INTERNACIONAL DEL ODIO: TRUMP, NETANYAHU, MILEI, ABASCAL, FEIJÓO Y AYUSO

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LA INTERNACIONAL DEL ODIO: TRUMP, NETANYAHU, MILEI, ABASCAL, FEIJÓO Y AYUSO — LOS ROSTROS LOCALES DE UN PROYECTO GLOBAL

Por André Abeledo Fernández

Hay quienes se sorprenden. Hay quienes fingen sorprenderse. Y hay quienes llevamos años avisando de lo que estaba pasando mientras la socialdemocracia miraba para otro lado, ocupada en gestionar el sistema en lugar de transformarlo. Lo que tenemos delante no es una coincidencia histórica ni una moda pasajera: es un proyecto político coordinado, financiado y perfectamente consciente de sí mismo. Lo llaman «la nueva derecha». Yo lo llamo por su nombre: fascismo del siglo XXI.

Nada nuevo bajo el sol. Los poderes económicos, una vez más, apoyan a la ultraderecha y al neofascismo, igual que en su momento apoyaron al fascismo histórico. Y mientras tanto, la socialdemocracia vuelve a traicionar a la clase trabajadora, mirando hacia otro lado, ocupada en su gestión presupuestaria y en sus cumbres de foto y sonrisa. Así fue en los años treinta. Así es ahora.

Hablemos, pues, de los protagonistas. Sin eufemismos. Sin el lenguaje aséptico de los grandes medios que cobran por normalizar lo que debería horrorizar.

DONALD TRUMP: EL FASCISMO CON CORBATA DORADA.

Donald Trump no es un fenómeno. Es una consecuencia. Es lo que ocurre cuando un sistema capitalista en crisis necesita un matón en el poder para defender los intereses de los de arriba mientras convence a los de abajo de que sus enemigos son los migrantes, los negros, las mujeres que abortan o los trabajadores sindicados. El fascismo histórico también necesitó chivos expiatorios. Cambia el acento, cambian los nombres: la lógica es idéntica.

Trump es el líder de la ultraderecha mundial, el referente al que miran todos los demás con admiración servil. Gobierna el país militarmente más poderoso del planeta con la agenda de la patronal más rapaz y el discurso del tabernero más racista. Ha convertido la xenofobia en política de Estado, el negacionismo climático en el programa de gobierno y el desprecio a los organismos internacionales en bandera del soberanismo imperial. Porque eso es lo que es el trumpismo: imperialismo con purpurina populista.

La clase trabajadora norteamericana que votó a Trump votó contra sus propios intereses. No lo digo con desprecio: lo digo con la tristeza de quien entiende que el fascismo siempre ha sabido explotar la desesperación de lo que el sistema abandonó. Pero la desesperación no es excusa para el apoyo a quien viene a apretar más las cadenas con otra mano.

BENJAMÍN NETANYAHU: EL GENOCIDIO CON AVAL OCCIDENTAL

Netanyahu no es un estadista. Netanyahu es un criminal de guerra con escolta diplomático. Lo que el Estado de Israel ejecuta sobre el pueblo palestino en Gaza, en Cisjordania, en el Líbano, no tiene otro nombre posible: es un genocidio. Y decirlo no es antisemitismo, por mucho que los voceros del poder repitan ese mantra para silenciar las conciencias. El antisemitismo es odiar a los judíos por ser judíos. Denunciar el exterminio de un pueblo es antifascismo elemental.

Netanyahu gobierna con la ultraderecha mesiánica y supremacista de Ben Gvir y Smotrich, ministros que reivindican abiertamente la limpieza étnica. Gobierna con la complicidad activa de Estados Unidos, con el silencio cómplice de la Unión Europea y con el apoyo entusiasta de todos los líderes de la ultraderecha mundial, que ven en el sionismo militarista el modelo de lo que ellos quisieran hacer en sus propios países con sus propias minorías.

