Cuando los pueblos votan contra sí mismos
La historia no se repite exactamente igual, pero suele rimar. Y cuando los pueblos olvidan las lecciones de su pasado, cuando la desesperación sustituye a la conciencia política y la frustración se convierte en rabia sin dirección, las consecuencias suelen ser devastadoras.
Colombia ha vivido durante décadas las consecuencias de la desigualdad, la violencia, la corrupción y la subordinación de buena parte de sus élites a los intereses económicos de una minoría privilegiada. Sin embargo, una vez más, sectores importantes de la sociedad han depositado sus esperanzas en quienes representan precisamente las políticas que han contribuido a construir esos problemas.
La ultraderecha siempre aparece disfrazada de solución cuando el sistema entra en crisis. Se presenta como antisistema mientras defiende los intereses de las grandes fortunas. Habla en nombre del pueblo mientras gobierna para las élites. Promete libertad mientras recorta derechos. Y utiliza el miedo, el odio, los bulos y la división social como herramientas políticas para alcanzar el poder.
No es un fenómeno exclusivamente colombiano. Lo hemos visto en distintos países de América Latina y del mundo. Cuando las contradicciones del capitalismo generan pobreza, precariedad y frustración, una parte de la población acaba buscando respuestas simples a problemas complejos. Es entonces cuando aparecen los vendedores de humo, los demagogos y los profetas del odio.
La experiencia histórica debería servir de advertencia. Las recetas neoliberales impuestas durante décadas en América Latina dejaron privatizaciones, desigualdad, dependencia económica y una enorme transferencia de riqueza desde las clases trabajadoras hacia las oligarquías nacionales e internacionales. Sin embargo, los mismos proyectos políticos que impulsaron esas políticas regresan periódicamente con nuevos rostros, nuevos eslóganes y las mismas recetas de siempre.
Estados Unidos nunca ha ocultado su interés por mantener su influencia política, económica y militar en América Latina. Durante generaciones, numerosas intervenciones directas e indirectas han tratado de garantizar gobiernos alineados con los intereses de Washington y de las grandes corporaciones multinacionales. Cada vez que un país ha intentado desarrollar un proyecto soberano, redistributivo o independiente, ha encontrado enormes resistencias internas y externas.
Por eso resulta preocupante el avance de proyectos políticos que reivindican la subordinación económica, el desmantelamiento de derechos sociales y una visión profundamente reaccionaria de la sociedad. No porque representen algo nuevo, sino precisamente porque representan el regreso de viejas fórmulas que ya demostraron sus consecuencias.
La involución política nunca llega sola. Suele venir acompañada de ataques contra los derechos laborales, contra los movimientos sociales, contra las organizaciones sindicales, contra las mujeres, contra las minorías y contra cualquier voz crítica que cuestione los privilegios establecidos.
Los pueblos tienen derecho a equivocarse, como tienen derecho a elegir libremente su futuro. Pero también es legítimo advertir que determinadas decisiones políticas tienen consecuencias. El odio genera más odio. La mentira genera más mentira. Y quienes construyen su proyecto político sobre la confrontación permanente rara vez terminan ofreciendo bienestar, justicia o prosperidad para las mayorías sociales.
América Latina necesita más soberanía, más democracia real, más justicia social y más integración entre los pueblos. Necesita gobiernos capaces de defender los intereses de sus trabajadores, de sus campesinos y de sus jóvenes frente a los poderes económicos que históricamente han condicionado el desarrollo de la región.
Porque la verdadera libertad no consiste en obedecer a una potencia extranjera ni en servir a las oligarquías locales. La verdadera libertad consiste en que los pueblos puedan decidir su destino, controlar sus recursos y construir sociedades más justas e igualitarias.
Y esa batalla, hoy como ayer, sigue abierta en toda América Latina.
André Abeledo Fernández

