Antiguo Egipto: «La tierra se ha dado vuelta como el torno de un alfarero»

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Nota V.O. : La lucha de clases siempre ha estado presente, aunque los historiadores de la burguesía lo han intentado negar reescribiendo la historia. No quieren que los desposeídos y pobres sepan que en ciertos períodos de tiempo los ricos temblaron de miedo y fueron derrotados (aunque sea solo temporalmente) por la rebelión de las masas. Muchos siglos antes que se oyera por primera vez la palabra socialismo o comunismo las clases altas tenían pesadillas por el alzamiento de las clases trabajadoras.

La ideología política de la capa superior de la clase esclavista se revela con toda crudeza en La sabiduría de Ptahhotep, que aparece en el tercer milenio a. de c., y cuyo contenido conservó su valor a lo largo de muchos siglos.

Ptahhotep es uno de los descollantes representantes de la nobleza egipcia que ocupa altos cargos en el Estado egipcio, incluso el puesto de visir, jefe de todo el aparato administrativo. Llegado a la edad madura, hace el resumen de la experiencia de la vida que ha acumulado durante largos años. En la Sabiduría se reflejan también los conceptos de Ptahhotep con respecto a los problemas del régimen social y del Estado.

Ptahhotep parte de la necesidad de la desigualdad social. Según él, el hombre que ocupa una posición inferior en la sociedad es malo; el que ocupa una posición superior es valioso y noble. Reclama a los “inferiores” el sometimiento y la resignación frente a los “superiores”. Frente al “superior” hay que estar quieto y doblar el espinazo. Dice a los “inferiores” que su bienestar depende de la buena voluntad y de la benevolencia de los nobles y del poder de los ricos.

Al mismo tiempo, Ptahhotep aconseja a los “superiores” no ser soberbios en su trato con los “inferiores”, no humillarlos, no ofenderlos ni dañarlos. La fuerza de la afabilidad es mayor que la de la prepotencia; nadie debe pretender infundir miedo fuera del rey y dios.

A la vez que da no pocos consejos referentes al modo de adquirir riquezas, Ptah-hotep condena, hipócritamente, el egoísmo y la codicia, y declara que esta última es una enfermedad mortal que destruye la familia y estropea las buenas relaciones entre los familiares. La condenación de la codicia es una especie de precaución que Ptahhotep toma ante el miedo de provocar el descontento de los desposeídos.

Ptahhotep muestra temor ante cualquier cambio. Se pronuncia en contra de cualquier modificación en las normas de conducta de los hombres. Cuando ha llegado a viejo, el hombre no debe innovar los “preceptos del padre”, sino que tiene que inculcar a sus hijos todo lo que él le ha dicho; nada hay que añadir a los viejos legados, ni modificarlos en nada.

En los conceptos de Ptah-hotep acerca de la organización del Estado se reflejan nítidamente las peculiaridades del régimen de Estado de Egipto. La palabra “dios” es con mucha frecuencia identificada plenamente con la de “faraón”. La subordinación incondicional al jefe es considerada la máxima virtud del funcionario. “Dobla el espinazo —dice el potentado Ptah-hotep— ante quien es tu jefe, jefe tuyo en la casa del rey; tu casa se destacará por su riqueza y tú fortalecerás la casa…

…La Instrucción del rey Ahtoy (X dinastía) a su hijo constituye un interesante monumento literario que refleja esta encarnizada lucha entre las clases y entre los diversos grupos de la clase dominante. Este tratado político pone de relieve la ideología de la capa superior de la sociedad esclavista egipcia en un momento crítico para ésta. Es completamente posible que el autor de la Instrucción no haya sido el propio faraón, sino alguno de sus cortesanos y, más probablemente aún, alguno de los altos funcionarios.

El autor de la Instrucción aconseja seguir una política rigurosa pero cautelosa frente a los trabajadores. Recomienda, por un lado, aplastar violentamente a los “facciosos” y ser implacable con los pobres que pretendan apoderarse de los bienes de los esclavistas; por otro lado, en su deseo de evitar una acción del pueblo, señala la necesidad de hacer algunas concesiones a los trabajadores.