Israel y Arabia Saudí realizan guerras de exterminio contra pueblos enteros. La estrategia de Marruecos en el Sahara ocupado es una copia de la estrategia que sigue Israel en Palestina: ocupación militar, colonización sistemática, borrado de la identidad del pueblo ocupado.

Occidente aplaude o calla. Sus medios hablan de «conflictos» para evitar decir masacres. Sus gobiernos hablan del «derecho a la defensa» para evitar decir crímenes contra la humanidad.

La solidaridad con Palestina no es opcional para la izquierda. Es un test de coherencia moral. Quien no lo pasa no merece llamarse de izquierdas.

JAVIER MILEI: EL CAPITALISMO EN ESTADO PURO, CON MOTOSIERRAS.

Javier Milei es lo que ocurre cuando el anarcocapitalismo deja de ser una ocurrencia de foro de internet y se convierte en política de gobierno. Es el experimento más radical del neoliberalismo en la historia reciente: desmantelar el Estado, eliminar los derechos sociales, destruir los sindicatos, privatizar hasta el oxígeno si fuera posible, todo ello aderezado con mesianismo económico y aspavientos de personaje de cómic.

Milei no es un loco. Eso es lo que quieren que creamos. Milei es perfectamente funcional al capital financiero internacional, que ve en Argentina un laboratorio donde probar lo que luego querrán extender al resto del mundo. Sus socios son el FMI, los fondos buitre, la derecha trumpista norteamericana y la ultraderecha europea que le aplaude como a un profeta. Trump le llama «el gran presidente». Desde entonces, todos los reaccionarios del planeta compiten por hacerse la foto con él.

Para la clase trabajadora argentina, el experimento Milei ha sido devastador. El empobrecimiento masivo, la destrucción de la sanidad y la educación públicas, la represión de la protesta social: eso es el anarcocapitalismo en la práctica. No la libertad que predica con la motosierra: la libertad del lobo en el gallinero.

SANTIAGO ABASCAL: EL FRANQUISMO SIN COMPLEJOS.

Abascal no inventó nada. Abascal recogió lo que llevaba décadas pudriéndose debajo de la alfombra del consenso transicional. Vox no es una anomalía: es la expresión más honesta de lo que siempre estuvo ahí, en los cuarteles donde cuelgan retratos que deberían estar en un museo de la vergüenza, en las fiscalías que persiguen a sindicalistas, en las iglesias que cobran por bendecir fusilamientos y que nunca devolvieron lo que robaron.

El fascismo en España nunca fue derrotado. Aquí el fascismo murió en la cama. Y eso tiene consecuencias que todavía pagamos. Los nietos de los que fusilaban son hoy diputados, empresarios, obispos. Y la impunidad se llama estabilidad democrática.

Abascal es el producto de esa impunidad. Un hombre que reivindica la unidad de España con la misma lógica con que el franquismo justificó el genocidio de las naciones que componen este Estado plurinacional. Un hombre que habla de «invasión» migratoria con el mismo vocabulario con que los nazis hablaban de «amenaza racial». Un hombre a quien PP, PSOE y medios del régimen trataron durante años de fenómeno marginal mientras él construía su organización, financiaba su partido y tejía sus redes internacionales.

Abascal es amigo de Trump, de Le Pen, de Orbán, de Bolsonaro, de Milei. No por casualidad. Porque todos forman parte del mismo proyecto político global: la Internacional del Odio.

ALBERTO NÚÑEZ FEIJÓO: LA DERECHA QUE LIMPIA LA CARA AL FASCISMO.

Feijóo es más peligroso que Abascal, precisamente porque parece más presentable. El PP ha gobernado durante décadas defendiendo que no había nada que depurar en la historia de España, que había que pasar página sin leerla. Pues bien: la página no pasada se llama hoy ultraderecha organizada, con representación parlamentaria y con capacidad de condicionar gobiernos en media Europa.

