No hay retaguardia

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Mientras alertaba al mundo de actos de especial crueldad que Rusia cometería el Día de la Independencia de Ucrania, Ucrania continuaba con su rutina habitual, que en Donetsk implica desde finales de mayo bombardeos aleatorios y sin más sentido militar que atemorizar a la población. Sin ataques que causen un número de víctimas tan elevado que pudiera causar titulares, los ataques contra Donetsk no han dejado de causar un goteo constante de víctimas y una treintena de civiles mueren a la semana a causa de bombardeos ucranianos sin ninguna posibilidad de crear facilidades para una ofensiva. A lo largo del día de ayer, los bombardeos se repitieron y en esta ocasión fue golpeado un centro comercial. Como pudo comprobar la prensa, el día anterior, los bombardeos fueron más caóticos, causando daños en numerosas zonas de la ciudad y dejando claro que no hay lugar seguro.

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La llegada más ruidosa se produjo en la zona del río, prácticamente bajo mi ventana. Entonces la ciudad empezó a temblar de las explosiones y del sonido de las alarmas de los coches. Más explosiones y más sirenas. Las calles del centro se vaciaron rápidamente. Parece que Donetsk ha empezado a acostumbrarse a que el centro haya dejado de ser intocable. Los residentes de los distritos Petrovsky y Kievsky contaron a la prensa en primavera que iban al centro para tomarse un descanso de la eterna tensión de la espera: ¿Dónde explotará la siguiente y cuándo?

 

Los bombardeos no habían decaído cuando me preparaba para un corto viaje. Metí al coche toda una caja de apósitos. Fueron producidos en 1984, pero en casos extremos pueden valer [hace tiempo que encontrar medicamentos y material para el botiquín se ha complicado en Donetsk-Ed]. Apagué la radio, me puse el chaleco antibalas y bajé las ventanas. ¿El cinturón? Hace mucho que aquí no me ato el cinturón, que está atado por detrás para que el coche no haga ese sonido tan desagradable.

Las calles en el centro estaban bloqueadas. En un chat interno de periodistas, se había transmitido una petición de la administración y las autoridades militares de no publicar los lugares en los que se habían producido daños para que así los ucranianos no pudieran corregir el fuego. Se esperaba un segundo bombardeo a partir de esos datos. Así ocurrió hace tres semanas, cuando dispararon contra el funeral en el que se daba el último adiós a la legendaria Korsa.

La primera parada fue al lado del río, donde había explotado un proyectil en el patio. No se había salvado ninguna ventana, pero no había muertos. Después, el Donetsk antiguo, el centro histórico. Aquí las bombas habían caído cerca del edificio del Ministerio del Interior. Las ventanas estaban rotas y las señales a ambos lados de la carretera, dobladas. En un viejo y oxidado coche, congelado en el cruce, estaba Ruslan, un taxista nacido en 1951, enterrado en el volante. El impacto le arrancó toda la parte delantera del cráneo, es probable que muriera en el acto. Junto al coche, en estado de shock, un pasajero deambulaba cubierto de sangre. Su esposa estaba sentada en el suelo, llorando. Intenté calmar al pasajero, Sergey, diciéndole que había nacido de nuevo. Pero apenas podía escucharme, con sus dedos ensangrentados intentaba hacer funcionar su iPhone lleno de sangre, pero la pantalla no entendía sus toques. Decía que todo había pasado muy rápido, un bang y ya está. Todo estaba cubierto de sangre.

El proyectil yacía exactamente en medio de las vías del tranvía. Los agentes recogían los fragmentos y los colocaban en la bolsa de pruebas. Pregunté: “¿De qué calibre?”

“155 milímetros, tres ejes, americano. Ahora llegará alguien de la oficina de la Fiscalía, porque hay un fallecido, ellos llevarán la cuestión”.

Conduje un kilómetro, donde había habido otra explosión en un edificio de pisos sobre el supermercado Moloko.

“Tres heridos”, me explicó un guardia. “No han tenido tiempo de correr hacia la tienda. No son muy graves, ya se los han llevado las ambulancias”.

A la entrada, en un café hípster, una chica con un piercing en la nariz que barría los restos de la metralla me confirmó: “Todos estábamos vivos y bien”.

Un hombre mayor se acercó a mí y me detuvo, confundiéndome con un militar: “¿Desde dónde han disparado, desde Avdeevka?”. Le expliqué que a ese calibre le da igual desde dónde dispare, pueden disparar proyectiles de 155 milímetros por toda la ciudad, “no hay retaguardia”. Una mujer llorosa se acercó a nosotros: “No encuentro a mi madre. No hay nadie en casa, no responde al teléfono. ¿Cómo puedo encontrarla?”

Asumí que era una de las personas heridas que se acababan de llevar los médicos. Pero me callé. ¿Qué pasa si no lo es? Le aconsejé llamar a la policía, es a ellos a quienes los hospitales transmiten los datos de muertos y heridos.

En el patio detrás del supermercado, en las escaleras de un caro salón de belleza, había una chica, Yulia, que no podía dejar de mirar a su coche, cubierto de ramas. Intenté consolarla diciendo que en mi coche también se había quedado sin ventanas y las había tenido que cambiar el día anterior. Pero me miró sin entender nada: “El coche está partido por la mitad. Le ha caído una losa de cemento encima”. Es verdad, al fijarse se puede ver que, debajo de todas esas ramas, hay una gran losa de cemento gris. La explosión había arrancado parte de un balcón.

Yulia explicó que no había tenido tiempo de llegar al sótano cuando empezó el bombardeo del centro de la ciudad, pero que había podido ponerse a cubierto junto a una pared. Es extraño escuchar estas cosas de una glamurosa mujer joven, pero esto es Donetsk y aquí cada persona sabe cómo tiene que actuar durante un bombardeo. Nos consolamos unos a otros diciendo “estamos vivos y coleando, todo saldrá bien”. ¿Qué más podemos hacer?

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