La juventud traicionada y el fascismo de bazar.

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La juventud traicionada y el fascismo de bazar.

Una parte importante de la juventud vota a la ultraderecha porque alguien le ha vendido una mentira bien envuelta: que los neofascistas y los neonazis son los rebeldes del sistema. Y funciona.

Funciona porque hay una juventud frustrada, sin horizonte, sin futuro visible, que busca a quién culpar y a quién seguir. Y la izquierda, que debería estar ahí, brilla por su ausencia. No porque la hayan derrotado desde fuera, sino porque la han desmantelado desde dentro.

Seámoslo claros: fascismo, liberalismo, ultraderecha, derecha y socialdemocracia beben del mismo grifo. Todos están al servicio de las mismas oligarquías que ponen el dinero, mueven los hilos y tienen pánico a una clase trabajadora organizada y con conciencia de clase. Es esa falsa izquierda, cómplice y domesticada, la que ha vuelto a abrir la puerta a los lobos. La historia se repite porque no aprendemos. Y el pueblo que no conoce su historia, ya lo sabemos, está condenado a repetirla.

Salvador Allende lo dijo con una claridad que sigue doliendo: «Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica». Y sin embargo, hoy los jóvenes —y los no tan jóvenes— no tienen referencia en la izquierda. No ven alternativa al capitalismo que los condena a la explotación y a la precariedad. No se reconocen como clase trabajadora. Y ven la socialdemocracia como parte del sistema. En eso, tienen toda la razón.

En la izquierda no va de pureza ni de purgas internas. Va de algo más profundo, de un «ser o no ser, esa es la cuestión». El Che Guevara no dejaba lugar a dudas: «la moderación y las medias tintas son la antesala de la traición». Y aun así, lo que se vende como nueva izquierda hoy es exactamente eso: moderación con estética combativa. Fuego en las redes y agua tibia en las propuestas.

Un radical, en el sentido verdadero de la palabra, es quien va a la raíz. No quien maquilla, no quien se conforma con buenas intenciones, con leyes en papel mojado que nadie cumple, con la limosna disfrazada de política social. La caridad humillante no busca acabar con la pobreza, busca hacerla soportable. Y eso no es izquierda, eso es gestión del sufrimiento ajeno.

Lo que hay que exigir son derechos, no pactos sociales que son, en realidad, el contrato de los pasos atrás. Esa negociación permanente del mal menor nos lleva, paso a paso, hacia el precipicio. Un gobierno de izquierdas no puede actuar de árbitro en un partido amañado donde siempre ganan los mismos. Tiene que legislar para arrancar derechos al poder, para recortar sus privilegios, para construir una justicia social real, compartiendo trinchera con la clase trabajadora, no mirándola desde el palco.

La izquierda tiene que organizarse y tiene que ser capaz de movilizar. Y sobre todo, tiene que decir la verdad. Las verdades duras, las que incomodan, las que no dan votos fáciles. Hay que dejar de tratar a la gente como si fuera incapaz de entender lo que le pasa. Eso, que tanto se critica a la derecha, lo hace también una izquierda que habla en código, que oculta las medias verdades y construye relatos a medida.

Para transformar la sociedad hay que educarla y respetarla. Y respetar significa decir siempre la verdad, toda la verdad, no solo la parte que conviene. Lo demás es política de escaparate.

 

André Abeledo Fernández

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