
C. Suárez (Unidad y Lucha).— Las fuertes tensiones entre las potencias capitalistas (fundamentalmente entre las occidentales, y de las occidentales con el resto del mundo) catalizarán, antes o después, en escenarios de guerra. Con disparos y con muertos (aunque ya los muertos no salen en las fotos de la guerra).
Para abrir el camino a la guerra es necesario trabajar previamente, evitando la formación de una retaguardia que cuestione esa guerra. La guerra empieza por la preparación del pueblo, para que acepte la “inevitabilidad” de la guerra.
El gobierno de Pedro Sánchez, al igual que otros gobiernos europeos, está trabajando con intensidad en esa fase de preparación/construcción de los argumentos para la “inevitabilidad” de una próxima guerra. En algunos países ya ponen fechas, en otros casos se dibuja un futuro belicista más difuso e incierto. Todo ello tiene que ver en parte con las tradiciones y las experiencias previas en cada lugar.
En el caso del Estado español, aunque reducido, todavía queda un significativo poso del extraordinario movimiento contra la OTAN de hace ahora cuarenta años. Eso lo conoce bien el Gobierno, y sus asesores intelectuales, y por ello en este terreno mide sus pasos con cautela.
Pero una cosa no se debe perder de vista. El actual gobierno, con sus variantes reformistas diversas, se sitúa en la disciplina del gran capital monopolista español y, en las cada vez más imperiosas preferencias del eje imperialista anglo-sajón-sionista. En ese terreno se pueden hacer gestos, pero en lo sustancial no se cuestiona nada de lo importante. No digamos ya de los más genuinos representantes del capitalismo español, hoy en la oposición parlamentaria. En esos casos el entusiasmo y el ardor guerrero tienen rancias raíces históricas de carácter monárquico, esa monarquía de la que decía Martí:
El enemigo brutal
Nos pone fuego a la casa:
El sable la calle arrasa,
A la luna tropical.
Pocos salieron ilesos
Del sable del español:
La calle, al salir el sol,
Era un reguero de sesos.
Unos y otros, cada cual con su particular manera, siguen con la disposición de dar continuidad al reguero de sesos que está en los genes del capitalismo español.
Las especulaciones sobre el final de la guerra en Ucrania están impregnadas de la imaginación más creativa. Unos y otros perfilan escenarios donde la derrota de Rusia sigue siendo un mantra que lo condiciona todo. Por ello, y sumando también la actual política de la Casa Blanca, casi nadie en la UE tiene prisa por el final de esta guerra, teniendo en cuenta la complicada situación actual de los frentes.
La coartada es mantener un discurso cínico de un supuesto acuerdo de paz, “y entonces se enviarían tropas para gestionar esa paz (alto el fuego)”.
El juego es de trileros, pues tropas de países de la UE las hay ya sobre el terreno, y otras intervienen en los soportes necesarios para el uso de las armas desde la distancia, o sencillamente el apoyo de “inteligencia”, que se dice sutilmente.
El actual dictador de Washington cambia de forma permanente y errática las reglas del juego, y eso añade incertidumbres varias a los desarrollos militares próximos. Pero la convicción de que habrá guerra está instalada en todas las sedes de Gobierno de la UE. Y por ello se ha diseñado una estrategia de manipulación de las conciencias, con el uso de todo tipo recursos.
En los centros de enseñanza no caben más militares, en tareas de cooptación y de blanqueamiento de los ejércitos mercenarios.
Las calles de barrios y pueblos se infestan de uniformados. En las fiestas populares cada vez más exhibiciones de armamento.
En los partidos de futbol salen las bandas militares a animar el descanso.
Las coordenadas concretas de la actual guerra de clases plantean, a las fuerzas revolucionarias, la necesidad imperativa de levantar la más amplia y combativa movilización de masas para responder a esta fase más violenta, y desesperada, de la dictadura del capital.
Organización de Comités populares, sectoriales, territoriales, movimentistas que, rodilla en tierra, lancen una ofensiva sostenida contra el aumento del gasto militar, la participación española en las operaciones en el extranjero, contra el reclutamiento en las escuelas, y por la deserción de los ejércitos mercenarios.
Masas, pueblo organizado.
Esa es la disyuntiva histórica.

