Partido Comunista de México: Resolución Política IV Conferencia Política Nacional

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Resolución de la IV Conferencia Política Nacional del PCM, reunida el 28 de Enero del 2024 en la Ciudad de México

Entramos a la recta final del sexenio del Presidente Andrés Manuel López Obrador, en la sucesión presidencial del 2024, así como de la integración de una nueva legislatura, tanto en el Senado como para la de Cámara de Diputados. Nos corresponde evaluar cómo llegan a ésta las distintas opciones políticas de la burguesía, los trazos conclusivos de la gestión socialdemócrata obradorista y el lugar de la clase obrera y las capas populares, así como las tareas del Partido Comunista. El VII Congreso del PCM, realizado el 16, 17 y 18 de Diciembre del 2022, orientó la realización de la IV Conferencia Política Nacional para determinar la táctica y, con el propósito de efectuar un primer acercamiento, los II y III Plenos del Comité Central han dedicado parte de su agenda a la reflexión y el debate sobre la cuestión.

El sexenio de Obrador, antiobrero y antipopular

En las elecciones del año 2018 el PCM decidió no respaldar ninguna de las candidaturas presidenciales, ni la del PRI, ni la del PAN, ni la de MORENA. No aceptamos ser encajonados en la disyuntiva que se presentaba: neoliberalismo versus antineoliberalismo, por tratarse de una disputa por la forma de gestionar el capitalismo, y no una ruptura con él, causa de la explotación, opresión, miseria e infelicidad de los trabajadores y el pueblo. También teníamos elementos para asegurar que la candidatura de Obrador no expresaba una opción de izquierda, pues en el bloque de fuerzas que venía construyendo desde el 2006 destacaban los representantes de los monopolios –Carlos Slim y el grupo Carso, Televisa y TV Azteca, grupos empresariales de Monterrey, entre otros– y desarrollaba una variopinta alianza sin principios con organismos reaccionarios como el PES y otros representantes de la derecha como Lily Téllez, Germán Martínez, Tatiana Clouthier; con grupos de mafiosos sindicales como Elba Esther Gordillo y el SNTE. Hoy además sabemos que se tejía un acuerdo con el entonces Presidente Peña Nieto y el Grupo Atlacomulco del PRI,  qué se manifiestó en que zonas electorales tradicionalmente priistas, así como estructuras organizativas, pasaran íntegramente a MORENA.

Una de las características de Obrador es la demagogia, y ya entonces fue claro que tenía un doble discurso. Uno dirigido a presentarse como el opositor a la corrupción, las privatizaciones, el defensor de la soberanía y las causas populares; con esto colocó tras de sí a prácticamente todo el acumulado histórico de lo que hasta el 2018 se conocía genéricamente como “izquierda socialista”, en el ámbito de sus diversas expresiones políticas, y a una importante expresión de masas en cuanto a lo campesino, social, estudiantil y, en menor medida, sindical. Así como otro encaminado a ganar la confianza del capital, tanto a su expresión nativa como foránea; a darle tranquilidad sobre que no habría cambios que le afectara, y sí un escenario de estabilidad y punto final a la explosividad del conflicto social que tuvo picos muy altos de insumisión con el levantamiento zapatista de 1994, la huelga de la UNAM en 1999, la APPO en Oaxaca durante 2006 y sobre todo el estallido nacional que siguió a la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, el 26 de Septiembre del 2014, y frente al cual la SEDENA reconoció su incapacidad para sofocarlo si escalaba, debido a la dimensión territorial del país y a la disposición a quebrar la institucionalidad que llegaron a manifestar las masas, como lo fue en Chilpancingo, Guerrero durante varios meses. Obrador transmitía al poder de los monopolios el compromiso de ser el garante de sus ganancias y de un periodo de estabilidad que las maximizara, tal como viene ocurriendo.

