes son conscientes de que su sistema de gobierno, al que llaman Emirato Islámico, un sistema de gobierno regido por un consejo de mulás encabezado por un líder religioso supremo, es extremadamente impopular. El portavoz de los talibanes insinuó que están en un período consultas, y que podrían tener un nombre diferente para su sistema. Al estar dispuestos a llamar a su sistema de otra manera diferente al de un Emirato Islámico, los talibanes están mostrando flexibilidad política y la voluntad de acomodar los intereses de los imperialistas y otras fuerzas de las clases dominantes, posiblemente compartiendo el poder político con ellos.

Sin embargo, los talibanes tienen ahora el monopolio de la violencia. El sistema político emergente, sea cual sea su título, será una teocracia dominada por los talibanes. Será una dictadura de la clase feudal burguesa compradora implementada con el látigo de una teocracia austera. La teocracia potenciará la opresión social de las mujeres, las minorías religiosas y nacionales. El chovinismo nacional y de género bajo esta teocracia será más sombrío.

Por lo tanto, el campo revolucionario debe prepararse para la lucha que se avecina. Ahora que la contradicción principal es entre el pueblo de Afganistán y las clases feudales burguesas compradoras y sus amos imperialistas. La contradicción y la cooperación entre los diferentes campos reaccionarios de las clases dominantes continuarán, reflejando las contradicciones y la cooperación entre las diferentes potencias extranjeras imperialistas y reaccionarias. A pesar de sus contradicciones, el nuevo régimen semifeudal/semicolonial emergente en Afganistán estará al servicio de los imperialistas extranjeros. Con la retirada y el declive de la influencia de los imperialistas americanos en la región, el nuevo régimen será más cercano y servil a los imperialistas rusos y a los socialimperialistas chinos… aunque, sin duda, los imperialistas americanos y sus aliados también seguirán interfiriendo en los asuntos del país y de la región. Afganistán y otros países de la región seguirían siendo el escenario de la rivalidad interimperialista que intensificará las contradicciones entre los diferentes campos reaccionarios. Sin embargo, los imperialistas estadounidenses apoyarán el surgimiento de un régimen semifeudal y semicolonial de las clases feudales burguesas compradoras con la centralidad de los talibanes.

Las masas populares odian a los talibanes. Por lo tanto, la mayoría del pueblo está tratando de salir de su autoridad. La naturaleza reaccionaria de los talibanes va a alinear aún más a las masas, empujándolas a contraatacar y a resistir las políticas reaccionarias y antipopulares de los talibanes. El campo revolucionario debe prepararse para los próximos desafíos y oportunidades. El nuevo régimen emergente será un cóctel letal de opresión de clase, de género y nacional; un garante de las obsoletas relaciones sociales de opresión y explotación semifeudales y semicoloniales. El Partido Comunista (Maoísta) de Afganistán debe esforzarse por desempeñar su papel en el fortalecimiento del campo revolucionario y en ofrecer una alternativa revolucionaria.

Partido Comunista (Maoísta) de Afganistán
20 de agosto de 2021

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