Los falsos defensores de la España cristiana y su sumisión al sionismo
Resulta llamativo observar cómo una parte importante de la derecha española se envuelve permanentemente en la bandera de la «España cristiana», presume de defender las raíces cristianas de Europa y señala constantemente al mundo musulmán como una supuesta amenaza para nuestra civilización. Sin embargo, cuando llega el momento de actuar, cuando toca elegir entre los principios que dicen defender o la obediencia a sus amos políticos e ideológicos, siempre escogen lo mismo: la sumisión.
Los mismos que repiten consignas sobre la defensa del cristianismo apoyan sin fisuras al Gobierno de Benjamín Netanyahu, justifican las políticas del sionismo y guardan silencio ante la persecución, discriminación y humillación que sufren los cristianos palestinos y los cristianos que viven bajo la ocupación israelí.
La realidad es incómoda para sus discursos simplistas. El judaísmo tradicional nunca reconoció a Jesús como Mesías, Hijo de Dios ni profeta. Por el contrario, rechazó su mensaje y rechazó las bases fundamentales del cristianismo. Mientras tanto, el Islam reconoce a Jesús —Isa para los musulmanes— como uno de los grandes profetas de la humanidad, como el Mesías y como una figura sagrada merecedora de respeto y veneración.
Esto no significa que cristianismo e islam sean la misma religión ni que compartan toda su doctrina, pero sí desmonta la propaganda ignorante de quienes pretenden presentar un supuesto choque de civilizaciones donde los hechos históricos cuentan exactamente otra historia.
Muchos de esos autoproclamados defensores de la España cristiana jamás han leído la Biblia, desconocen la historia de su propia religión y son incapaces de explicar los fundamentos de aquello que dicen defender. Su cristianismo no es una cuestión de fe ni de valores; es simplemente una herramienta política utilizada para atacar al diferente, para alimentar prejuicios y para justificar posiciones reaccionarias.
Por eso no les importa el sufrimiento del pueblo palestino. Por eso no les conmueven los miles de niños asesinados, las familias exterminadas, las ciudades reducidas a escombros o la destrucción sistemática de hospitales, escuelas y lugares de culto. Han sustituido cualquier principio moral por la obediencia ideológica al sionismo y a los intereses geopolíticos de Estados Unidos.
Cuando las autoridades israelíes dificultan el acceso de responsables religiosos cristianos a determinados lugares sagrados, cuando se producen ataques contra comunidades cristianas palestinas o cuando se restringen derechos fundamentales de los creyentes cristianos, esos supuestos defensores de la fe guardan silencio. Un silencio cómplice que demuestra que su prioridad nunca fue el cristianismo, sino la obediencia política.
Lo mismo ocurre con quienes presentan a VOX y a Santiago Abascal como grandes defensores de la soberanía nacional. ¿Qué soberanía puede defender quien actúa permanentemente alineado con los intereses de potencias extranjeras? ¿Qué patriotismo puede reivindicar quien justifica cualquier decisión procedente de Washington o de Tel Aviv mientras exige sacrificios al pueblo trabajador español?
La realidad es que buena parte de la derecha española ha abandonado hace tiempo cualquier pretensión de independencia política. Han convertido el atlantismo y el sionismo en una auténtica religión política. Defienden con más pasión los intereses de gobiernos extranjeros que los derechos sociales, laborales y democráticos de su propio pueblo.
Mientras tanto, la izquierda transformadora tiene la obligación moral de mantener una posición firme en defensa de los derechos humanos, del derecho internacional y de la autodeterminación de los pueblos. No porque palestinos, cristianos o musulmanes sean perfectos, sino porque ningún pueblo merece vivir bajo la ocupación, la represión o la violencia permanente.
La solidaridad no puede depender de la religión de las víctimas. La justicia no puede depender de quién sea el agresor. Y la dignidad humana no puede subordinarse a intereses geopolíticos.
Los pueblos tienen memoria. Y la historia siempre termina desenmascarando a quienes utilizan la fe como negocio político y a quienes hablan de valores mientras justifican el sufrimiento de miles de inocentes.
Porque la verdadera humanidad no consiste en defender una bandera, una religión o una ideología por encima de todo. Consiste en defender la vida, la justicia y la dignidad de los pueblos, sin dobles raseros y sin arrodillarse ante ningún poder.
André Abeledo Fernández