Las elecciones expresaron una voluntad de cambio social por parte de los votantes; de poner fin a las medidas rapaces y agresivas del capital contra el trabajo, agudizadas después de que la crisis del 2008 impuso una reforma antiobrera en la Ley Federal del Trabajo y otras medidas de desvalorización de la fuerza de trabajo; así como de frenar la represión, el despilfarro, el ataque a los derechos sociales y populares conquistados por el pueblo mexicano con la Revolución de 1910. En contrasentido, Obrador tanto el día de las elecciones al conocer su triunfo, como el primero de diciembre que asumió oficialmente la Presidencia, enfáticamente expresó en sus discursos cuál sería en realidad el ideario programático al cual ajustaría su ejercicio gubernamental: ratificación de los compromisos internacionales con el FMI y el Banco Mundial; tratados comerciales; garantía total a toda inversión, y en general a los intereses de la burguesía; en materia internacional, confirmación del alineamiento con EEUU, a pesar de que la izquierda que lo respaldaba afirmaba un viraje hacia la corriente de la multipolaridad.

En un periodo de rápido desarrollo de las pugnas interburguesas –expresadas en golpes diplomáticos, guerras comerciales, explosión de una carrera armamentista y guerras regionales– Obrador ofreció la posibilidad de mantener la paz social a través de la desmovilización del movimiento obrero y popular; el mantenimiento de salarios competitivos para el capital a nivel internacional, incrementos que no revierten los efectos por años de inflación acumulada y el subsidio a familias obreras a través de programas sociales; el control migratorio a través de la Guardia Nacional, que ha convertido a todo el país en un gran muro; y el desarrollo de megaproyectos que favorecen la entrada al país del capital que requiere ser reubicado en planes de mediano y largo plazo, debido a la confrontación interburguesa. Al mismo tiempo Obrador se posicionó abiertamente con Estados Unidos para profundizar la integración del bloque norteamericano.

Si durante tres décadas el conflicto social se acentuó debido a la reestructuración capitalista y la correlación de fuerzas internacional alterada por la contrarrevolución en la URSS, y los Gobiernos de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto no contaron con un consenso del conjunto de la clase dominante para sus medidas, que además enfrentaban el repudio y la creciente oposición popular; con Obrador se abrió la perspectiva de lo que Marx llama el bonapartismo. Obrador se convirtió en el representante del interés general de la clase dominante para,  aparentando velar por el interés popular, contar con el aval social para aplicar medidas antiobreras y antipopulares sin contestación. Como todos los regímenes basados en la ideología de la Revolución Mexicana, aparenta representar los intereses de todas las clases sociales para mantener el control en favor de la explotación capitalista.

La confianza de la clase dominante, del poder de los monopolios, en Obrador fue por su compromiso de control social y una línea para desactivar el conflicto de clase. Demagógicamente se comprometió al rescate de la soberanía nacional; a dar marcha atrás al proceso de privatizaciones; con justicia para Ayotzinapa y castigo a los crímenes de Estado de 1968, 1971, Guerra Sucia; a poner alto a la escalada de precios, al alto costo de la vida, a los gasolinazos; a encarcelar a los ex Presidentes.  Como sabemos, casi por terminar su periodo presidencial, nada de eso se cumplió y lo que sucedió es que se colocó exactamente en el lado contrario. Los grandes beneficiarios de las privatizaciones han sido figuras estelares en su administración, copartícipes del Gobierno, y han sido adjudicados con contratos en la función pública y en los megaproyectos. El Presidente se empeñó en lavar el desprestigio del Ejército, reinsertándolo en la vida política, legitimando su salida de los cuarteles y entregándole facultades gubernamentales y políticas nunca vistas.

Obrador logró la desmovilización social. Hay un antes y un después para el movimiento popular y social a partir del 2018. Mientras antes las jornadas del Primero de Mayo alcanzaban un millón de participantes, hoy apenas unas decenas de miles; las jornadas del magisterio, con capacidad de cientos de miles, hoy se han reducido drásticamente; el movimiento campesino perdió toda capacidad de movilización. Muchas organizaciones políticas de izquierda antes independientes se han disuelto en MORENA, fracasó su apuesta por darle un perfil a su imagen y semejanza, y se han convertido en simples piezas decorativas, sin influencia ni capacidad de decisión alguna. Obrador y la socialdemocracia han usado distintas formas para ello: a) cooptar a los cuadros de dirección al aparato gubernamental; b) anular los espacios de gestión para así disolver a todas las organizaciones y movimientos sociales, incluso a las que les apoyaron; c) atacar al movimiento campesino, indígena y popular; d) intentar construir, sin lograrlo hasta ahora, un movimiento y unas organizaciones corporativizadas al Partido MORENA; e) destinar recursos estatales de manera asistencialista para crear mecanismos de control masivo de millones de personas, como base cautiva en defensa del Estado.

