

La Wilaya de Auserd, en los campamentos de población refugiada saharaui de Tinduf, volvió a convertirse los días 8 y 9 de abril en un lugar de afirmación política, memoria colectiva y solidaridad internacional. Allí, en medio del desierto y del exilio prolongado, se celebró el 50 aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), una conmemoración que no tuvo nada de ritual vacío: fue, sobre todo, una demostración de continuidad histórica, de resistencia nacional y de legitimidad política de un pueblo que sigue esperando que se cumpla un derecho tan elemental como negado, el de la autodeterminación. El programa oficial incluía actos institucionales, intervenciones de delegaciones extranjeras, desfiles, actividades culturales y encuentros con autoridades saharauis.
Hasta Auserd acudió la delegación del PCE e Izquierda Unida encabezada por Enrique Santiago, secretario general del Partido Comunista de España y portavoz parlamentario de IU en el Congreso. La presencia de la delegación comunista y de IU formó parte de una amplia participación internacional que dio a la efeméride una dimensión no solo conmemorativa, sino también diplomática y militante.
No era una cita cualquiera. Medio siglo después de la proclamación de la RASD en 1976, la celebración en Auserd sirvió para recordar que el conflicto del Sáhara Occidental sigue siendo un proceso de descolonización inconcluso. Distintos medios saharauis e internacionales coincidieron en subrayar que este aniversario no miraba al pasado como una reliquia, sino al presente como una realidad política viva: la de un pueblo que ha sostenido instituciones, servicios, representación internacional y organización social en condiciones extremas de ocupación parcial del territorio, exilio y bloqueo del proceso político.
Ese fue, precisamente, uno de los rasgos más potentes de la crónica de Auserd: la RASD no compareció como símbolo abstracto, sino como estructura nacional persistente. Desfiles civiles y militares, presencia de instituciones, participación popular, intervenciones extranjeras y una intensa agenda de contactos mostraron una república que, aunque privada de ejercer plenamente su soberanía sobre su territorio, sigue funcionando como referencia política, institucional y moral para el pueblo saharaui.
En ese marco, la delegación del PCE e IU mantuvo una agenda de encuentros políticos de alto nivel, entre ellos con el nuevo presidente del Consejo Nacional Saharaui, Bachir Mustafá Sayed; con el ministro de Asuntos Exteriores, Mohamed Beissat; y con el presidente de la RASD y secretario general del Frente Polisario, Brahim Ghali. Esos contactos se insertaron en una jornada marcada por la recepción de delegaciones internacionales y por la voluntad saharaui de reforzar tanto su frente diplomático como la red de solidaridades que sostiene la causa saharaui en Europa, África y América Latina. En el caso de Bachir Mustafá, su reciente acceso a la presidencia del Consejo Nacional otorga además un relieve particular al encuentro, al simbolizar una nueva etapa en la dirección institucional saharaui.

