Halcones para la diplomacia

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El aumento de la presencia pública de la figura del Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad ha sido, desde el inicio de la intervención militar rusa en Ucrania el 24 de febrero, uno de los efectos diplomáticos de la extensión de la guerra de Donbass a toda Ucrania. El escaso peso que el puesto había acarreado hasta ahora supuso el desinterés de gran parte de los principales países a la hora de colocar a uno de sus diplomáticos al frente de la diplomacia de la Unión Europea en la última formación de la Comisión Europea. La tarea recayó entonces en el representante español, cuyo objetivo era disponer de una posición privilegiada a la hora de contrarrestar el relato independentista catalán. Aunque sin grandes dotes para la diplomacia, que le hicieron quedar en evidencia ante el mucho más experimentado y preparado ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Lavrov, Josep Borrell mantuvo un perfil medio hasta que la guerra de Ucrania se convirtió en el centro de la diplomacia occidental.

 

En varios momentos del pasado año, el líder de la diplomacia de la Unión Europea alcanzó un protagonismo inesperado para quienes le promocionaron para el puesto. Con el foco puesto en la diplomacia occidental, los errores no pueden ya ocultarse respondiendo con sanciones contra el enemigo designado, como ocurriera tras el incidente con Lavrov en una rueda de prensa conjunta en la que Borrell se sintió maltratado por el ministro de Asuntos Exteriores ruso, que simplemente respondió con un argumento que el representante de la Unión Europea no fue capaz de rebatir. En los últimos tiempos, Borrell ha comprendido la importancia de la política exterior del bloque, pero también sus riesgos. Quizá por la falta de preparación para el puesto, el Alto Representante se ha manifestado en formas poco diplomáticas que, repetidamente, han puesto de manifiesto el estado de la política del bloque.

En diciembre, ante un público que incluía diputados y diputadas latinoamericanos, el Alto Representante se refería a los difíciles tiempos para la diplomacia y en un intento de resaltar la importancia de las relaciones de la UE con América Latina, Josep Borrell se distinguía con una de sus grandes frases. “Como los descubridores y conquistadores, tenemos que inventar un Nuevo Mundo. Y hay que recalibrar nuestra brújula estratégica con plena conciencia histórica para comprender la magnitud de los cambios a los que hacemos frente”, afirmó Borrell, incapaz de considerar siquiera la posibilidad de que la mención al descubrimiento fuera a resultar para la representación latinoamericana una reivindicación de la conquista y opresión imperial blanca y europea contra sus pueblos.

Pero si por algo se ha destacado el Alto Representante en este año recién acabado ha sido por su capacidad de mostrar las carencias de la Unión Europea en el contexto internacional que se ha generado alrededor de la guerra en Ucrania, en la que la importancia de la UE ha aumentado notablemente al convertirse en una de las principales fuentes de financiación del Gobierno de Kiev. Es ahí donde Borrell ha alcanzado en los últimos meses su máximo protagonismo y donde ha cometido sus errores más conocidos. Es posible que el mérito resida en haberlo logrado tanto en un contexto en el que el Alto Representante pretendía hacer autocrítica como en lo que debía ser la defensa del bloque al que representa frente a una supuesta anarquía exterior que, en su visión, lo amenaza.

En un discurso ante la representación diplomática de la UE en otros países, Borrell se mostró crítico sobre el estado de la diplomacia del bloque. En aquel momento, gran parte de los medios resaltaron el valor de esa autocrítica. Lo hicieron sin caer en la cuenta de que la autocrítica era en realidad una crítica a los embajadores del bloque, que según el líder de la diplomacia de la UE deben ejercer con mayor vigor la labor de “contrarrestar el relato enemigo”, es decir, el relato ruso y chino. Borrell llegaba incluso a recomendar a los embajadores retuitear sus tuits. Twitter es precisamente uno de los ámbitos en los que al Alto Representante se ha topado con dificultades para ocultar su escasa experiencia para el puesto. “No más compras en Milán, fiestas en Saint Tropez, diamantes en Amberes. Este solo es el primer paso”, escribió el 22 de febrero en referencia a los primeros paquetes de sanciones contra Rusia en un mensaje tan ridiculizado que se vio obligado a eliminar.

La guerra ha servido a Borrell y otras autoridades de los países de la Unión Europea para comprender un poco mejor el mundo. Macron ha comprendido que los socios estadounidenses y noruegos entienden los negocios desde el punto de vista del capitalismo y no van a reducir los precios del gas que venden a los países de la UE para sustituir al más barato gas ruso. Y junto a Scholz ha comprendido que Estados Unidos tampoco va a renunciar a un proteccionismo que hace perder competitividad a los países de la Unión Europea, presos de sus propias políticas. Con la aplicación de sanciones al sector energético ruso, a las que recientemente se ha añadido el tope de precios al petróleo ruso, la Unión Europea ha renunciado voluntariamente a su principal socio comercial en este sector en un momento en el que el aumento de precios de los combustibles está permitiendo a Rusia mantener e incluso aumentar sus ingresos por la venta de gas y petróleo a pesar de perder el que era su principal mercado. La era de la abundancia se ha acabado, sentenció hace unos meses el presidente francés.

Josep Borrell fue un paso más allá y quiso profundizar en la idea. La guerra en Ucrania, que aunque visitó antes del 24 de febrero -concretamente para apoyar al agresor que se negaba a cumplir los acuerdos de paz, a cumplir el alto el fuego o a reanudar el pago de pensiones en Donbass- no pareció percibir entonces, le ha hecho comprender que Europa estaba en peligro. Europa, en realidad solo la Unión Europea, se encontraba al acecho de sus enemigos. Demasiado kantiana y no suficientemente hobbesiana, la Unión Europea, demasiado inocente, no había sabido moverse en un mundo aparentemente salvaje. Casi sin querer, Josep Borrell llegó a una conclusión clara: la prosperidad de la Unión Europea se había basado en las facilidades del mercado chino y en la energía barata rusa, ambos considerados ahora un lastre, una forma de dependencia de la que la Unión Europea debe deshacerse. A ello añadía el jefe de la diplomacia de la UE el ámbito de seguridad, externalizado a Estados Unidos.