El saldo es muy evidente, aunque se le intente encubrir como una secuela del periodo de pandemia. Lo cierto es que la política socialdemócrata de Obrador desactivó temporalmente el conflicto social; fortaleció el Estado y sus fuerzas represivas como el Ejército, Marina y Guardia Nacional; y dio un gran respiro y certidumbre al conjunto de la clase dominante. Además retomó de Plutarco Elías Calles el modelo de un partido de Estado como espacio en el que se regula y dirime el conflicto de interés entre los distintos grupos políticos de la burguesía que ejercen el gobierno. Y, entre lo más importante, relegitimó la democracia existente como fachada de la dictadura de clase.

Los ejes de su política están lejos de las experiencias progresistas –lo cual tampoco apoyaríamos– y son absolutamente funcionales al poder de los monopolios: preservar todas las reformas antiobreras, outsourcing y otras variantes de la subcontratación, destrucción de las formas sindicales y contratos colectivos del trabajo, asociándose para ello con el Departamento de Estado de los EEUU para la forja de un movimiento laboral controlado por MORENA y dócil a la colaboración con la patronal, asegurando además condiciones para que éste sea uno de los países con una de las más altas tasas de extracción de plusvalía y también de plusvalía absoluta, con mecanismos como el de “jóvenes construyendo el futuro”. Mientras la clase obrera fue dejada a su suerte durante la pandemia, para los distintos grupos empresariales hubo transferencias, contratos, créditos, para que no tuvieran ni un centavo en pérdidas. Al final del sexenio los datos son contundentes: los distintos grupos monopolistas duplicaron sus ganancias; los trabajadores y las capas populares continúan en la miseria, a pesar de aumentos salariales aparatosos pero incapaces de seguir el ritmo del aumento de la canasta básica, el alquiler de vivienda o el costo del transporte. La base de los programas sociales no es una carga impositiva a los grupos monopolistas pues derivan del recorte a otras áreas sociales: por ejemplo, el fin de las guarderías, el recorte a los presupuestos universitarios, el despido de trabajadores del Estado, etc., para así sostener la pensión del bienestar y asegurar una base social de 11 millones de adultos mayores.

Al contrario de todo compromiso político establecido hasta el 2018, Obrador ha llevado hacia adelante el fracasado intento de Calderón y Peña Nieto por militarizar el país. Protegido y exculpado de crímenes de lesa humanidad por el actual gobierno, hoy el Ejército controla puertos, aeropuertos, construye los grandes proyectos sexenales, dirige la seguridad pública y administra recursos financieros. Si bien las fuerzas armadas son el aparato represivo incondicional de la burguesía, su particular historia en México –con asonadas, cuartelazos, disputa del poder político y acumulación de capital– condujo qué el presidente Lázaro Cárdenas las limitara en los cuárteles, con la doctrina militar de “exclusiva defensa de la soberanía e integridad territorial”; no obstante estas formalidades, apenas unos años después, la burguesía y sus gobiernos las han utilizado ampliamente como fuerza represiva contra el movimiento obrero, campesino y estudiantil. Las acciones de Obrador ni siquiera concuerdan con el Ejecutivo que se compara, sino con sus peores sucesores. Hoy aquella vieja adecuación continúa negándose hasta reinstalar a las Fuerzas Armadas como actor político decisivo en vida política nacional, con la misma corrupción de siempre, vínculos al crimen organizado, atropello a los derechos constitucionales, violación de los derechos humanos, impunidad total… y con inseguridad creciente en todo el territorio nacional y sus espacios públicos, bajo cifras que rebasan los 100,000 muertos, igual que cuando gobernaba el PAN o el PRI.

La política antiinmigrante, la renegociación del TLC como TMEC, la colaboración estrecha con Trump y Biden, el alineamiento hacia EEUU contra China en la pugna en desarrollo entre economías capitalistas por el lugar principal en el imperialismo, no dejan ninguna duda del carácter de este gobierno. Es inadmisible la persecución, durante estos 6 años, a los trabajadores migrantes; la violencia del Estado mexicano contra ellos; los crímenes como el de Ciudad Juárez; las violaciones a los derechos humanos en estaciones migratorias de la frontera sur y norte de México; la existencia de la GN como extensión de la Border Patrol. Más de un millón de migrantes fueron retenidos en México y cientos de miles han sido deportados por el compromiso adquirido por este gobierno con la Casa Blanca.