“No tengas escrúpulos en caso de saqueo…, pero debes castigar…por cualquier palabra que pronuncien.” “Aplasta la grey, extingue la llama que parte de ella, no hagas eI juego al hombre hostil siendo re (literalmente: «en su calidad de pobre») es un enemigo”

El autor considera que no se debe tener confianza en los pobres, puesto que quieren apoderarse de la propiedad ajena. “El desposeído codicia lo ajeno.” No hay que creer al pobre. No hay que incorporarlos al ejército: “El pobre es un elemento perturbador en el ejército.” Por el contrario, el rico merece toda la confianza: “El rico no es injusto en su casa, ya que es dueño de las cosas y no tiene necesidades.” Por otra parte, Ahtoy recomienda no abusar de la violencia con respecto a los débiles y desposeídos, y se pronuncia en contra de los castigos injustos y duros.

El autor aconseja al rey apoyarse en la nobleza, prestar toda clase de protección a sus dignatarios: “Respeta a tus altos dignatarios, salvaguarda el bienestar de tu gente.” “Ensalza a tus dignatarios para que procedan de conformidad con sus leyes.” “Aquellos que siguen al rey son dioses.”

Ahtoy considera de gran importancia el apoyo al culto religioso y al que se debe a los difuntos reyes. Exhorta a ofrecer generosos sacrificios a los dioses, erigir recios monumentos, pero cuidarse de no destruir los ajenos para levantar los propios.

—En el siglo XVIII a. de c. tuvo lugar en Egipto un levantamiento de los desposeídos libres y esclavos, en el curso del cual se efectuó un reparto en gran escala de los bienes de la nobleza y de los pudientes; fueron aniquiladas las instituciones estatales, pero la sublevación fue espontánea y sufrió una derrota. La invasión, desde el Asia, de las tribus nómadas, los hicsos — que afianzaron su dominio en Egipto por más de un siglo—, aceleró la derrota de dicho levantamiento.

Los sucesos vinculados con esa sublevación están relatados en Papiro de Leyden conocido con el nombre de la sabiduría: de Ipuver. El autor, representante la nobleza, narra con nítida forma literaria el levantamiento ocurrido: “ Los nobles están amargados; en cambio, el populacho está alegre. Cada ciudad dice: «Pues vamos a golpear a los fuertes (o sea, a los pudientes) de entre nosotros.» La tierra se ha dado vuelta como el torno de un alfarero. El bandido (se ha convertido en) dueño de las riquezas. El rico (se convirtió) en saqueador… Los fuertes de corazón parecen pájaros (por medrosos).”

Y el autor continúa: “No hay (más) egipcias en ninguna parte… El oro, los lapizlázulis, la plata, la malaquita, la cornalina, la Piedra de Ihbat… adornan el cuello de las esclavas. Las damas nobles (vagan) por el país. Las amas de casa dicen: «¡Oh, si pudiéramos llenar con algo el estómago!» Las mujeres nobles… sus cuerpos sufren por los andrajos, sus corazones se destrozan cuando tienen que saludar (a los mismos que antes las saludaban a ellas).”

Los desposeídos libres y los esclavos se apoderaron de los bienes de los ricos y se convirtieron en dueños de los que antes pertenecían a sus opresores. Sin embargo, no hay ningún motivo para creer que, a consecuencia del levantamiento, se haya realizado la colectivización de los bienes, o que se trazara plan alguno de transformación básica de las relaciones sociales esclavistas. La esclavitud siguió conservándose también después del levantamiento: “Aquel que no tenía (siquiera) esclavos temporarios, se convirtió (entonces) en propietario de esclavos hereditarios.” No obstante, la sublevación asestó un golpe a las ideas tradicionales de los hombres libres sobre la diferencia de los nobles y los no nobles: “No se distingue el hijo de un marido de aquel que no tiene padre.”

Ipuver explica lo sucedido como obra de la voluntad de los dioses y de la pasividad o torpe proceder del rey. Para él, la voluntad del rey es el origen de todos los sucesos que ocurren en el Estado.

Después de haber narrado con aflicción los acontecimientos, para él terribles, Ipuver expresa, en conclusión, el deseo de que todo vuelva a lo antiguo, de que todo se restablezca íntegramente tal como estaba antes. “Sería bueno —dice— que se implanten nuevamente las obligaciones, que la propiedad no corra peligro, que la nobleza de los nomos esté al frente y mande con alegría en sus casas.”

Fuente:  Historia de las ideologías políticas. Instituto Ruso de Estudios Económicos. Pág. 18-20

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