Mi problema es no rendirme, y eso es lo que hago

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El delegado directo de Ciego de Ávila al 10mo. Congreso de los CDR tiene 21 años, es presidente cederista, director de una escuela de 400 alumnos y todos los fines de semana debe andar ocho kilómetros para llegar a la universidad

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Osniel Antonio Lashley Joseph Autor: Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— «¿Qué edad tenías cuando empezaste a mandar en el CDR?». «¿Yo? 14 años. O 15 para ser más exacto». «¿14 o 15?». «Sí, 14 o 15». «Un niño. ¿Y con cuántos años cogiste el cargo de director de la escuela?». «Con 21. Exactamente me nombraron el 1ro. de febrero de 2022». «¿El año pasado?». «Sí, el año pasado». «Oye, estás nuevecito». «Eso dicen». «¿Cuál es tu CDR?». «El número cinco, de la zona 41 en la circunscripción 50 del municipio de Baraguá. Se llama Paquito González Cueto». «¿Y cuando la COVID-19 tú estabas de presidente?». «Sí, claro, por supuesto». «¿Qué edad tenías?». «Como 19 o 20 años (mueve la mano). Por ahí más o menos». «Coño…, candela. ¡Compadre, pero si tú eras un chama!».

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Osniel Antonio Lashley Joseph está sentado en una oficina de la dirección provincial de los CDR en Ciego de Ávila. Hace unas semanas se conoció que él era el delegado directo del territorio al congreso de la organización.

En ese momento la televisión mostró a un joven rodeado de amistades y alumnos. Lo anunciaron en el cargo de director del Ignacio Agramonte y Loynaz, un centro mixto de 400 estudiantes ubicado en Colorado, un poblado del municipio de Baraguá, cercano a la Carretera Central.

Por las imágenes parecía un hombre alto, fornido y con una expresión permanente de seriedad en el rostro. De todo eso lo que queda en la entrevista, en medio de la tranquilidad de la oficina y el vapor del mediodía, es la seriedad.

Porque en persona no es tan alto ni tan corpulento como se vio en el televisor. Más bien parece un niño grande, que se acomoda en el asiento y, con mucha tranquilidad, a veces sin una gota de asombro, cuenta detalles de su vida, los cuales, si se atienden bien, pueden dejar con la boca abierta a quien los escucha.

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—Esos apellidos tuyos, ¿de dónde son? ¿De Trinidad y Tobago, de San Vicente…?

—De Jamaica. Soy un pichón de jamaicano por las dos partes: madre y padre.

—¿Hablas inglés?

—No, pero mi abuelo Melbourne Joseph Ellis sí.

—Antes de hablar de los CDR, ¿cómo es posible que tan jovencito, tú seas director de una escuela?

—Bueno, eso tiene su historia. Yo estuve en la EIDE en atletismo. Eso fue de sexto a octavo grado. En noveno regresé a Colorado y los profesores incentivaron mi interés por el magisterio. Me fui a la Pedagógica y a los cuatro años regresé. A los dos, a la directora la promovieron a secretaria de la Asamblea Municipal; la compañera que era su reserva, Katia Barrera González, tenía situaciones personales, no podía ocupar el cargo y yo, que también estaba en la reserva, pues asumí.

***

¿Cómo llegué a dirigir un CDR siendo tan chiquito? Lo que pasa es que desde niño estaba metido en el trabajo cederista. Mi abuelo y mi mamá, Elvira Joseph Goodridge, tenían cargos y me vincularon. Desde niño era jefe en el CDR infantil y mi familia propuso que yo fuera presidente. Ellos me dieron las pinceladas de cómo mandar un CDR.

No, yo no tuve problemas con el cargo. Ni al principio ni ahora. ¿Que cómo me aceptaron tan joven? Bueno, desde chiquito soy un poco fresco. No me quedo solo con lo que me dicen. Trato de buscar, de saber o hacer más, y en la cuadra era muy activo. Hablaba, convocaba, la gente me conocía de atrás y, bueno, me apoyan en lo que sea. ¿Que si tengo guardaespaldas? No, yo no tengo eso. Aunque, bueno, sí; sí tengo. Mis vecinos.

***

—¿Por qué a algunos jóvenes no les interesan los CDR? Parece que les son aburridos. ¿Qué tú crees?

—Depende del punto de vista que se mire. Puedo asegurar que los CDR no son aburridos para nada y que los jóvenes no son los apáticos que a veces se quieren hacer ver.

—Pero no es menos cierto que la
juventud no se integra todo lo que se quisiera a los CDR.

