Proletarios y burgueses, trabajo y capital: la importancia de la economía política y las claves generales de su análisis marxista

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¿Qué es la economía política?, ¿cuál es su papel para comprender el mundo?

En el artículo anterior hemos introducido algunos términos y conceptos característicos de la crítica de la economía política marxista. Si hemos dicho que las formas de explotación actual no alteran más que en su forma los fundamentos de la explotación capitalista, conviene tener claros cuáles son estos fundamentos para derivar de ellos una propuesta política revolucionaria.

Comencemos diciendo que el marxismo se propone el estudio científico de la realidad social en aras de su transformación y, de entre las distintas ciencias particulares que forman su cosmovisión, la economía política es, en muchos sentidos, la pieza fundamental. Cómo producimos, cómo distribuimos lo producido y cómo nos organizamos para ello es el punto de partida para comprender cualquier forma de organización social: la conservación, reproducción y satisfacción de la vida misma es la base de cualquier comunidad humana. Partiendo de esta noción, para entender nuestras condiciones de vida como trabajadores y, en último término, liberarnos de toda opresión y explotación, necesitamos comprender las relaciones económicas capitalistas.

Única página original del manuscrito del Manifiesto Comunista, con la letra de K. Marx, finales de 1847

La economía no explica por si sola todo fenómeno social, y debemos prevenirnos contra cualquier determinismo en este sentido, pero sí es el momento o causa primera, la base que fija los límites y contornos de los fenómenos sociales. En ese sentido, determina al resto de las relaciones sociales, que se elevan sobre dicha base económica. Es lo que los marxistas denominamos como la «infraestructura» (o base económica) y la «superestructura», donde la última expresa y concreta las relaciones que se establecen en la primera: las instituciones políticas, las formas ideológicas, los marcos culturales, las formas de asociación y cooperación, etc., se construyen al calor de las relaciones económicas. Nuestras condiciones y necesidades materiales precisan, posibilitan y limitan el resto de esferas de nuestra existencia, pero esta relación de determinación no niega la mutua retroalimentación entre ambas esferas. Se trata de un juego de influencias mutuas, una «relación dialéctica». Por ello, la propuesta de la economía política marxista es ofrecer, precisamente, un análisis integrador de la economía, la sociedad y la política.

Aunque poner el foco en la base económica para comprender las formaciones sociales es uno de los pilares científicos del marxismo, esto no es, realmente, lo revolucionario de su análisis. Frente a la economía política burguesa, que toma al individuo como su unidad de análisis y punto de partida, recurriendo a fábulas contractualistas y «robinsoniadas», el marxismo ofreció, por primera vez, un análisis de la economía política que partía de las relaciones sociales, es decir, que entendía a los individuos como parte inseparable de un conjunto social. El individuo no es ni independiente ni anterior a la comunidad, sino al revés; y la economía no se entiende a través de los individuos, sino a través del conjunto de relaciones que todos ellos establecen entre sí para producir en comunidad y distribuir esa producción. Es aquí donde encaja el tema del artículo, pilar fundamental de la economía política marxista: las relaciones económicas entre clases sociales o, siendo más exactos, la «lucha de clases».

La economía política de K. Marx, o más bien su crítica de la economía política, se encuentra fundamental aunque no exclusivamente en El Capital. Junto a él, los Grundrisse también son muy importantes, pues vienen a ser todas las anotaciones, los apuntes, los planes, las investigaciones previas, etc., que realizó durante su vida el pensador alemán para llegar a escribir su obra magna. Ahora, ¿qué es la economía política?

Aunque Marx no llegó a establecer una definición directa del concepto de economía política, sí lo hizo su amigo y colaborador F. Engels: «La economía política es, en su más amplio sentido, la ciencia de las leyes que rigen la producción y el intercambio de los medios materiales de vida en la sociedad humana. Producción e intercambio son dos funciones distintas. La producción puede tener lugar sin intercambio, pero el intercambio —precisamente porque no es sino intercambio de productos— no puede existir sin producción. Cada una de estas dos funciones sociales se encuentra bajo influencias externas en gran parte específicas de ella, y tiene por eso también en gran parte leyes propias específicas. Pero, por otro lado, ambas se condicionan recíprocamente en cada momento y obran de tal modo la una sobre la otra que podría llamárselas abscisa y ordenada de la curva económica» (Anti-Dühring, F. Engels, 1877).

