Cuando Cienfuegos encaró a la tiranía

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En Cienfuegos, 39 revolucionarios pagaron con sus vidas el heroico intento de hacer realidad el Programa del Moncada y los derechos ciudadanos recogidos en la Constitución de 1940

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Julio Martínez Molina.— En la tarde del 4 de septiembre de 1957, Julio Camacho Aguilera, Miguel Merino Márquez y Dionisio San Román –un alférez formado en la Academia Naval y licenciado por su oposición a la tiranía–, partieron desde La Habana en dirección a la provincia de Las Villas, con la orden de alzamiento nacional.

 

Al llegar a la ciudad de Colón se dividen. Camacho avisará a los combatientes de Santa Clara, Merino y San Román siguen por el circuito sur y arriban a Cienfuegos, adentrada esa noche. En la casa del obrero Alejando Suárez contactan al dirigente local del M-26-7, Pedro Antonio (Totico) Aragonés Mayor.

Allí ultiman los detalles con Aragonés, y se procede a la movilización de los combatientes del M-26-7. Mientras tanto, en Santa Clara, Camacho coordinaba en casa de Allan Rosell las acciones de apoyo al levantamiento con otros dirigentes provinciales del Movimiento. Pasadas las 12 de la noche, Camacho llega a Cienfuegos.

A propósito del aniversario 65 del levantamiento popular armado del 5 de septiembre contra la dictadura sangrienta de Fulgencio Batista, el historiador de Cienfuegos, Orlando García Martínez, entre los principales estudiosos del tema en Cuba, ofrece a Granma detalles de los principales momentos del hecho histórico.

«En las primeras horas de la madrugada se reunieron los conjurados, para precisar detalles de las acciones en Cienfuegos. La reunión la comenzó Camacho, al explicar que los dirigentes nacionales le habían encomendado encabezar la insurrección armada y designado a San Román, jefe militar del alzamiento.

«A este joven exalférez le correspondió explicar el plan de La Habana, que se alejaba de la esencia del villareño de abrir un frente guerrillero en los lomeríos del Escambray. Con precisión de militar, San Román enuncia la idea de tomar sorpresivamente los cuarteles gubernamentales de la ciudad, tras capturar las armas del Distrito Naval.

«Poco antes del amanecer comenzaron a avanzar sobre Cayo Loco, en dos automóviles, Camacho Aguilera, Dionisio San Román, Aragonés, Merino y otros de los acuartelados en casa del obrero Suárez. Poco después partirían caminando, para el enclave militar de la Marina de Guerra, los hombres acuartelados por Pedro Olascoaga en el Gremio de Carretoneros».

–Pero luego el factor sorpresa falló…

–Sí, desafortunadamente. El grupo de marinos encargados de apresar al comandante Eugenio Fernández, jefe de la Guardia Rural, en su residencia particular, en el barrio de La Juanita, le resultó sospechoso al escolta. El intercambio de disparos sostenido con este, muerto en la acción, facilitó la fuga de Fernández por la parte posterior de la vivienda.

«Mientras tanto, los revolucionarios que avanzaban sobre la Estación de la Policía Nacional, bajo el mando del sargento Galo Mederos Soto, tampoco pudieron sorprender a los sicarios encabezados por el comandante Eugenio Ruiz Beltrón.

«Las noticias transmitidas por los policías apostados en la subestación de La Juanita pusieron sobre aviso al connotado jefe de las represivas fuerzas policiales, que repelieron con fuego de fusiles y ametralladoras al grupo revolucionario, cuando avanzaba sobre la guarnición desde el Parque Martí y los edificios aledaños.

«Casi al mismo tiempo, otra violenta refriega ocurría en la Calzada de Dolores y su confluencia con la calle Esperanza. Los hechos se desencadenan al enfrentarse el grupo de revolucionarios, comandado por Miguel Merino, que avanzaba sobre el Cuartel de la Guardia Rural, con un auto patrullero de la Policía que, desde la subestación en La Juanita, avanzaba hacia el Parque Martí.

«Las acciones previstas en el resto del país no se produjeron, como consecuencia de la decisión inconsulta de los altos mandos de la Marina de Guerra, comprometidos con el alzamiento, de posponer la sublevación. Ese aviso no llegó a los miembros del Movimiento 26 de Julio, que se lanzaron a cumplir el compromiso, pagando su cuota de sangre en Santa Clara y La Habana».

