En la humanidad de Fidel, un camino

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Aquel 25 de noviembre de 2016, como el de Tuxpan en 1956, Fidel iniciaba otra expedición por la justicia y la vida

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José Llamos Camejo (Granma).— Ignoro si Patrik Phinet pudo estudiar por fin la carrera de Medicina; era su aspiración cuando apenas tenía 12 años. Los sueños de infancia suelen morir con hiriente reiteración en este mundo tan desigual, sobre todo si el soñador vive en un sitio condenado al olvido. Era el caso de aquel pequeño.

 

Lo conocí hace 18 años en su natal Okay, comuna costera del litoral sur de Haití. Él había identificado a un depositario de su esperanza: «el Comandante Fidel». Años antes, Okay había visto partir de sus hogares famélicos a unos jóvenes hacia universidades cubanas, y en 2005 ya los tenía de vuelta, graduados, vestidos de médicos; el niño no lo ignoraba.

«Yo también iré a Cuba para hacerme doctol», repetía. Le mostré un mapa y no supo localizar la Isla, «pero –insistió– sé que en ella está el Comandante, le escribiré pa’ decile que quiero estudia’ medicina en su país; en mi casa no tenemos dinero».

Recuerdo que lamentaba no haber podido conocer a su abuelo paterno, desterrado por la pobreza y el

desempleo de mitad del siglo anterior; entonces tampoco había trabajo en Okay. El hombre quería ganar algún dinero en el corte de caña en Cuba, y volver luego para aliviar el hambre de la familia. Pero el regreso no fue posible; jamás volvieron a verlo. La hambruna mató a seis de sus ocho hijos; sobrevivió solo el menor, el padre de mi interlocutor de ocasión.

Aquel episodio familiar, narrado por un Patrik de mirada triste, me conectó con la tragedia de los haitianos en cañaverales y barracones de Cuba, calamidad de la que Fidel hablaba sin poder evitar el dolor por un drama que, siendo niño, vio de cerca en Birán: haitianos harapientos y niños cubanos pobres. Ese cuadro lo llevó siempre como una herida que nunca cicatrizó; «¿vivirán esos niños?, ¿qué les habrá deparado el destino?».

La rebeldía temprana del que después encabezara el asalto al Moncada empezó por allí, «como a los seis o siete años», y allí mismo bebió sensibilidad: «el hombre también es hijo de las circunstancias; los problemas lo van labrando como un torno labra un pedazo de material.

«Los compañeros con los que yo jugaba, con los que iba para arriba, para abajo, por todas partes, eran la gente más pobre. Iba con ellos al río, a caballo, a tirar piedras, a cazar pájaros. Me convertí en revolucionario partiendo de la situación de la zona donde nací, en pleno campo, en un latifundio».

Inoculada en su pueblo, llega al mundo la humanidad que lo permeó en su batey de la infancia; esa piedad que, ungida de rebeldía, adquirió dimensión planetaria. Es más notoria cuando se trata de niños, de olvidados o víctimas, no importa si de bombardeos como los de Gaza, o de tragedias como la haitiana.

Médicos palestinos, que fueron niños y jóvenes, salvados y formados en Cuba, en esta hora de tanto peligro y dolor en su patria, siguen aferrados a ella, junto a su pueblo.

Mientras, compatriotas suyos, desde universidades cubanas, alzan agradecidos la voz, y evocan al quijote de la Isla y su ejemplo.

Más allá de países y realidades, los niños son esperanza que en las ideas de Fidel tienen un camino.

Esa verdad como aurora sale a relucir hasta en sitios a veces insospechados, al estilo del Okay de Patrik Phinet, y confirman que aquel 25 de noviembre de 2016, como el de Tuxpan en 1956, Fidel iniciaba otra expedición por la justicia y la vida.

Fuente: granma.cu
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