
La sanidad pública: una conquista de la clase trabajadora que debemos defender
Por André Abeledo Fernández
La salud es uno de los derechos más importantes que puede tener un ser humano. Sin embargo, en las sociedades capitalistas existe una contradicción evidente: mientras la salud es una necesidad universal, el sistema económico tiende a convertirla en una mercancía.
Por eso la defensa de la sanidad pública no es únicamente una cuestión sanitaria. Es una cuestión política, social y de clase.
La sanidad pública no nació por la generosidad de los poderosos ni por la bondad de los mercados. Fue una conquista arrancada por generaciones de trabajadores, sindicalistas, movimientos populares y fuerzas políticas que entendieron que la salud no podía depender del dinero que una persona tuviera en el bolsillo.
Cuando una sociedad garantiza atención sanitaria universal está afirmando algo profundamente revolucionario: que la vida de una persona vale lo mismo independientemente de su riqueza.
Ese principio choca frontalmente con la lógica del mercado.
Por eso los sectores más reaccionarios y neoliberales llevan décadas intentando debilitar los sistemas públicos de salud. No suelen hacerlo de forma directa. Primero recortan recursos. Después deterioran la calidad del servicio. Más tarde utilizan las listas de espera y las carencias provocadas por esos recortes para justificar la entrada del sector privado.
Es una estrategia conocida.
Deteriorar lo público para privatizarlo.
Lo hemos visto demasiadas veces.
Cada euro que se desvía desde la sanidad pública hacia empresas privadas es un euro que deja de invertirse en hospitales, centros de salud, investigación médica, equipamiento sanitario y contratación de profesionales.
Y cuando la sanidad se convierte en un negocio, los pacientes dejan de ser ciudadanos con derechos para convertirse en clientes.
Mi modelo de sanidad parte de un principio básico: la salud debe estar completamente garantizada por el sector público.
Esto significa una financiación suficiente, plantillas estables, condiciones laborales dignas para los trabajadores sanitarios y una red de atención que llegue por igual a las grandes ciudades y al medio rural.
Significa también apostar por la prevención. Una sociedad que únicamente invierte en curar enfermedades cuando ya se han producido está llegando tarde. La salud comienza mucho antes de entrar en un hospital.
Comienza con una vivienda digna.
Comienza con una alimentación adecuada.
Comienza con un empleo estable.
Comienza con salarios justos.
Comienza con unas condiciones de vida que permitan a las personas desarrollarse sin miedo al futuro.
La pobreza enferma.
La explotación laboral enferma.
La precariedad enferma.
Y ninguna política sanitaria será plenamente eficaz mientras ignore estas realidades.
La gran emergencia del siglo XXI: la salud mental
Existe además una cuestión que durante demasiado tiempo ha sido tratada como un asunto secundario: la salud mental.
Vivimos en una sociedad donde cada vez más personas sufren ansiedad, depresión, estrés crónico, soledad no deseada y otros problemas psicológicos. Sin embargo, la respuesta institucional sigue siendo claramente insuficiente.
Las listas de espera son excesivas.
Faltan profesionales.
La atención psicológica pública resulta insuficiente para atender la demanda existente. Y miles de personas se ven obligadas a recurrir a consultas privadas que no todos pueden permitirse.
Esto genera una injusticia evidente: quien tiene recursos económicos puede acceder a ayuda especializada con rapidez. Quien no los tiene debe esperar o simplemente resignarse a no recibir atención.
La salud mental debe formar parte plenamente de la sanidad pública.
Necesitamos más psicólogos clínicos, más psiquiatras, más profesionales de trabajo social y más recursos comunitarios.
Pero también debemos comprender que muchos de los problemas de salud mental tienen raíces sociales.
No podemos analizar el aumento de la ansiedad sin hablar de la precariedad laboral.
No podemos analizar la depresión sin hablar de la soledad y el individualismo promovidos por el sistema.
No podemos hablar del sufrimiento psicológico de los jóvenes sin mencionar las dificultades para acceder a una vivienda, construir un proyecto de vida o alcanzar una estabilidad mínima.
Medicalizar el sufrimiento social sin combatir sus causas es tratar los síntomas mientras se ignora la enfermedad.
Defender la sanidad pública es defender la democracia
La sanidad pública es una de las mayores expresiones de solidaridad colectiva que existen.
Cada trabajador contribuye según sus posibilidades para que cualquier persona pueda ser atendida cuando lo necesite.
Es un modelo basado en la cooperación y no en la competencia.
En la solidaridad y no en el beneficio.
En los derechos y no en los privilegios.
Por eso quienes defienden la privatización no están proponiendo simplemente otro modelo de gestión. Están proponiendo una sociedad diferente: una sociedad donde la calidad de la atención sanitaria dependa cada vez más de la capacidad económica de cada individuo.
Yo defiendo exactamente lo contrario.
Defiendo una sanidad pública, universal, gratuita, de calidad y plenamente financiada.
Defiendo una sanidad donde nadie tenga que elegir entre curarse o llegar a fin de mes.
Defiendo una sanidad que cuide tanto el cuerpo como la mente.
Y defiendo una sociedad que entienda que la salud no puede ser un negocio porque la vida humana jamás debería estar sometida a las leyes del mercado.
Porque la sanidad pública no es un gasto.
Es una inversión en dignidad, igualdad y justicia social.
Y porque defenderla hoy es defender una de las conquistas más valiosas que la clase trabajadora ha conseguido a lo largo de su historia.
André Abeledo Fernández