Pero Engels dice de seguido en la misma obra que la ciencia de la economía política es, ante todo, una ciencia histórica: «Las condiciones en las cuales producen e intercambian productos los hombres son diversas de un país a otro, y en cada país lo son de una generación a otra. La economía política no puede, por tanto, ser la misma para todos los países y para todas las épocas históricas. (…). El que quisiera reducir la economía de la Tierra del Fuego a las mismas leyes que rigen la de la Inglaterra actual no conseguiría, evidentemente, obtener con ello sino los lugares comunes más triviales. La economía política es, por tanto, esencialmente una ciencia histórica. Esa ciencia trata una materia histórica, lo que quiere decir una materia en constante cambio; estudia por de pronto las leyes especiales de cada particular nivel de desarrollo de la producción y el intercambio, y no podrá establecer las pocas leyes muy generales que valen para la producción y el intercambio como tales sino al final de esa investigación. No hará falta decir que las leyes válidas para determinados modos de producción y formas de intercambio tienen también validez para todos los períodos históricos a los que sean comunes dichos modos de producción y dichas formas de intercambio. Así, por ejemplo, con la aparición del dinero metálico empiezan a actuar una serie de leyes que son válidas para todos los países y para todos los lapsos históricos en los que el intercambio está mediado por el dinero metálico».

Teniendo en cuenta esto último, entendemos que el mérito de Marx (y así lo dijo él mismo en una carta a J. Weydemeyer del 5 de marzo de 1852) no es haber descubierto la existencia de clases o, ni siquiera, la lucha entre ellas, sino que no poseen un carácter natural y atemporal, sino histórico y que, por tanto, son susceptibles de dejar de existir. Demostró que 1) la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases. Es decir, Marx demostró y fundamentó científicamente la posibilidad de emancipación de la clase obrera y la posibilidad de supresión de toda clase social.

No es posible, como cabe imaginar, concentrar en un solo artículo el extenso trabajo de estudio de la economía política llevado a cabo por Marx. Ni siquiera mencionar todos los aspectos del capitalismo y su historia, o desarrollarlos en toda su profundidad; pero sí podemos recoger las tesis y categorías de análisis más importantes que se derivaron de sus investigaciones, de cara a entender nuestra explotación como clase obrera, y usar ese conocimiento como herramienta para nuestra emancipación.

En general, para los comunistas el conocimiento es un medio para transformar la realidad y no un fin en sí mismo como contemplación reflexiva. Buscamos conocer las dinámicas, leyes y lógicas internas del mundo social en la medida en que nos permitan transformarlo. Por los límites de este artículo, nos centraremos en la clave esencial para comprender y transformar el capitalismo, en su «contradicción» fundamental: la relación entre proletarios y burgueses, entre trabajo y capital, núcleo de la economía política marxista y primer paso para iniciarse en el estudio de la misma, pues condensa las categorías fundamentales. Pero el lector debe tener claro que lo que vamos a exponer no solo tiene un desarrollo mucho más profundo y rico del que nosotros le daremos aquí, sino que también hay más categorías y tesis importantes dentro del análisis marxista del capitalismo.

Monumento a K. Marx, Chemnitz, Alemania, 2022

Proletarios y burgueses, trabajo y capital:

Marx y Engels empiezan El Manifiesto Comunista afirmando que la historia de toda sociedad hasta nuestros días «(…) no ha sido sino la historia de las luchas de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, nobles y siervos, maestros jurados y compañeros; en una palabra, opresores y oprimidos, en lucha constante, mantuvieron una guerra ininterrumpida, ya abierta, ya disimulada» (El Manifiesto Comunista, K. Marx y F. Engels, 1848). Y la sociedad capitalista no escapa a dicha ley. De las diversas clases que hay en su seno, existen dos que son fundamentales y antagónicas: proletariado y burguesía. La propiedad de los medios de producción, la posición que ocupan ante dicha propiedad estas dos clases fundamentales (aunque hay otras clases y capas intermedias) y las relaciones que, debido a ello, se establecen y desarrollan entre ambas definen el «modo de producción» capitalista y explican la naturaleza del orden social vigente.

Un «modo de producción» no es más que la forma en que, a cada momento, se organiza la actividad productiva de una sociedad. No solo en cuanto a la producción de bienes, servicios y su distribución, sino también en cuanto a las formas de cooperación que se establecen para ello y para la reproducción de la vida misma. Recuperando los términos del apartado anterior, el modo de producción viene a ser cada histórica y específica configuración de una infraestructura y su respectiva superestructura.

Por otro lado, las personas no pueden producir aisladamente, sino que precisan cooperar. Solo en común, organizándose en una sociedad, es como se satisfacen las necesidades. Por tanto, podemos afirmar que el trabajo es, con relación a esto, social. Decían Marx y Engels en La ideología alemana que la producción y reproducción de la vida precisan siempre de la cooperación de diversos individuos, que todo modo de producción lleva aparejado un modo de cooperación. Solo a través de estos vínculos y relaciones sociales es como nos relacionamos con la naturaleza y como efectuamos la producción. Estas relaciones que establecen los hombres en el proceso productivo constituyen las «relaciones de producción».