Además, ataques constantes al movimiento estudiantil, a la FECSM; violentas represiones en Chiapas, Puebla, Tlaxcala, Guerrero, Morelos; detenciones masivas, asesinatos, acoso, persecución. El ataque a la libertad de prensa, una constante; e incesante el asesinato de periodistas y la censura a quienes critican al Presidente.

La política contrainsurgente se mantuvo. Contra los pueblos originarios y las comunidades zapatistas.

Se pregona la austeridad, la “pobreza franciscana” para los funcionarios públicos, el combate a la corrupción; pero es solamente demagogia. Los funcionarios públicos de MORENA gozan de la opulencia, son los nuevos ricos encantados por el derroche y el escándalo. El combate a la corrupción fue simplemente un recambio de corruptos, nuevos rostros y nuevos métodos para la corrupción. El propio Obrador y su familia son partícipes del reparto de contratos y del beneficio personal con dinero público.

Los derechos políticos y las libertades públicas han sufrido un duro retroceso con el relanzamiento del Presidencialismo y del dedazo. El gran legislador y coordinador del grupo parlamentario de MORENA es el propio Presidente. El poder unipersonal, sello oprobioso de los gobiernos del PRI, es el estilo personal de gobernar de López Obrador.

Lo más importante de todo esto es la satisfacción de los monopolios por parte del gobierno de López Obrador. México, como país capitalista, mejoró su posición dentro del sistema imperialista. Del lugar 16 en que se encontraba en 2018, durante 2023 desplazó a España, Corea del Sur y Australia; con altas posibilidades de seguir fortaleciendo el desarrollo y competitividad del capitalismo en este país, con miras a convertirlo en uno de los 10 más importantes del mundo. Y es por ello que el poder de los monopolios, el principal elector, ya decidió la continuidad de la socialdemocracia. Para el poder de los monopolios, en este momento, es mejor Morena que sus partidos tradicionales, PRI y PAN: garantiza ganancias, estabilidad y reforzamiento de la dictadura de clase. La socialdemocracia es desde hace más de un siglo una opción política del sistema y, como en este caso, un mejor instrumento de la dominación de clase contra el proletariado, los campesinos y pueblos indios, las capas populares, los trabajadores migrantes.

Nada cambió y todo debe ser cambiado. No hay diferencias sustanciales entre el gobierno de López Obrador y los anteriores. Como en los sexenios previos, encabezados por otros partidos, éste que está concluyendo es un gobierno antiobrero y antipopular, que defraudó al electorado del 2018 y le cumplió con creces a la clase de los explotadores y opresores.

Destacamos que no pudieron completar el objetivo de domesticar o someter al conjunto político y social anticapitalista: en lo social, la FECSM está dando una lucha muy importante en defensa de la educación pública, al igual que algunas secciones de la CNTE; el EZLN, las comunidades zapatistas y el Congreso Nacional Indígena también están presentando fuerte resistencia; por supuesto, también estamos los comunistas, convencidos de la urgencia y actualidad del cambio radical, quienes no dejamos de actuar un solo día de este ominoso gobierno de López Obrador.

El panorama electoral: más de lo mismo

Hoy tendremos nuevamente dos grandes bloques de partidos burgueses. La coalición socialdemócrata gubernamental de MORENA-PVEM-PT, la cual también suma importantes contingentes de antiguos dirigentes del PRI y PAN que recién abandonan sus partidos para seguir ocupando responsabilidades estatales, gubernamentales y parlamentarias, en una práctica que popularmente se denomina el chapulineo. Atrás quedó la disputa entre Sheinbaum y Ebrard, y hoy todos cierran filas en torno a la candidatura de Claudia Sheinbaum y un programa al que denominan el Segundo Piso de la Cuarta Transformación, con el que convergen la mayoría de los grupos empresariales, basado en el nearshoring; las políticas de austeridad y desvalorización de la fuerza de trabajo; la subcontratación; el despojo de tierras y territorios; garantías totales a los monopolios; y participación militar en la vida económica, la industria inmobiliaria y en el impulso de rutas de transporte que garanticen el comercio de y hacia EEUU. Sobre todo “paz social”, estabilidad, control del movimiento laboral y asistencialismo en gran escala, que permitan un crecimiento exponencial en todas las áreas de inversión y expansión capitalista. Con Obrador fuera, tendrán que recurrir más al asistencialismo y a la represión, y ceder más espacios a los militares.

