La posición antiimperialista en la construcción de la línea revolucionaria

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La solidaridad internacionalista no debe hacer énfasis en la calidad democrática o socialista del país agredido, sino en los intereses depredadores del agresor. Esta brújula antiimperialista sirve de guía frente al oportunismo reiterado de quienes equiparan agresor con agredido y que, en la práctica e independientemente de sus intenciones, contribuyen a justificar los ataques por la “maldad de los sátrapas de turno”.

Este énfasis, que incluye el reconocimiento del derecho de autodeterminación de los pueblos y nos sitúa en las antípodas de los salvadores eurocentristas, conduce a centrar los esfuerzos militantes en “nuestros imperialistas”, en las diferentes estructuras de nuestro propio bloque (Estado español, UE, OTAN). Siguiendo las mejores tradiciones revolucionarias, debemos trabajar por la derrota, en clave revolucionaria, de “nuestro bando”.

Algunas organizaciones toman la contradicción de clase interna, en cada país, por absoluta, negando de facto otras, como la que existe entre países imperialistas y países oprimidos. Esto les conduce a negar también la naturaleza antiimperialista que pueda tener la legítima resistencia de las naciones agredidas. Y en consecuencia, ¿cómo apoyar a Estados burgueses, reaccionarios o teocráticos, que también son herramientas de explotación de proletarios y de opresión de pueblos? ¿Cómo desear su victoria, si deben ser derrotados por sus propias fuerzas revolucionarias?

La denuncia de las agresiones imperialistas debe ser frontal e intransigente. En este grado de desarrollo de la lucha de clases, las organizaciones revolucionarias solo pueden posicionarse, ya que no están en situación de jugar un papel determinante en la lucha de clases internacional.

En nuestro campo ideológico existe un consenso estable: el derrotismo revolucionario (promover la derrota del propio bloque imperialista) es la opción correcta. Y no es, ni debe ser, un deseo abstracto, sino una línea práctica que persiga este objetivo. En el grado de desarrollo actual de la lucha de clases, la solidaridad internacionalista que podamos desplegar se limita al ámbito discursivo y a actos simbólicos. Sin poder jugar un papel determinante en la lucha de clases internacional, las organizaciones revolucionarias no estamos en posición de impulsar huelgas que dañen la cadena de abastecimiento bélico, no digamos ya de convertir la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria.

Sin embargo, que esto no sea realista en la coyuntura actual no implica que sea una consigna en abstracto. Nuestra misión es, precisamente, la de revolucionar la circunstancia. En nuestro aquí y ahora, la preparación de la posibilidad revolucionaria se traduce en definición de línea política, elevación de la calidad militante, promoción de un movimiento obrero independiente y el desarrollo de la organización revolucionaria.

Por eso mismo debemos señalar otra tendencia al error, esta más propia de nuestro campo ideológico. Nos referimos al apoyo acrítico, cuando no pleno seguidismo, de los Estados agredidos por el imperialismo. En algunos casos, la idealización, cuando no el fantaseo, de supuestas cualidades progresistas o incluso socialistas. No será difícil reconocer esta tendencia con países como la Federación Rusa, China, Venezuela… Este error puede ser de menor calado que el anterior, ya que no se alinea con los intereses depredadores de nuestro imperialismo en el momento justo de su rapiña, y por lo tanto no impide la solidaridad con luchas legítimas de resistencia. Sin embargo, no por ello deja de comprometer la independencia política de la línea comunista en un momento histórico de extrema debilidad.

El énfasis en los intereses dominadores y saqueadores del agresor trata, precisamente, de intentar superar la dicotomía entre el imperialismo y el “mal menor”. La denuncia, e incluso la posible confrontación, de nuestro imperialismo es imprescindible, una condición necesaria de cualquier tipo de crítica posterior a los países agredidos. Pero eso no quiere decir que no exista la posibilidad, o incluso la necesidad, de realizar esta crítica.

La línea revolucionaria no está por aplicar, sino por construir.

Vivimos el momento de la profunda crisis del comunismo tras el cierre de las experiencias pasadas. La necesidad de desarrollar independencia política e ideológica hace que este tipo de crítica sea imprescindible, tanto para la construcción de la propia organización como para la intervención en las áreas de influencia que se puedan tener (la “pedagogía” hacia nuestras “masas”). Esto pone sobre la mesa la pertinencia de marcar una línea de diferencia con otro tipo de proyectos, algo más necesario cuanto más “similares” puedan parecer, como por ejemplo, el “socialismo del siglo XXI”.