Dentro del modo de producción capitalista, el proletariado se define por no tener más propiedad que su «fuerza de trabajo», como hemos visto concretado en el artículo anterior en la realidad actual; se ve obligado por tanto a vender al burgués, quien posee los «medios de producción» y se define por dicha propiedad, esta fuerza. ¿Pero qué significan esas categorías?

La «fuerza de trabajo» es el conjunto de 1) capacidades físicas, inherentes a todo ser humano; y 2) capacidades técnico-mentales (formación y conocimiento, históricamente determinadas), ambas susceptibles de ser utilizadas para la producción. En la economía política marxista, esta categoría se distingue de la de «trabajo», que sería la concreta materialización a cada momento de esa fuerza de trabajo. Podemos decir que la primera es el potencial y la segunda, su realización. Los «medios de producción», por su parte, son el conjunto de objetos y medios de trabajo: las máquinas y herramientas, los talleres, las oficinas y fábricas, las materias primas, etc. La suma de medios de producción y fuerza de trabajo constituye las llamadas «fuerzas productivas».

Cuando decimos que el proletariado vende su fuerza de trabajo, significa que la vende a cambio de un «salario». Este salario no representa la totalidad de riqueza generada durante su jornada, sino solo una parte; la suficiente para «reproducir» esa fuerza de trabajo, o sea, para ir a trabajar al día siguiente y poder producir más (comida, techo, etc.), así como para engendrar la siguiente generación de trabajadores. El monto restante constituye la ganancia del capitalista, que este se apropia injustamente, y se denomina «plusvalía».

Los marxistas afirmamos que ha sido el plustrabajo del obrero el que ha creado esa riqueza y que la extracción de plusvalía por parte de la burguesía, por el mero hecho de poseer los medios de producción, constituye la base de la explotación capitalista. De hecho, Marx, en El Capital, dice que la «(…) producción capitalista no es solamente producción de mercancías, sino esencialmente producción de plusvalía» . Esto proviene de la “teoría del valor-trabajo” marxista, que a su vez nos lleva a la «contradicción capital-trabajo», esencia de la lucha de clases en el modo de producción capitalista.

La «teoría del valor-trabajo» marxista dice que la cantidad de «trabajo socialmente necesario» es la magnitud que determina el «valor» de una mercancía. Esto es, el tiempo que, de media, con base en la técnica y las destrezas socialmente generalizadas en un momento determinado, se tarda en producir esa mercancía concreta. Aunque no podemos desarrollarlo aquí, es necesario apuntar que los marxistas establecemos una clara distinción entre «valor» y «precio», así como entre «valor de cambio» y «valor de uso». Lo que debemos extraer, de cara a continuar la explicación, es que el trabajo humano es lo único que genera riqueza en el proceso de producción.

La «contradicción capital-trabajo» expresa la oposición antagónica de intereses entre el proletariado y la burguesía. La «tendencia decreciente de la tasa de ganancia» empuja a los burgueses a pagar salarios más bajos a sus trabajadores, sea con una disminución monetaria del salario o con su congelación pese al incremento de precios en el resto de la economía. También pueden aumentar la jornada laboral manteniendo el mismo salario (aunque no lo desarrollemos, esas diferentes formas se pueden entender mediante las categorías de plusvalía «relativa» y «absoluta»). Por su parte, los trabajadores buscan, como poco, conservar sus condiciones laborales y, más aún, mejorarlas. Se resisten a la intensificación de la explotación de su fuerza de trabajo. Estas luchas agudizan la contradicción entre capital y trabajo. Así, se dibuja un cuadro donde los intereses de una y otra clase, bajo las relaciones de producción capitalistas, no son en ningún caso reconciliables (y por eso hablamos de «intereses antagónicos»). La conservación o el incremento de la riqueza de la burguesía requiere explotar cada vez de manera más intensa a la clase obrera, y la conservación o el aumento de la riqueza de los trabajadores requiere de atentar contra la de la burguesía. Esta circunstancia es la que se expresa a través del concepto de «contradicción capital-trabajo».

