La confianza de Zelensky

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Dos días después del episodio que, de forma no intencionada, causó la muerte de dos civiles polacos, el Gobierno ucraniano continúa tratando de encontrar su discurso. Acostumbrado a mantener el equilibrio entre la retórica de victoria inminente y la extrema debilidad para justificar el suministro a largo plazo de armas y financiación, en esta ocasión, Kiev está sufriendo más problemas para imponer en el público ideas que contradicen la realidad. Esa es la principal novedad de este episodio en el que, sin necesidad de esperar a la más mínima prueba, los más radicales se lanzaron a exigir la invocación del Artículo V de la OTAN, que habría supuesto la entrada de la Alianza en la guerra contra la Federación Rusa.

 

En los últimos meses, Ucrania ha dejado claro que la guerra era el precio que estaba dispuesta a pagar para lograr la entrada en la Unión Europea y en la OTAN y la ruptura política, económica, social y cultural definitiva con Rusia. Para ello, Ucrania rechazó abiertamente cumplir los acuerdos de Minsk, que habrían garantizado cierta voz política a dos regiones, Donetsk y Lugansk, que habrían vuelto a ser ucranianas por la vía diplomática, pero de una forma que habría hecho imposible la institucionalización de un único discurso nacional y nacionalista como aspira la Ucrania post-Maidan. Al contrario que Rusia, que en estos años y en estos meses ha ido aumentando las facilidades para que la población de Donbass o de Ucrania pueda rehacer su vida en Rusia, Ucrania siempre ha estado más interesada en el territorio que en la población. La guerra siempre ha sido la forma más directa para lograr ese objetivo.

La intervención rusa ha supuesto para Ucrania un mayor acceso a armas y financiación de sus socios, pero, ante todo la capacidad de imponer su discurso no solo para el público nacional sino también para todo el occidental. Durante los primeros ocho años de esta guerra, Kiev logró con facilidad generalizar el discurso de guerra contra Rusia, en aquel momento útil como elemento de movilización y justificación de otro tipo de carencias materiales a nivel interno. La guerra era ya prioritaria y gracias a ella podían justificarse prohibiciones de partidos o recortes en servicios tan básicos como la educación y la sanidad mientras aumentaba durante años el gasto militar.

Ahora, Kiev dispone de enormes cantidades de financiación con las que cumplir con el pago de pensiones -las mismas que durante ocho años ha negado a los pensionistas de Donbass que no se registraran como desplazados internos y mostraran pruebas de serlo- y mantener una mínima economía a flote. A ello hay que sumar las grandes cantidades de armas que fluyen a través de Polonia y que están agotando ya las reservas europeas, pero que garantiza también grandes beneficios a la industria armamentística. Pero, ante todo, la guerra con Rusia ha supuesto un escaparate internacional en el que, hasta ahora, cada elemento del discurso ucraniano ha sido aceptado como hecho y en el que toda justificación ucraniana ha resultado convincente.

La prensa occidental ha respetado en todo este tiempo las limitaciones ucranianas a la libertad de prensa y se ha mantenido siempre dentro de los márgenes permitidos. En los momentos en los que ha sido necesario ocultar el gran número de bajas ucranianas, la prensa ha rehusado insistir en ello, mientras que rápidamente cambió de discurso en el momento en el que las grandes bajas comenzaron a ser utilizadas como herramienta para lograr un mayor suministro de armas. Si en los últimos ocho años la prensa no se ha molestado en desmentir o dudar de las constantes acusaciones ucranianas de “autobombardeos” de Donbass, en los últimos ocho meses ha dado por buenas las alegaciones ucranianas de bombardeos rusos sobre la única central nuclear bajo control ruso, las alocadas cifras de bajas rusas dadas por Ucrania, la historia de las violaciones masivas de bebés por parte de soldados rusos, que costó el puesto a la defensora del pueblo de Ucrania precisamente por presentar hechos alternativos, o más recientemente el uso de Viagra como parte de una política sistemática de violaciones masivas, un argumento ya utilizado contra Gaddafi en Libia. Sin atisbo de crítica, medios como The New York Times calificaron de “audaz” el asesinato de Daria Dugina por medio de un coche bomba en Moscú, justificaron la “caza” de colaboracionistas -civiles sometidos a la justicia de grupos como Azov- en los territorios recuperados y ha mostrado sin ruborizarse a civiles de Jerson atados a postes y siendo sometidos a vejaciones por parte de otros ciudadanos. Hoy mismo, The Washington Post da su tribuna a la exportavoz de Volodymyr Zelensky para justificar y jalear la caza de «colaboracionistas», justificando las imágenes de estos días en las que se ha podido ver a civiles de Jerson atados a postes de la luz siendo vejados y humillado por otros ciudadanos.

