
Fernando (Unidad y Lucha).— El pasado 25 de abril se produjo una intensa oleada de terrorismo en Mali, con episodios adicionales durante la primera quincena de mayo. Estas agresiones fueron no solo contra objetivos militares, sino también contra miembros del gobierno y la población en general, con al menos 80 muertes civiles confirmadas. También fue asesinado el ministro de defensa Sadio Camara, así como varios miembros de su familia. El presidente Assimi Goïta sufrió otro ataque, pero salió ileso. En respuesta, el ejército maliense, que reconoció la extrema gravedad de los hechos, repelió las agresiones y en los días posteriores informó de que había logrado controlar la situación.
Se trata de unos ataques coordinados entre el ‘Frente de Liberación de Azawad’ (FLA): milicias secesionistas de etnia tuareg, y el ‘Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes’ (JNIM): terroristas de una filial local de Al-Qaeda, con su interpretación wahabita-takfirí, la que impulsan las petro-monarquías sátrapas árabes. Así pues, dos grupos que en principio no comparten proyecto político. Esto, unido a la excepcional intensidad y sincronización de los ataques (algunos informes estiman entre 10 y 12 mil combatientes), además de a su amplia extensión geográfica –norte y centro de un país enorme como Mali–, despeja cualquier duda sobre si detrás están las ambiciones imperialistas de EE. UU. y Francia, la antigua potencia colonial, quienes mantienen intactas sus ansias de dominación. De hecho, los atacantes usaron misiles Stinger (de fabricación estadounidense) y Mistral (francesa); así como un importante número de drones, lo cual apunta a una participación ucraniana, que ya celebró públicamente los atentados de 2024 contra las fuerzas militares rusas de ‘Africa Corps’, las sucesoras del grupo Wagner.
No obstante, la presencia de terrorismo en el Sahel no es nueva, sino que crece y se consolida a raíz de la destrucción de Libia por parte de la OTAN en 2011. En la zona también operan ‘Boko Haram’ (presente sobre todo en el norte de Nigeria y sur de Níger) y dos ramas de Daesh: ‘Estado Islámico del Gran Sáhara’ y de ‘África Occidental’. A ellas hay que sumar el autodenominado ‘Frente Patriótico de Liberación’, que en 2024 voló un importante oleoducto en Níger y que, en colaboración abierta con Francia, ha tratado repetidamente de derrocar al presidente nigerino Abdourahamane Tchiani.
No es coincidencia que estos grupos terroristas se multipliquen en regiones estratégicas cuyos pueblos y gobiernos se niegan a plegarse a los dictados imperialistas. En parte, el terrorismo se financia mediante la extorsión y el contrabando (oro, petróleo, droga, ganado, personas, etc.); pero indudablemente obtiene un enorme apoyo financiero, armamentístico, logístico y de inteligencia militar de manos del imperialismo, cuyo interés es extraer las riquezas de la región e impedir el desarrollo local, que hoy está estableciendo crecientes vínculos comerciales, tecnológicos y energéticos con China, así como con Rusia e incluso Irán.
De hecho, los propios Goïta y Tchiani están impulsando, junto con el presidente burkinabé Ibrahim Traoré, la llamada ‘Alianza de Estados del Sahel’ (Mali, Burkina Faso y Níger), con unos principios sólidamente anticoloniales y panafricanistas, e inspiración en las ideas de Thomas Sankara, el Che Guevara africano. Sus políticas se centran en modernizar el sector agrario, enfocándose en la autosuficiencia y la soberanía alimentaria – y logrando éxitos sin precedentes, como que Burkina Faso haya obtenido excedentes en su producción de cereal en los 2 últimos años. Cómo no, también en el control soberano de los recursos mineros y energéticos, para no ser esquilmados: oro, petróleo, uranio, tierras raras, etc. A esto hay que unirle su impulso de la industria textil local, la mejora de la red eléctrica y de suministro de agua potable… y los primeros pasos para abandonar el franco CFA, la moneda impuesta por Francia y que controla París.
Y todo esto el imperialismo ¡no se lo puede perdonar jamás!

