La lucha por Peski

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“Vamos por el camino, siempre por el camino, no nos alejamos, hay pétalos [minas antipersona]. Si hay un zumbido, nos tiramos a la derecha del camino”. Es el último briefing antes de avanzar sobre la localidad de Peski desde las antiguas posiciones avanzadas del ejército de la RPD. Han estado aquí durante ocho años, aguantando la línea del frente contra el Ejército Ucraniano. La distancia entre las posiciones aquí era a veces de no más de cien o ciento cincuenta metros. Provocaciones, enfrentamientos nocturnos, guerra posicional…durante todos estos años, los artilleros del Ejército Ucraniano, también desde Peski, han sido una pesadilla para los residentes de Donetsk y las ciudades cercanas. Muchos en Donbass se han desquitado, han asaltado Peski con especial pasión. Todo Donetsk ha podido escucharlo.

 

No había estado aquí desde hace cinco meses y, en este tiempo, la capital de la RPD ha cambiado tanto que está irreconocible. La feliz y amable ciudad ahora está desierta, las hierbas crecen entre los azulejos del bulevar Pushkin y, como en una película postapocalíptica, en la recepción del hotel se entregan dos botellas rellenas de agua en lugar de agua mineral. Durante casi seis años, Donetsk no ha sido una ciudad del frente, ahora es el frente. Hay interrupciones en el suministro de agua y de electricidad, bombardeos diarios y la idea de “zona segura” ya no existe aquí. El constante sonido de los cañonazos actúa sobre los nervios como un niño inquieto golpeando el respaldo de tu asiento desde la fila posterior en un avión.

En los últimos cinco meses, aquí han tenido que aprender a comprender cuándo se puede celebrar el sonido de artillería. Las voleas golpeaban la ciudad, pero en sus intervalos Peski sonaba como una esperanza de acabar con el terror al que se ha sometido a Donetsk en las últimas semanas. Los informes del frente confirmaron estas esperanzas.

Desde las antiguas posiciones avanzadas del ejército de Donetsk, avanzamos en fila. Quién habría imaginado que la instrucción sobre cómo actuar durante un bombardeo iba a ser útil tan rápidamente. Un zumbido en el aire, un hueco en algún lugar del bosque y ya estaba viendo dos hormigas bajo mi nariz tumbado en el suelo.

“Todos juntos, seguidme”, ordenó el comandante.

“Una imagen extraña para un pueblo liberado”, pensaría un escéptico. Respondería que es lo típico. Cada localidad abandonada, sin excepción, ha sido aplastada por las tropas ucranianas, las han puesto a dormir a base de artillería. Es la venganza. Peski no es una excepción. Antes de salir, observé el trabajo de los operaciones de drones del 11º regimiento de la RPD. Puede verse desde el cielo que la batalla por la ciudad continúa. El oponente se aferra a una pequeña zona en el noroeste de la ciudad y supone una resistencia focal. Ya están aislados de las fuerzas principales, pero continúan resistiendo. En el mejor de los casos, los restos de la guarnición de Peski -y esta era una de las más potentes fortificaciones de la primera línea de defensa-, están condenados a ser capturados. Si resulta, de repente, que no querían luchar, pero les obligaron.

El día anterior, había hablado con prisioneros que se habían entregado en Peski. Todos ellos son hombres corrientes de localidades como Nikolaev que fueron reclutados.

“¿Qué tareas te asignaron?”, pregunté a Oleg Shinkaev.

“Sentarme y esperar refuerzos. Aguantar. Se preguntó por la radio: ¿habrá refuerzos? Nos dijeron que sí, que había que esperar”.

“Ni siquiera sabíamos dónde nos habían llevado. Cuando nos capturaron, nos dimos cuenta de que estábamos en Peski”, explicó otro de los prisioneros, Denis Davidov. “No vimos nada porque nos trajeron por la noche. Ni siquiera sabíamos cómo volver, por qué camino. Así que, a excepción del refugio y las trincheras más cercanas, no vimos nada”.

“Nos dijeron que estaríamos en la tercera línea de defensa, en algún lugar de la retaguardia. Nos tiraron allí, nos transfirieron al mismo frente, ni siquiera sabía que estábamos en Peski hasta que nos encontramos allí”, se quejó Alexander Dmitrik. “Había que ayudar al vigesimotercer batallón, eso es todo. Cómo había que ayudar, qué hacer, eso no nos lo explicaron. No hubo órdenes, nada. Había soldados rasos como si fueran oficiales”. Y así vuelves a levantarse después del último impacto de un proyectil, te sacudes las manos y te preguntas quién está ahí realmente, si están todos abandonados sin comandantes.

“Había una zona fortificada enemiga aquí”, explica le comandante del undécimo regimiento, tras el que corro a un cobertizo golpeado, pero aún en pie. “Era su línea del frente por donde hemos irrumpido. Ahora Peski es difícil de barrer, pero se va a acabar, el final ya está a la vista”.

En algún lugar ahí fuera se escuchan numerosas explosiones: el oponente ha lanzado un proyectil de racimo. Un minuto después, el informe suena por la radio: la munición estaba complementada con pétalos, que han sido esparcidos por todo nuestro camino. Los soldados se lamentan, el destino impide avanzar más hoy. Peor prometen que nos volveremos a encontrar en el centro de Peski. Mientras tanto, la radio informa de otra casa que ha sido inspeccionada en la parte noroeste de la localidad.

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