–¿Cómo fue el apoyo del pueblo de Cienfuegos a la sublevación?

–En Cienfuegos, la Estación de la Policía caería en manos de los revolucionarios alrededor de la diez de la mañana. Por entonces, la multitud se había lanzado a las calles en apoyo al levantamiento. Rápidamente, las armas existentes en las instalaciones militares, ocupadas por los revolucionarios, se agotaron debido a la masiva incorporación popular.

«Mientras una ciudad de la importancia de Cienfuegos estaba en manos de miembros del Movimiento 26 de Julio, marinos sublevados y del pueblo, el resto de la República permanecía en relativa calma. Las emisoras radiales mantenían su habitual programación. Era el primer indicio del fracaso del levantamiento nacional.

«Tampoco los rebeldes reciben señales de apoyo desde otras guarniciones militares. Eso provocó la salida desde Cayo Loco de Dionisio San Román, en el guardacosta 101, para hacer contacto con otras unidades navales, y su apresamiento antes de cumplir la misión.

«Pronto se iniciaría la heroica resistencia en la ciudad de Cienfuegos, de los miembros del 26 de Julio, los marinos y el pueblo. Sobre la ciudad portuaria la tiranía concentró todo su poder. Primero la aviación comenzó el ametrallamiento, con el empleo de aviones B-26. Casi simultáneamente  entraron al Parque Martí las fuerzas del Tercio Táctico de Santa Clara.

«Estas fueron rechazadas en un inicio por algo más de un centenar de combatientes revolucionarios atrincherados en la Jefatura de la Policía, el Ayuntamiento, el Tostadero de café El Sol, el Colegio San Lorenzo, el Palacio Ferrer y otros edificios de los alrededores del parque.

«Los revolucionarios se hicieron fuertes en Cayo Loco y en los alrededores del Parque Martí. Los aviones F-47 y B-26 seguían ametrallando las posiciones rebeldes, mientras tropas movilizadas en La Habana y Matanzas avanzaban por la carretera central. Las tropas gubernamentales de Santa Clara consolidaron sus posiciones y hostigaron a los rebeldes, mientras esperaban la llegada de los refuerzos. Las bajas entre los revolucionarios crecieron desde el mediodía.

«Alrededor de las tres de la tarde las fuerzas de la tiranía recuperaron el Distrito Naval. Un número considerable de sublevados fue hecho prisionero en Cayo Loco.

«El cerco prosiguió estrechándose en torno al Parque Martí y los edificios colindantes. La Estación de la Policía, el Ayuntamiento, el Tostadero de café El Sol y el Colegio San Lorenzo eran los principales bastiones de la resistencia popular. Hacia la zona de los muelles, los combatientes respondían el fuego enemigo.

«Poco a poco la superioridad de las fuerzas del tirano fue reduciendo los focos rebeldes. El cerco de fuego y muerte se fue estrechando alrededor de los revolucionarios, con la llegada de las tropas de Matanzas y La Habana. Alrededor de las cinco de la tarde cesó la resistencia en la Policía Marítima.

«Mientras, en la zona del Parque Martí los combatientes apostados en la droguería La Cosmopolita se retiraron paulatinamente de sus posiciones, y burlaron la vigilancia enemiga.

«El asedio sobre la Jefatura de la Policía se intensificó pasadas las tres de la tarde. Al anochecer, los últimos civiles y varios marinos  lograron, nuevamente, romper el cerco de la tiranía. Por entonces, la fuerza blindada enviada desde el Campamento Militar de Columbia reforzaba las posiciones del Ejército. Cerca de las diez de la noche quiebran la resistencia en la Estación de la Policía e irrumpen disparándoles a todos. Allí son asesinadas nueve personas, incluida una mujer.

«Casi terminando la noche del 5 de septiembre, el fuego nutrido de los cañones, ametralladoras y fusiles de las tropas del tirano anuncian el asalto sobre el Colegio San Lorenzo. Finalmente, el último bastión rebelde cae en manos del enemigo; allí y, en el edificio del Ayuntamiento, varios combatientes prisioneros fueron vilmente asesinados.

«En Cienfuegos, 39 revolucionarios pagaron con sus vidas el heroico intento de hacer realidad el Programa del Moncada y los derechos ciudadanos recogidos en la Constitución de 1940. Otros cinco miembros del M-26-7 en La Habana, y tres en Santa Clara, murieron luchando durante el fallido intento de levantamiento nacional».

Fuente: Granma

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