Una estrategia militar obsoleta: la guerra nuclear

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Juan Manuel Olarieta.— La Guerra Fría se llamó de esa manera porque no había otra denominación mejor. Las agresiones militares contra la URSS se acabaron en 1945 y no estallaron guerras convencionales entre las dos grandes superpotencias por un motivo evidente: ambas disponían de armas nucleares.

 

A su vez las armas nucleares se llaman “estratégicas” porque están preparadas para ser utilizadas al margen de las batallas de una guerra convencional. No se han diseñado para cortarle las manos al adversario, sino para cortarle la cabeza. El armamento nuclear soviético apuntaba a Washington y el estadounidense a Moscú.

Así como en una guerra convencional hay un margen de improvisación, que depende del curso de la misma, de sus batallas y sus múltipes situaciones, las armas nucleares está predispuestas de antemano para ser utilizadas sólo en determinadas condiciones muy concretas.

Cada parte tiene las suyas, por lo que la estrategia de unos (Estados Unidos) y otros (URSS, Rusia) son diferentes.

Además, cada parte conoce la del contrario, lo que hace de la guerra nuclear un fenómeno de lo más predecible. Incluso las trayectorias balísticas de los misiles son predecibles, como los trenes que siempre corren por la misma vía.

Son fácilmente detectables porque las defensas antiaéreas han evolucionado mucho más rápidamente que los misiles de ataque. Cada potencia dispone de escudos muy superiores a las espadas, y la mejora de los equipos militares se ha centrado en aquellas armas que son capaces de superar las defensas del adversario.

De ahí que las negociaciones sobre reducción de armamento nuclear se volcaran sobre las defensas antimisiles, como el tratado ABM (Anti Misiles Balísticos), firmado en 1972. Estados Unidos se retiró de ese tratado en 2002.

Una de las maneras de superar una defensa antimisiles es poner las lanzaderas lo más cerca del adversario, para que no tenga capacidad de reacción. En 1962 Estados Unidos puso sus misiles Júpiter en Turquía y la URSS respondió de la misma manera, poniendo los suyos en Cuba.

Así comenzó la crisis de los misiles, en la cual se volvió a demostrar que las negociaciones forman parte de la guerra nuclear misma; son una manera de hacer ese tipo de guerra, y si ya no hay más negociaciones de desarme y si los compromisos firmados se han convertido en papel mojado es porque están obsoletas, exactamente igual que las propias armas nucleares.

Las armas estratégicas son los culturistas de la lucha: enseñan mucho músculo pero no podrían retar a ningún boxeador medianamente entrenado. Es el exhibicionismo de la guerra; se basan en el miedo del contrario, en la permanente intimidación de los bíceps, como hace Corea del norte regularmente. Las armas nucleares se han ensayado muchas veces pero nunca han aparecido en una guerra real.

La guerra nuclear destapó sus vergüenzas con la Guerra de las Galaxias que emprendió Reagan a partir de los años ochenta del siglo pasado. Entonces el exhibicionismo fue puramente retórico: nunca hubo tal guerra, ni siquiera un comienzo de despliegue de armas en el espacio. Estados Unidos jugaba de farol porque, como bien saben los jugadores de naipes, los faroles son parte fundamental de una estrategia y, por lo tanto, de una guerra.

Ingenuamente la URSS claudicó; se bajó los pantalones. Estados Unidos accedió a sus armas estratégicas más escondidas y obligó a desguazar muchas de ellas. Gorbachov firmó tratados como el INF de 1987, sobre misiles de Alcance Intermedio (que la OTAN rompió en 2019).

Con la posterior desaparición de la URSS, Estados Unidos creyó que había ganado la Guerra Fría. El farol le había salido bien; ya no necesitaba enseñar sus músculos. Cuando se demostró que la Guerra de las Galaxias era un montaje de opereta, la URSS ya no existía y en Washington creyeron que llegaba una era de hegemonía omnímoda sin necesidad de disparar un tiro.

A Rusia le costó salir del ensimismamiento que había acabado con la URSS. Las concesiones realizadas en todos los frentes no habían servido para nada, ni siquiera el desmantelamieento de la URSS y el emplazamiento de bases de la OTAN en los antiguos países soviéticos y del este de Europa. Los tratados firmados desde el final de la Segunda Guerra Mundial son papel mojado.

Lo mismo que Corea del norte, desde entonces Rusia ha podido sobrevivir gracias al desarrollo de las fuerzas productivas y la tecnología militar, cuyos únicos precedentes son el Goelro, el plan soviético de electrificación, y los planes quinquenales. Lo mismo que hace un siglo, al final Rusia no sólo ha salido del atolladero sino que ha superado ampliamente a Estados Unidos en muy poco tiempo.

Ahora casi todo el arsenal ruso es nuevo, mientras Estados Unidos no ha probado nuevos sistemas de armas desde hace más de 30 años. Por si eso no bastara, en menos de un año ha agotado el material militar antiguo, como demuestra la Guerra de Ucrania. Estados Unidos sólo fabrica aquellas armas que puede vender a terceros. En Estados Unidos las armas son un mercado para las empresas privadas, mientras en Rusia forman parte del mismo aparato del Estado, que no podría sobrevivir sin ellas, lo mismo que Corea del norte.

Aunque exporte armas, en Rusia las fábricas militares no destacan por formar una industria, por perseguir el lucro privado, sino por ser parte del Estado, lo mismo que las comisarías de policía. Las ventas de armas financian una parte de los presupuestos militares de Rusia. Pero su producción no está al servicio de ningún mercado sino de la guerra y por sí mismas dichas fábricas son capaces de producir armas en más cantidad que los 30 países que forman parte de la OTAN juntos.

Por lo tanto, las fábricas militares rusas producen más y mejor armamento que las occidentales. Producen armas convencionales y nucleares en cantidades gigantescas, pero sobre todo producen armas sofisticadas, muy superiores a las de cualquier otro país, quizá con la única excepción de China. Además, no son experimentales. Han probado su nuevo armamento, tanto en Siria como en Ucrania.

No cabe duda de que Estados Unidos tiene suficiente capacidad técnica para ponerse a la altura de Rusia, aunque necesitaría bastantes años para ello. Lo que no tiene es capacidad económica. No le bastaría con desprenderse de sus viejos arsenales, vendiéndolos a terceros países, para financiar un nuevo presupuesto militar aún mayor. Tendría que endeudarse todavía más, en una situación de crisis galopante.

El mercado mundial de armamento que capitaliza Estados Unidos es lo más parecido a una vieja chatarrería repleta de óxido. Pero las mercancías destinadas al desgüace son un negocio muy rentable que, en definitiva, es lo que importa, porque hay compradores capaces de sacar un gran partido de la roña. Si no se lo creen, pueden darse un paseo por el Rastro de Madrid un domingo por la mañana.

Fuente: mpr21.info

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