En una de sus muchas contradicciones, Borrell se ha mostrado repetidamente favorable a la idea de un ejército europeo (entendida Europa como la Unión Europea), lo que restaría peso a la OTAN, mientras ha sido también uno de los acérrimos halcones de las posturas más radicales de la Alianza. El caso de Ucrania no es más que el último ejemplo. Frente a los fallidos intentos de Francia de promover la diplomacia en las semanas anteriores a la intervención rusa e incluso después de ella, la Unión Europea se ha aferrado siempre a la postura marcada por Washington. Incluso más radical que los representantes de Estados Unidos, Josep Borrell llegó a anunciar que el ejército ruso sería “aniquilado” en caso de uso de armas nucleares en Ucrania. El Alto Representante de la UE no fue públicamente desautorizado, pero sí lo fue de forma indirecta: a través de una declaración anónima filtrada a la prensa en la que se afirmaba lo evidente, que Josep Borrell no dispone de la autoridad para realizar tal afirmación. Sin un ejército propio ni representante de la OTAN, ¿en calidad de qué podía Josep Borrell amenazar con una intervención militar a Rusia?

Borrell nunca explicó aquellas declaraciones, como tampoco ha especificado qué ofrece exactamente la Unión Europea para sustituir a China y Rusia para recuperar la prosperidad. El Alto Representante ha comprendido eso a lo que la UE ha decidido renunciar, pero no ha sido capaz de ofrecer alternativa alguna. La única esperanza ahora es Estados Unidos, una amistad que no hay que dar por supuesta. Qué puede pasar en dos años, se preguntaba Borrell en clara referencia a la posibilidad del retorno de Donald Trump, una administración supuestamente menos amistosa para la Unión Europea que la actual, cuyo Secretario de Estado afirmó casi emocionado que las explosiones en los gasoductos Nord Stream y Nord Stream-2 eran una oportunidad estratégica.

Pero no fueron sus incoherencias ni su incapacidad de ofrecer una alternativa de futuro más allá del statu quo de dependencia de Estados Unidos y la renuncia a la energía barata la que consiguieron finalmente poner al jefe de la diplomacia de la Unión Europea en el blanco de las críticas. Lo que finalmente obligó a Borrell a una disculpa fue una idea que alcanzó resonancia en los medios continentales, también en los rusos, pero que el Alto Representante había utilizado ya en al menos dos ocasiones en meses anteriores.

“Europa es una jardín. Hemos construido un jardín. Todo funciona. Es la mejor combinación de libertad política, prosperidad económica y cohesión social que la humanidad ha sido capaz de construir. Las tres cosas juntas”, afirmó Borrell para contrastar ese jardín de la Unión Europea con el resto del mundo. “El resto del mundo no es exactamente un jardín. Gran parte del resto del mundo es una jungla y la jungla podría invadir el jardín”, añadió en un uso del lenguaje peligrosamente similar al que la extrema derecha utiliza para criticar la inmigración de esos países que Borrell considera “una jungla”. El diplomático se disculpó, de alguna manera, por el lenguaje de apariencia racista, en realidad supremacista occidental, pero no explicó la repetición de esos términos, que Borrell ya había utilizado este mismo año. El 9 de mayo, la semana en la que se conmemora el final de la Segunda Guerra Mundial, en la que Europa mostró al mundo el salvajismo del que es capaz, Borrell afirmaba que “si no queremos que la jungla invada nuestro jardín, tendremos que pagar un precio”.

El Alto Representante se vio obligado a matizar el tono racista de sus declaraciones, especialmente ahora que la Unión Europea intenta obligar al resto del mundo a unirse a las sanciones contra Rusia, pero nadie ha exigido saber por qué el socialista Borrell tomó su metáfora de uno de los principales neocon y uno de los arquitectos del Centro para el Nuevo Siglo Americano, Paul Kagan. Argumento de contenido geopolítico claro, el marido de Victoria Nuland tituló un de sus obras “La jungla vuelve a crecer”, cuya base era el peligro de esa creciente jungla para el jardín estadounidense. Kagan buscaba defender el orden liberal internacional, aunque no cualquier orden liberal sino el construido por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial. La supeditación de los países de la Unión Europea a los intereses de Estados Unidos a lo largo de este año, tanto en términos geopolíticos como económicos, muestra que Washington sigue, como deseaban los neocon, al frente de ese orden.

En un contexto en el que la Unión Europea y sus países miembros debieron actuar con independencia, buscando, por ejemplo, una resolución al conflicto ucraniano por medio de los acuerdos de Minsk, Bruselas cerró los ojos y se atrincheró junto a Estados Unidos en el apoyo incondicional a Ucrania mucho antes de que las tropas rusas cruzaran la frontera. Cuando Ucrania necesitó un Gobierno dialogante en 2014, tuvo la desgracia de tener en el poder a Turchinov o Yatseniuk. Cuando la UE precisó de talento diplomático para resolver la cuestión ucraniana y las relaciones con Rusia, se encontró con Merkel en retirada y Scholz débil e inoperante y un Macron que, pese a intentarlo hasta el final, nunca tuvo nada que ofrecer a Moscú. A ellos hay que sumar a Josep Borrell, un político sin talento diplomático, un socialista con argumentos neocon, un halcón que se perdió entre declaraciones fallidas y que puso la diplomacia de la UE al servicio de Estados Unidos.

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