
Luis Mesina*.— El escenario político global de 2026 marca un punto de inflexión histórico: el fin de la hegemonía del derecho internacional frente al resurgimiento de una lógica imperialista descarnada.
A un año del segundo mandato de Donald Trump, se observa no solo una transformación económica, sino una parálisis política global. El silencio de los líderes mundiales no es neutralidad, sino una abdicación de la soberanía ante el retorno del “intercambio desigual” y la ley del más fuerte.
El desmantelamiento del “paradigma globalista” constituye una verdadera bofetada a quienes en las últimas décadas se aferraron al designio del “fin de la historia”, creyendo que el capitalismo, en su forma más extrema y brutal se impondría definitivamente.
El tablero político ha sido “pateado” por la administración estadounidense de Trump, ha invalidado todos los acuerdos de libre comercio y la fe, que profesaban la mayor parte de los gobernantes en los organismos multilaterales (FMI, OMC, OCDE), se ha desplomado estrepitosamente.
Del mercado global al proteccionismo punitivo, la imposición de aranceles y la ruptura del NAFTA (Mexico, Canada) no son simples medidas económicas; son actos de fuerza que transforman la gobernanza global en una serie de transacciones bilaterales asimétricas.
La fragilidad de las alianzas, en el caso de Dinamarca/Groenlandia devela la ficción de la “defensa colectiva europea”, tan cacareada en favor de Ucrania contra Rusia. La Union Europea (UE) que nació bajo la promesa de ser un bloque capaz de equilibrar el poder mundial, se enfrenta a una paradoja casi existencial: si no puede proteger la integridad territorial de uno de sus miembros frente a la ambición de un aliado (EE UU), la UE deja de ser un proyecto político estratégico para convertirse en un mercado cautivo.
La OTAN, bajo esta lógica de transacciones bilaterales, deja de ser un “pacto de caballeros” para revelarse como un mecanismo de control donde la soberanía de los países está subordinada solo a la seguridad interna y a los intereses comerciales del imperio.
La arquitectura de seguridad de la posguerra ha muerto definitivamente. La Unión Europea revela así, su condición de vasallaje tecnológico y militar, al igual que la mayoría de los países de nuestra America.
El control por la coerción ya no es sutil, Trump ha mostrado todas sus cartas y la respuesta de los que ayer se autodenominaban representantes de la izquierda han quedado petrificados, incapaces de reaccionar ante tanta violencia simbólica y concreta de parte del imperio.
Acciones como la asfixia económica total a Cuba y la captura de Nicolas Maduro en Venezuela, demuestran que el nuevo orden no busca consensos, sino la inhibición de la soberanía mediante el terror económico, político y militar.
El silencio como síntoma de bancarrota política
Se ha hecho común que ante la conflictividad bélica la mayoría de los gobernantes guarden silencio. Palestina es la muestra más evidente de ello, el genocidio contra un pueblo desarmado se materializa, sin que exista voluntad real de los estados por detenerlo. El fenómeno mundial que ha desatado Donald Trump provoca que muchos “miren hacia el lado”, evitando caer en el círculo que el imperio selecciona y clasifica como países poco amigables y, en consecuencia, quedar expuestos a sanciones económicas vía aranceles.
El silencio y la inacción evidencia, además, una crisis de representación y valentía. Al aceptar el unilateralismo estadounidense sin resistencia pública, las élites políticas confirman la fragilidad del modelo que defendieron durante décadas. Este silencio, es la manifestación de una mediocridad estratégica que deja a los pueblos desprotegidos frente a las ambiciones de un poder imperialista que ya no utiliza sutilezas diplomáticas.
La falta categórica de pronunciamientos y acciones de la socialdemocracia y las llamadas nuevas izquierdas ante el unilateralismo de Trump no es una omisión táctica, sino la confesión de impotencia, mediocridad y cobardía.
* Vicepresidente de la Central Unitaria de Trabajadores de Chile