El otro bloque, el del PRI, PAN y PRD, postula a Xóchitl Gálvez. No harían distintas las cosas en materia programática, no tienen la antítesis del progresismo puesto que tal gestión capitalista no fue puesta en práctica por MORENA. Hoy buscan presentarse como una opción asistencialista, pero ese espacio ya está copado por la socialdemocracia. Aunque en este momento tiene fuerza, no garantizaría la “paz social” y estabilidad que sí garantiza Obrador y la beneficiaria del “dedazo”.

La opción del reaccionario Verastegui no prosperó por el momento como una candidatura “independiente”, pero desde ya la parte de la burguesía que lo instrumenta lo tiene en cuenta como uno de sus arietes para el próximo sexenio y, sobre todo, como una carta a fortalecer para el futuro. Por otro lado, la llamada tercera opción se frustró al no concretarse las candidaturas de Ebrard y Samuel García, teniendo en Máynez un candidato de relleno, con el objetivo de hacer crecer su grupo parlamentario y ser un factor de negociación.

Como expresan las conclusiones del III Pleno de nuestro Comité Central: no hay bases ni razones para apoyar a Sheinbaum, pero sí las hay para confrontarla; no hay bases ni razones para apoyar a Xóchitl Gálvez, pero también las hay para confrontarla. Por tanto, es claro que la acción política de los comunistas es de antagonismo a ambos bloques burgueses.

También concluimos que, tal cual lo hicimos en 2003, 2006, 2009, 2012, 2015, 2018 y 2021, el llamado a la abstención redujo drásticamente la posibilidad de ser un vehículo de cuestionamiento, y tampoco permitió la difusión de nuestro programa. Con el fin de posicionarnos frente a las elecciones, en futuros escenarios, consideramos que nuestra discusión y decisión deben realizarse con al menos un año de anticipación.

La propuesta electoral de los comunistas a los trabajadores

Por tanto la reflexión que el Comité Central decidió proponer a la IV Conferencia Política Nacional es la de las candidaturas no registradas a la Presidencia de la República, Jefe de Gobierno de la Ciudad de México y Gobernador del Estado de Morelos; así como desarrollar una campaña con una plataforma electoral comunista y con candidatos comunistas. No sería la primera vez que pase pues en 1929 el PCM postuló a Pedro Rodríguez Triana, en 1934 a Hernán Laborde, en 1964 a Ramón Danzós Palomino y en 1976 a Valentín Campa.

Como se sabe, los comunistas “no somos abstencionistas por principio, ni partidarios de las elecciones en todas las circunstancias”, sino que en cada caso concreto determinamos qué posición adoptar.

Se trata de una campaña comunista para desnudar el programa único de los dos bloques burgueses, de antagonismo a la guerra imperialista y al alineamiento con cualquiera de los dos bloques de países capitalistas que protagonizan la disputa interimperialista; una campaña comunista que proponga la cancelación del T-MEC y otros acuerdos interestatales, por ejemplo con la UE, que proponga la cancelación de la deuda externa y la cancelación de los compromisos con el FMI y el BM.

Los comunistas estamos obligados a plantear la verdad, a ir a la raíz de los problemas. Los grandes problemas sociales no tienen resolución en el marco del capitalismo, sino poniéndole fin. Tal objetivo es imposible sin la participación decidida de los trabajadores, los desempleados, la mujer trabajadora, la juventud trabajadora, los trabajadores migrantes, los campesinos pobres, los pueblos indígenas, los jóvenes. Y también es imposible sin la disposición al sacrificio.

La explotación, el desempleo, la subcontratación, la ausencia de contratos colectivos de trabajo, los bajos salarios, las condiciones de vida en la miseria, la falta de organización y democracia sindical, los accidentes laborales, los crímenes industriales, solo concluirán si avanzamos al socialismo derrocando las relaciones sociales capitalistas.