La escena en Auserd dejaba una imagen nítida: el internacionalismo no era allí una consigna retórica, sino una práctica concreta. La presencia de delegaciones y representantes de distintos países, junto con los mensajes de apoyo procedentes de África y América Latina, reforzó la idea de que la causa saharaui sigue siendo reconocida como una causa de descolonización y de justicia internacional. La propia cobertura de la jornada destacó el peso de ese respaldo exterior como un elemento fundamental para proyectar continuidad, legitimidad y reconocimiento político de la RASD.
Pero si hubo un momento central en estas celebraciones fue el discurso pronunciado por Brahim Ghali, presidente de la RASD y secretario general del Frente Polisario. Su intervención, en el acto central del aniversario, fijó con claridad el eje político de la conmemoración: la autodeterminación y la independencia siguen siendo, afirmó, “la única vía” para alcanzar una paz justa y duradera. No hubo ambigüedad ni espacio para fórmulas dilatorias. Ghali volvió a situar el conflicto en su verdadero terreno: no como un contencioso regional susceptible de componendas, sino como un caso pendiente de descolonización que solo puede resolverse mediante el ejercicio efectivo del derecho del pueblo saharaui a decidir su futuro.
El discurso de Ghali tuvo varias capas que conviene detenerse a leer. La primera fue la reafirmación del marco jurídico y político: autodeterminación e independencia no aparecieron como consignas sentimentales, sino como la única salida compatible con el derecho internacional. La segunda fue la lectura histórica del origen de la RASD como respuesta a una “conspiración colonial”, es decir, a la retirada española, la invasión del territorio y la interrupción del proceso de descolonización. Y la tercera fue la insistencia en la capacidad institucional acumulada por el pueblo saharaui durante décadas: Ghali quiso dejar claro que no se está ante una aspiración abstracta, sino ante un sujeto político dotado de estructuras, legitimidad y voluntad nacional.
Hubo también en su intervención una dimensión estratégica relevante. Ghali sostuvo que la República Saharaui no será una fuente de amenaza, sino un socio para la paz. Esa formulación no rebaja un ápice la firmeza de la reivindicación independentista; al contrario, la sitúa en términos de estabilidad regional y de responsabilidad política. El mensaje era claro: un Sáhara Occidental libre no sería un problema para la región, sino parte de la solución. Junto a ello, el dirigente saharaui recordó la responsabilidad histórica de España en el proceso inconcluso de descolonización y reclamó coherencia a quienes en Europa apelan al derecho internacional de manera selectiva.
Esa apelación a España encontró una respuesta directa en la intervención de Enrique Santiago. Su discurso, pronunciado también en Auserd, fue una de las voces internacionales más contundentes del aniversario. Arrancó con una frase cargada de voluntad política y de fraternidad militante: el deseo de que el próximo aniversario pueda celebrarse ya en el territorio del Sáhara Occidental, hoy ocupado por Marruecos. Desde ahí, Santiago articuló una intervención de fuerte contenido histórico, jurídico y político.
Enrique Santiago denunció la ocupación marroquí como “colonial y criminal”, señaló las violaciones de derechos humanos y el expolio de los recursos naturales saharauis, y vinculó la causa del Sáhara con la defensa del derecho internacional frente al doble rasero de las grandes potencias. Pero, además, dirigió una acusación de fondo contra el Estado español. Recordó la posición del franquismo contra la Resolución 1514 de Naciones Unidas, la felonía de 1976 y la ilegalidad del Acuerdo de Madrid de 1975, que definió como nulo por ser contrario al derecho internacional. Su tesis fue inequívoca: España abandonó sus obligaciones, entregó el territorio a nuevos ocupantes y sigue teniendo una deuda histórica y jurídica con el pueblo saharaui.
La intervención de Santiago no se limitó a la denuncia. Hubo también una hoja de ruta política concreta: exigencia de referéndum inmediato de autodeterminación, apelación a la ONU y a la MINURSO para que cumplan su mandato, reclamación al Gobierno español para que actúe conforme a su responsabilidad como potencia administradora y exigencia a la Unión Europea para que abandone cualquier salida que ignore la voluntad del pueblo saharaui. En ese marco, el dirigente comunista reivindicó también las sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea de octubre de 2024 sobre los acuerdos con Marruecos, subrayando que reconocen al Frente Polisario como representante legítimo del pueblo saharaui y niegan validez a cualquier acuerdo económico que afecte al Sáhara sin el consentimiento de su población.
Hubo en sus palabras un tono de fraternidad política que conectó con la tradición internacionalista del PCE. Cuando afirmó que el pueblo saharaui tiene en el Partido Comunista de España “un hermano”, no estaba recurriendo solo a una fórmula emotiva, sino inscribiendo la solidaridad con el Sáhara en una historia larga de apoyo a los pueblos en lucha contra el colonialismo, la ocupación y el expolio. Esa dimensión política y ética de la visita fue visible durante toda la estancia de la delegación.
La crónica de Auserd deja así una doble lectura. Por un lado, la de un pueblo que, cincuenta años después de proclamar su república, sigue resistiendo sin renunciar a su horizonte nacional. Por otro, la de una solidaridad internacional que, pese a todos los silencios oficiales, sigue encontrando expresiones concretas, organizadas y militantes. La participación de la delegación del PCE e IU formó parte de esa segunda dimensión: la de quienes entienden que la causa saharaui no es un asunto periférico, sino una cuestión central de democracia, derecho internacional y justicia anticolonial.
En Auserd no se conmemoró únicamente una fecha. Se puso en escena una verdad política incómoda para demasiados gobiernos: que el Sáhara Occidental sigue pendiente de descolonización, que la legalidad internacional continúa sin aplicarse y que el pueblo saharaui, lejos de resignarse, mantiene en pie sus instituciones, su memoria y su voluntad de independencia. Cincuenta años después, la RASD no comparece como resto del pasado, sino como promesa de futuro. Y en ese futuro, la solidaridad internacional sigue teniendo una tarea urgente: romper el silencio, exigir el referéndum y acompañar, sin equidistancias, la lucha de un pueblo que no ha dejado de resistir.

Solidaridad para Auserd: donación de 25 depósitos de agua
En el marco de la visita, la delegación hizo entrega de una donación de 25 depósitos de agua de 5.000 litros a la directora general de Cooperación, Tabba Mohamed Brahim. Se trata de una aportación de gran valor material en unas condiciones de vida marcadas por la dureza del exilio y por la escasez de recursos básicos. Según lo previsto, estos depósitos serán distribuidos entre escuelas y familias que lo necesitan en la wilaya de Auserd, convirtiendo la solidaridad política en apoyo tangible a la vida cotidiana del pueblo saharaui. En un lugar donde la resistencia también se mide en acceso al agua, este gesto adquiere un significado que va más allá de la ayuda puntual: expresa una forma de compromiso útil, concreto y profundamente internacionalista.