—Es cierto. Aunque también es una realidad que, cuando se les convoca, ellos están. Mira, yo sí creo que se debe lograr una transformación. Hay que buscar la forma de atraerlos. ¿Por qué si tenemos jóvenes con una inclinación por las redes sociales, no los embullamos para que sean los activistas en esa actividad? Ya te digo: hay que buscar que el CDR sea de los jóvenes y para que sea de ellos hay que darles un espacio de realización.

—¿Tú no crees que un problema es que la gente sigue viendo a los CDR como esa organización que solo exige hacer la guardia por la noche?

—Es cierto, pero los CDR son más que eso.

—Es un poco fuerte que te exijan hacer guardia por la noche, cuando es el horario que tienes para descansar en medio de tantas complicaciones durante el día.

—¿Y no es más fuerte que te roben en la casa o en la bodega, donde están los alimentos de tu familia? Te repito: los CDR son mucho más que eso. Igual pasa con la guardia, que no es lo único que se puede hacer. Salvar una vida con una donación de sangre es una manera de hacer guardia cederista. Lo mismo ocurre con las actividades para embellecer la cuadra, convocar a los vecinos para ayudar a los más necesitados en la cuadra, porque los tenemos.

«Los CDR tienen un potencial inmenso para mejorar la sociedad. Que sepamos aprovecharlo, ya es una cuestión que debemos encontrar nosotros. No voy a decir que todos funcionan bien, porque no es cierto. Tampoco voy a hablar de otros, porque para criticar ahí está el mío. Lo que sí puedo decir es que todos trabajamos, y cuando hay problemas en alguna parte lo que hacemos es acercarnos, hablar y ayudar».

—¿Cómo haces para que no te vean como el chismoso del barrio? ¿Nunca has corrido ese riesgo?

—En un barrio hay personas de todo tipo y como presidente debes saber discernir a quién tienes delante. Lo otro es muy sencillo: yo no soy un chismoso, ni permito que lo digan. Respeto a todos y trato de demostrar con hechos que estamos para ayudar, no para intrusear.

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Con la COVID-19 fui mensajero de las personas aisladas. Debía permanecer al tanto de los medicamentos, los mandados y las cosas que llegaban de la shopping. El momento más difícil fue cuando Anselmo Febles, un vecino mío, falleció. Vivía en Colorado, aunque trabajaba en Ciego. En su casa eran él y su esposa. Tenían una hija, pero vivía distante. Estaban solos y al ser el presidente del CDR me tocó ayudarlos. Nos compenetramos mucho. Me sentí parte de la familia. Después se llevaron a Anselmo y poco después conocimos que había fallecido. Me sentí muy mal cuando lo supe. Por esos días yo también tenía COVID-19.

***

 —¿En qué te vas para la universidad?

—En botella. La sede universitaria está a ocho kilómetros hasta Gaspar. A veces no pasan carros y tenemos que ir a caballo, en bicicleta o a pie. Llegamos muy sudados, y cuando las clases ya empezaron o a punto de comenzar. Cuando vamos caminando, aprovechamos para estudiar. Ya llevo tres años en esto. Estoy propuesto a título de oro y he tratado de adelantar lo más posible la tesis, porque debo graduarme el año que viene.

 —¿Qué haces en tu tiempo libre?

—Bueno, yo no dedico mucho tiempo a las cuestiones de la juventud. El otro día pensaba: estoy atrasado en los cantantes, las nuevas canciones, en lo que está a la moda. Yo trabajo de lunes a sábado y solo tengo libres los domingos.

«Lo que pasa es que tengo varias responsabilidades y a veces no cuento con el tiempo para dedicarle a esas cosas, que también quisiera; pero sí, hay veces que sí lo hago: voy a fiestas, me divierto con mis compañeros de estudio, de guerrilla».

 —¿A veces no tienes el complejo ese de que eres demasiado serio, siendo tan joven?

—Sí, no creas. A veces pienso: Oye, tienes 21 años… y me comparo con los de mi edad. Me veo con tanta seriedad, las responsabilidades que tengo… pero, bueno, es lo que me tocó.

 —Porque, además del CDR, la escuela y la universidad, ¿qué otras responsabilidades tú tienes?

—Yo cuido a mi abuelo. Mi mamá reside en Ciego de Ávila, trabaja en el hospital, y mis hermanos viven en Morón. Cuando hay problemas nos unimos y siempre nos apoyamos, pero en el diario estamos mi abuelo y yo.

 —¿Como joven no sientes que los caminos se te cierran con tantas responsabilidades?

—Sí, a veces se me juntan; aunque busco la forma de abrirlos.

 —¡Ah, sí! ¿Cómo?

—Nada, echo pa’lante. Me apoyo en los compañeros de trabajo, los amigos, con los vecinos, en el CDR. El problema es no rendirse, y eso es lo que hago.

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