En un momento de reflujo de la revolución y de indeterminación ideológica, esto no tiene poca importancia. Y debe hacerse, no para dar lecciones de revolución a ningún pueblo, sino en aras de la construcción de nuestros cuadros comunistas, el desarrollo de la línea revolucionaria, y la intervención en nuestras áreas de influencia que, en el sentido leninista, siempre debe buscar “elevar a las masas”.

El internacionalismo proletario no puede ser equidistante, en ningún caso, entre agresor y agredido: la derrota militar del imperialismo es un interés objetivo del proletariado, precisamente por su dimensión internacional. Pero, y en segundo lugar, tampoco puede ser acrítico cuando hay una línea revolucionaria que generar. Evitar mencionar que Venezuela no es una dictadura del proletariado y no está en transición hacia el fin de la explotación de clase, o que Irán es una teocracia antiproletaria con la que tendrán que ajustar cuentas los movimientos revolucionarios iraníes, dificulta la persecución de la independencia política de nuestra clase. Lo mismo ocurre con celebrar virtudes exageradas o imaginadas. Esto, en ningún caso, está reñido con denunciar la propaganda mentirosa que el imperialismo vierte sobre los países que son sus enemigos y que planea convertir en víctimas.

Lo expresamos con claridad: es un error (e incluso un error criminal) considerar que el proletariado y los pueblos de Iraq, Libia, Irán o Palestina deben centrar sus esfuerzos en enfrentar a sus propios reaccionarios independientemente de la situación externa. Ahora mismo, el enemigo principal del proletariado iraní no es su propio Estado, sino la amenaza genocida del imperialismo. De la misma manera, el enemigo principal del proletariado palestino no es su propia burguesía, sino el sionismo.

La hoja de ruta del enemigo pasa por controlar los recursos de la región y situar a Israel como potencia regional dominante, que supone destruir toda resistencia existente y provocar horribles matanzas. Por tanto, el interés principal del proletariado de la región, en Irán, en Líbano o en Palestina, es la derrota de EEUU e Israel para frenar su agresión. En este caso, es un interés que comparten con sus burguesías nacionales, lo que no quiere decir ceder en los principios o conciliar con los enemigos de clase.

Al igual que promover la derrota del propio bloque imperial tiene sentido en el intento de transformar la guerra convencional en guerra revolucionaria, puede ser que, para una fuerza comunista, también sea deseable transformar la guerra de resistencia nacional en guerra civil revolucionaria. Un ejemplo lo tenemos en el movimiento comunista chino, que no comprometió el desarrollo de la guerra popular durante la guerra de resistencia contra Japón. El Ejército Popular de Liberación no se fusionó con el Kuomintang burgués ni le cedió el liderazgo estratégico, sino que siguió enfrentándose a él en guerra civil después de la derrota japonesa. En contra, por cierto, de la estrategia de Frente Popular “recomendada” por la URSS.

Es decir que es posible, para el pueblo organizado de una nación agredida, renunciar a aliarse con clases reaccionarias y generar un bloque democrático-popular revolucionario con sectores progresistas, hegemonizado políticamente por el Partido Comunista. Esta situación puede no ser previsible a corto plazo en Irán, ni en Palestina, ni en Líbano, pero merece la pena apuntarse.

CNC realiza estos señalamientos sin intención alguna de enmendar la plana, desde el privilegio occidental, a revolucionarios de otros países, sino asumiendo la responsabilidad de avanzar en la construcción de cuadros comunistas de vanguardia, y desde la universalidad genética del marxismo.

La derrota de nuestro imperialismo mediante la revolución proletaria nos impone, a CNC y a otras organizaciones, el deber de generar y desarrollar el Partido Comunista. Esto requiere una línea que está por construir y, por tanto, la independencia política e ideológica necesarias para ello. Para todo ello es imprescindible la crítica honesta, la autocrítica, el debate abierto, la lucha de líneas.

¿No tenemos cielos que asaltar? ¿Mundos nuevos que construir?

Si el presente es de lucha, el mañana es nuestro.

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