Feijóo no es de ultraderecha, nos dicen. Feijóo es «centroderecha moderada». Y mientras tanto, pacta con Vox donde puede, validar sus planteamientos cuando conviene, y no ha encontrado una política de extrema derecha a la que no pueda adaptarse con tal de sumar votos o llegar al poder. La moderación de Feijóo es la del «burgués asustado que es el peor de los fascistas»: siempre dispuesto a ceder ante quien más asusta.

El PP es la continuidad natural del franquismo reformado. No hace falta gritar para ser cómplice del fascismo. A veces basta con no hacer nada. A veces basta con gobernar los municipios y las autonomías con los herederos directos de quienes llenaron las cunetas.

ISABEL DÍAZ AYUSO: LA ULTRADERECHA EN TACONES Y CON COPA DE VINO.

Ayuso es el producto más sofisticado de la derecha mediática española: una política que convierte la vulgaridad en marca, la irresponsabilidad en libertad y el desprecio por lo público en filosofía de vida. Su «comunismo o libertad» es un eslogan que haría las delicias de cualquier ideólogo de la guerra fría, vaciado de contenido intelectual pero cargado de la eficacia emocional que el fascismo siempre ha sabido explotar mejor que la izquierda.

Ayuso gobierna la comunidad más rica del Estado con las listas de espera sanitarias más vergonzosas, con una escuela pública en proceso de vaciamiento sistemático y con una fiscalidad diseñada para que los ricos paguen menos y los pobres aguanten más. Y lo hace con el aplauso de los medios de comunicación afines, que han convertido a esta mujer en una estrella mediática a la medida de los tiempos del espectáculo político.

No es inocente. Sabe perfectamente lo que hace. Y lo que hace es pavimentar el camino para que la ultraderecha más explícita tenga el terreno abonado cuando llegue su turno.

LA RED QUE LOS UNE: LA INTERNACIONAL DE LA REACCIÓN.

No son accidentales sus afinidades. No es casual que Abascal se fotografíe con Trump, que Milei sea invitado de honor en los foros de la derecha internacional, que Netanyahu reciba el abrazo de todos ellos, que Feijóo y Ayuso compartan agenda política con quienes en otros países han llegado mucho más lejos en el desmantelamiento de los derechos.

Los une la misma financiación: los mismos fondos de inversión, las mismas redes de think tanks ultraliberales, los mismos medios de comunicación que construyen el relato. Los une la misma agenda: destrucción del Estado de bienestar, represión de la protesta social, odio al diferente como herramienta de movilización, y sobre todo, garantizar que el capital financiero internacional no tenga ningún obstáculo para hacer lo que quiera con los pueblos del mundo.

La fuerza del fascismo reside, más que en nada, en el hecho lamentable de la división de las fuerzas capaces de oponerse a su avance. Lo dijo José Díaz Ramos hace noventa años y sigue siendo verdad hoy. La clase trabajadora no puede permitirse el lujo de la fragmentación mientras la derecha cierra filas. No podemos seguir discutiendo de siglas mientras ellos avanzan.

La unidad popular no es un eslogan bonito: es la única herramienta que históricamente ha frenado al fascismo. Las urnas ayudan, pero no bastan. Fue la movilización en las calles, en los centros de trabajo, en los barrios, lo que en su día dobló el espinazo al fascismo allí donde fue derrotado.

Y aquí aún queda mucho por hacer. Las fosas siguen cerradas. La Fundación Franco sigue existiendo. Los crímenes de Netanyahu siguen impunes. Los experimentos de Milei siguen haciendo daño. Los Abascal, Feijóo y Ayuso siguen construyendo el terreno para que el fascismo más explícito encuentre una sociedad lo suficientemente anestesiada como para no reaccionar.

El antifascismo no es una opción política más: es una obligación moral e histórica. Quien no lo entiende así todavía no ha entendido nada de lo que está pasando.

 

André Abeledo Fernández

1 COMENTARIO

  1. ¿Putin? ¿Está usted confundido ó juega usted al más absoluto de los confusionismos? En todo caso esta alentando la rusofobia nazi-otanista.

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