La coyuntura política y militar ha hecho sentir a Zelensky y al pequeño círculo que ahora mismo gobierna Ucrania, una confianza sin fin. La Oficina del Presidente, único Gobierno que existe actualmente en Ucrania, se ha sentido lo suficientemente fuerte como para dictar los términos militares y políticos a sus socios. Ayer, Zelensky confirmaba nuevamente que la guerra solo terminará cuando Ucrania recupere Donbass y Crimea, una idea que condena a Ucrania a una guerra larga en la que necesitará el apoyo directo e indirecto de sus socios durante años. Al contrario que otras zonas de Ucrania, Donbass y especialmente Crimea -rusa desde 2014 e importante para la población en general, no solo para el Gobierno- son una línea roja para la Federación Rusa, que no puede permitirse no luchar hasta el final por esos territorios. La captura de Crimea requeriría acciones para las que Ucrania no tiene actualmente capacidad, como, por ejemplo, la destrucción de la flota del mar Negro, como exigía estos días el halcón Anders Åslund, dispuesto a condenar al continente entero a una guerra entre Rusia y la OTAN, que rápidamente iría más allá de la guerra convencional.

Hasta ahora, Zelensky se ha permitido ese tipo de discurso sin que existiera reproche alguno de sus socios. Sin embargo, el avance de Ucrania en el frente sur, acercando a las tropas ucranianas a zonas en la que ciertas armas estadounidenses podrían alcanzar Crimea ha comenzado a cambiar la situación. A lo largo de las últimas semanas ha emergido un sector disidente, fundamentalmente vinculado al Pentágono, que ha querido instalar por medio de la prensa las escasas o nulas posibilidades de Ucrania de lograr esa victoria.

Ese discurso se ha extendido aún más a raíz del incidente de la frontera polaca. La testaruda insistencia de Zelensky de afirmar que el incidente fue producto de un ataque ruso ha supuesto, por primera vez desde febrero, que la palabra del presidente ucraniano sea cuestionada. Zelensky no solo acusó a Rusia de un ataque contra la OTAN sin pruebas y cuando el episodio estaba ya en fase de aclararse, sino que insistió en su acusación cuando todos sus socios occidentales habían aceptado ya abiertamente que se trataba de un accidente que no fue causado por un misil ruso sino por uno ucraniano. Ayer, Financial Times citaba a un diplomático de un país miembro de la OTAN calificando de ridícula la actitud ucraniana y señalaba el mayor peligro para Ucrania: la pérdida de confianza de sus socios. Es ahí donde Zelensky tiene mucho que perder. Dispuesto a someter al país y a su población a una guerra larga, el presidente ucraniano no puede permitirse perder el favor de sus socios extranjeros, de los que depende militar, económica y políticamente, algo de lo que son conscientes ambas partes. Según ha publicado CNN, pese al intento ucraniano de mantener una conversación directa entre los dos presidentes, Zelensky únicamente recibió la llamada del asesor de seguridad nacional Jake Sullivan. No fue para ofrecerle el apoyo de incondicional de Joe Biden como esperaba el presidente ucraniano.

Sin embargo, aunque ya con un atisbo de oposición de parte del Pentágono a comprometerse a una guerra eterna en el continente europeo, las autoridades políticas de Estados Unidos y la Unión Europea mantienen el apoyo a Ucrania. La noche que se produjo el incidente de Polonia, Estados Unidos solicitó al Congreso otros 37.000 millones de dólares de asistencia militar para Ucrania. No hay riesgo de que ese flujo disminuya a corto ni medio plazo. Pero consciente de que su público más importante está al otro lado del Atlántico, Zelensky se verá obligado a aceptar la realidad en ciertos casos. Ayer, el presidente ucraniano afirmaba ya que “nadie está seguro al 100% de lo que ocurrió”, primer paso para abandonar el incendiario discurso que busca la entrada de la OTAN en la guerra de Ucrania. Este episodio ha servido para conocer el límite de la flexibilidad occidental con las fantasías ucranianas: Kiev sabe ya que todo acto está justificado y toda acusación contra Rusia es creíble siempre que se produzca dentro de las fronteras reconocidas de Ucrania.

1 COMENTARIO

  1. “Ucrania siempre ha estado más interesada en el territorio”
    ¿En el territorio que vendió a Cargill, Monsanto y demás multinacionales americanas?
    ¿Ese que ahora está en manos rusas sin esperanza alguna de recuperación por Ucrania y sus mafiosos mantenedores?

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