Expliquemos la «tendencia decreciente de la tasa de ganancia», que hemos sintetizado en el artículo anterior, un poco más a fondo. En un primer momento, un burgués puede descubrir una nueva técnica, nuevos proveedores o nuevas materias que mejoren su proceso productivo y le otorguen una ventaja competitiva dentro de un mercado concreto, lo que le permite, al tener costes de producción menores, obtener una ganancia mayor. Pero, pasado un tiempo, esa mejora se estandariza en toda esa industria, provocando que el «tiempo de trabajo socialmente necesario» para producir dicha mercancía disminuya. Es decir, disminuye su «valor», porque se reduce la cantidad de trabajo necesaria para producirla, y, con ello, disminuye la ganancia que obtiene el capitalista al venderla y extraer una «plusvalía». Llegados a este punto, se reinicia el ciclo, donde el burgués buscará una nueva ventaja competitiva, que tiempo después volverá a estandarizarse, reduciendo de nuevo el valor de la mercancía. La búsqueda cortoplacista de ventajas competitivas que incrementen la tasa de ganancia empuja al descenso general de la tasa de ganancia en el largo plazo.

Esta tendencia decreciente empuja a la burguesía a buscar otros medios para conservar su tasa de ganancia, que son aumentar la cantidad de plusvalía extraída, lo que se traduce en sobreexplotar más la fuerza de trabajo, empeorando las condiciones laborales y salariales de las diferentes maneras que hemos mencionado antes. Esto conduce a lo que llamamos la «pauperación», sea «absoluta» o «relativa» de la clase obrera en las sociedades capitalistas. Y es otro de los componentes del carácter antagónico de la lucha de clases en el capitalismo. Cuando hablamos de pauperación absoluta, nos referimos a la disminución de la calidad de vida de los trabajadores, es decir, a un descenso del grado en que se satisfacen las necesidades materiales y espirituales del proletariado, así como un empeoramiento de sus condiciones de trabajo y de vida. Cuando hablamos de depauperación relativa, nos referimos a que la clase obrera participa de una proporción cada vez menor del total de riqueza existente, con independencia de que su vida material haya seguido progresado también: en el incremento general de esa riqueza social, la burguesía va enriqueciéndose en un grado cada vez mayor de aquel en el que lo va haciendo la clase obrera.

La tendencia decreciente de la tasa de ganancia también empuja, entre otros factores que no podemos desarrollar aquí (como la división del proceso de compraventa en las economías monetarias o la sobreproducción de mercancías para paliar la menor ganancia por unidad), a la aparición de crisis capitalistas, donde se destruye tanto producción excesiva de mercancías que no han podido venderse (o sea, realizar su valor) como medios de producción. También fuerza de trabajo, enviando miles y miles de trabajadores al paro (que constituye el llamado «ejército industrial de reserva»). En términos generales, las crisis económicas reinician el ciclo de rentabilidad económica capitalista arrasando con buena parte de las fuerzas productivas que se habían venido generando durante el ciclo previo de crecimiento, y la clase obrera resulta la principal afectada. Es en este sentido en el que los marxistas afirmamos que, llegados a cierto punto de desarrollo, las relaciones de producción del capitalismo se contradicen (obstaculizan) con el desarrollo de las fuerzas productivas.

Esto significa que las lógicas del capitalismo lastran el progreso económico, técnico, material, etc. de la sociedad humana, llegados a este punto de su desarrollo histórico. Así como en su momento el capitalismo hizo posible un despliegue sin precedentes de las capacidades humanas, hoy las constriñe, las «tapona».

Es sólo en este sentido, y no en el de un determinismo historicista, en el que los marxistas hablamos del comunismo como un modo de producción históricamente necesario, superior al capitalismo.

Estas dinámicas internas del capitalismo se ven agudizadas y llevadas al extremo en su fase contemporánea: el «imperialismo» o «capitalismo monopolista», como consecuencia de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y expresión de otras dos tendencias: la «centralización» y la «concentración »de capitales. Explicar aquí los rasgos de la fase imperialista del capitalismo en comparación con los de la fase librecambista es, por desgracia, inviable. Pero podemos quedarnos con el sentido de fondo: la contradicción entre capital y trabajo, entre burguesía y proletariado, se intensifica al extremo en el capitalismo monopolista, el capitalismo actual. Todas las tendencias que hemos mencionado se agudizan.

Este cuadro muy general del capitalismo nos enseña que la única salida para el proletariado es derrocar las relaciones de producción capitalistas y construir otras nuevas, las comunistas, inaugurando una nueva forma social. La clase obrera debe emanciparse de su condición de clase, lo que, a su vez, significa terminar con la clase burguesa y, en general, con cualquier división de la sociedad en clases. La clave fundamental de esa transformación es la «socialización de los medios de producción».

La economía política marxista nos da las claves fundamentales a este respecto. No solo es fundamental para entendernos a nosotros mismos como obreros y obreras dentro del capitalismo, sino también para entender cuál es el camino para nuestra emancipación: construir la sociedad socialista-comunista.

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