En este sentido la campaña comunista se propone horadar el sometimiento político de la burguesía, acumular fuerzas en una dirección anticapitalista, de auto organización obrera y popular, de un mayor protagonismo de la clase obrera y sus aliados y de mayor confrontación al Poder, de un escenario más propició para las ideas de una nueva revolución y a la fusión del movimiento obrero y popular con el partido revolucionario que impulsa el derrocamiento del capital, un nuevo poder y una nueva economía.

Todo el proceso de privatizaciones de más de 1100 empresas públicas –que fueron transferidas a manos privadas como las de Slim, Salinas Pliego, Larrea, entre otros– solo podrá ser revertido con la socialización de los medios de producción concentrados y un poder obrero revolucionario que expropie las riquezas usufructuadas por los monopolios.

El fin a los despojos, la recuperación de tierras privatizadas por la reforma anticampesina de 1991, el restablecimiento de las tierras a las comunidades y pueblos, el reparto agrario, serán posibles cuando derroquemos al capitalismo con las banderas de Emiliano Zapata y los campesinos pobres, para la socialización del campo, la producción colectiva con utilización de las innovaciones científicas y tecnológicas que permitirán alcanzar la soberanía alimentaria.

Solo la República Socialista dará reconocimiento a los Acuerdos de San Andrés Larrainzar y respeto a las decisiones de autonomía de los pueblos indígenas.

En la construcción socialista la salud, educación, cultura, deporte, recreación, serán derechos universales e inalienables junto con el trabajo. Frente a la angustia, infelicidad de la mayoría de la población que hoy no tiene para un médico, medicinas o para tratar una enfermedad en el largo plazo; o de quienes hoy abandonan los estudios por tener que contribuir al sostenimiento material en sus hogares; de quienes nunca han tenido vacaciones o acceso a un teatro, un museo, una exposición. En contraste habrá salud y educación pública y gratuita en todos los niveles.

Por la resolución inmediata de los crímenes de Estado de 1968, 1971, Guerra Sucia y Ayotzinapa. Castigo al mando de las Fuerzas Armadas involucrado. Disolución del Ejército, la Guardia Nacional y otros cuerpos represivos estatales y paraestatales. Todo ello es posible con un poder obrero revolucionario.

Por una política exterior de amistad con todos los pueblos del mundo, oposición a bloqueos, sanciones y agresiones imperialistas. Por la solidaridad internacionalista con los trabajadores del mundo. Por la cancelación de la política antiinmigrante,  solidaridad con los trabajadores migrantes a su paso y su integración a un futuro basado en la cooperación y la satisfacción de las necesidades de los trabajadores.

Pasos firmes y claros por la emancipación de la mujer. Fin de las prerrogativas a los partidos políticos. Por la disolución de la figura de Presidente de la República para su sustitución por una Asamblea Nacional que nombre un Consejo de Ministros, con base en un nuevo poder, afincado en los centros de trabajo. Disolución del Congreso y el Senado; revocación de mandatos; remuneración para los cargos electos, no mayor al de un obrero calificado.

Una campaña comunista dirigida al diálogo con los trabajadores acerca de la necesidad de emprender cambios radicales; sólo posibles con la participación y dirección de la clase obrera.

Una campaña comunista dirigida a hablar del Programa Comunista y la necesidad del derrocamiento del capitalismo, por la Revolución Socialista.

Una campaña comunista orientada a la conversación y acuerdo con las organizaciones independientes para la construcción conjunta de un movimiento anticapitalista, clasista y radical; para la construcción de un Plan de Lucha contra el Gobierno socialdemócrata de Obrador y Sheinbaum, que inicie con una jornada que vaya del 26 de Septiembre al 2 de Octubre, al cumplirse los 10 años de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa y al ocurrir el 1 de Octubre la salida de Obrador y la llegada de Sheinbaum.

Una campaña comunista para reagrupar a las fuerzas clasistas del proletariado y sus aliados.

Los problemas de los trabajadores y del pueblo de México, la barbarie capitalista en que vivimos, no son eternos ni inmutables. No proponemos reformar ni embellecer el sistema de injusticia que vivimos. Tampoco decimos que votando habrá solución. A lo que llamamos es a organizarnos y luchar para abrir paso a una nueva sociedad, donde el poder lo tengan los trabajadores.

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