El imperio Yanqui en decadencia.

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El imperio Yanqui en decadencia.

La historia no se repite exactamente, pero a veces rima de forma tan evidente que resulta imposible no percibir los paralelismos. Quien observe con atención los Estados Unidos actuales encontrará inquietantes semejanzas con los últimos tiempos de la República romana y con la decadencia del Imperio que vino después. Un poder gigantesco que todavía conserva una enorme capacidad militar, económica y mediática, pero que muestra síntomas evidentes de agotamiento moral, político e institucional.

Y en el centro de ese espectáculo aparece Donald Trump.

Muchos se preguntan cómo es posible que una potencia que se presenta como modelo de democracia tenga como máximo dirigente a un personaje que parece sacado de las páginas más oscuras de la Roma decadente. Un hombre obsesionado consigo mismo, con su imagen, con su culto personal y con la necesidad permanente de ser adorado.

Mientras millones de estadounidenses sufren problemas sociales, económicos y sanitarios, Trump se entrega al espectáculo. Celebraciones grandilocuentes, exhibiciones militares, actos concebidos para glorificar su figura y una política convertida en un circo permanente donde la propaganda importa más que la realidad. Pan y circo. La vieja fórmula romana adaptada al siglo XXI.

Los emperadores decadentes comprendieron que un pueblo entretenido es un pueblo que no pregunta demasiado. Hoy las luchas de gladiadores ya no se celebran en el Coliseo, sino en grandes estadios y pantallas de televisión. Los desfiles imperiales ya no recorren la Vía Sacra, sino las avenidas de Washington. Cambian las formas, pero permanece la misma obsesión por el espectáculo y la misma necesidad de alimentar el ego del gobernante.

Trump representa además otra característica típica de los momentos de decadencia imperial: la desaparición de cualquier límite entre la verdad y la mentira. La mentira ya no aparece como una excepción o como un recurso ocasional, sino como una forma habitual de actuar. Se miente para gobernar, se miente para justificar guerras, se miente para hacer negocios y se miente para construir un relato donde el líder siempre aparece como vencedor, incluso cuando es responsable directo de los problemas que denuncia.

Lo hemos visto repetidamente en la política internacional. Se provocan conflictos y después se pretende aparecer como el pacificador. Se dinamitan negociaciones y después se intenta vender como una victoria diplomática el simple regreso al punto de partida. Se participa en la escalada bélica y luego se presenta uno mismo como el hombre que ha salvado al mundo del desastre.

La tragedia es que detrás de esas maniobras propagandísticas no hay titulares ni campañas electorales. Hay muertos. Hay ciudades destruidas. Hay familias rotas. Hay pueblos enteros condenados a sufrir las consecuencias de decisiones tomadas por dirigentes que jamás pagarán el precio de sus errores.

Pero quizá lo más preocupante no sea Trump como individuo. Lo más preocupante es lo que simboliza.

Porque los grandes imperios no caen únicamente por las presiones externas. Caen cuando pierden la capacidad de distinguir entre la realidad y la ficción. Caen cuando el culto a la personalidad sustituye a las instituciones. Caen cuando el espectáculo sustituye a la política. Caen cuando la megalomanía sustituye al sentido de Estado.

Y Estados Unidos parece avanzar peligrosamente por ese camino.

Un país donde parte de la clase dirigente vive instalada en teorías extravagantes, en discursos cada vez más radicalizados y en una permanente búsqueda de enemigos internos y externos. Un país donde los sectores más agresivos del poder político siguen apostando por la confrontación internacional mientras se deteriora la cohesión social dentro de sus propias fronteras.

Resulta significativo que cada vez más personas, incluso dentro de los propios Estados Unidos, comiencen a mostrar su rechazo a estas políticas. Las protestas, los abucheos, las manifestaciones y las muestras de solidaridad con los pueblos agredidos reflejan que existe una parte de la sociedad estadounidense que no quiere identificarse con esta deriva imperial.

Porque el problema no es únicamente un dirigente concreto. El problema es un sistema que ha permitido que la política se transforme en un espectáculo permanente al servicio del ego de quienes ocupan el poder.

Roma también creyó que era eterna.

También pensó que su poder militar resolvería cualquier problema.

También imaginó que podía imponer su voluntad indefinidamente sobre el resto del mundo.

Y también descubrió, demasiado tarde, que ningún imperio es invulnerable cuando la corrupción moral, la arrogancia y la decadencia terminan devorándolo desde dentro.

La historia no está escrita de antemano, pero las señales son visibles. El culto al líder, la propaganda constante, la obsesión por la propia imagen, la militarización de la política y el desprecio creciente por las normas que limitan el poder son síntomas que ninguna sociedad debería ignorar.

Quizá por eso cada vez más personas observan Washington y recuerdan Roma.

No la Roma de su esplendor.

La Roma de su decadencia.

 

André Abeledo Fernández

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