Infantino, el lameculos de los poderosos que quiere convertir el fútbol en un circo yanqui
Camaradas, hay que decirlo sin medias tintas: Gianni Infantino no es un simple dirigente deportivo con algunos deslices. Es la encarnación más rastrera de lo que el fútbol de las últimas décadas ha permitido que se instale en su cúpula: la corrupción convertida en método de gobierno.
Lo veníamos avisando desde hace tiempo y el propio mundo del fútbol lo daba por descontado: el respaldo de la federación argentina y de Marruecos a la reelección de Infantino no era gratuito. A Argentina se le regaló todo el camino posible hacia la final del Mundial 2026 y hacia el título en Qatar, con arbitrajes que fueron una vergüenza y una humillación para cualquiera que todavía crea que esto es un deporte y no un guion escrito de antemano. A Marruecos se le regaló, en los despachos, una Copa África que no pudo arrancar en el campo, en la final contra Senegal, ni con toda la ayuda arbitral que recibió.
Esto no son casualidades. Esto es el pago de favores, la devolución de apoyos, la mercancía con la que se compran votos dentro de una FIFA convertida en una monarquía privada disfrazada de organismo deportivo internacional.
Infantino es corrupto, como tantos otros que han pasado por esos despachos. Pero él ha llegado a un escalón moral más bajo todavía: es un sujeto que nunca ha conocido la dignidad, que se vende a quien pague más y más rápido. Un lameculos de Donald Trump cuando le conviene, un lameculos de Mohamed VI cuando le conviene, y un lameculos de cualquier dictadura que tenga la chequera abierta. No hay ideología en su servilismo, solo cálculo. Es el rostro perfecto del capitalismo del espectáculo: sin patria, sin clase, sin más lealtad que el dinero.
Y detrás de esa vileza personal hay un proyecto político mucho más peligroso: la privatización total del Mundial de fútbol, la conversión del deporte rey en un producto de entretenimiento al estilo yanqui, un circo empresarial donde el juego es lo de menos y el negocio televisivo, publicitario y geopolítico lo es todo. Quieren un fútbol convertido en soccer de exhibición, vaciado de su raíz popular, de su origen obrero, de todo lo que durante más de un siglo lo convirtió en el deporte de los barrios, de las fábricas, de la clase trabajadora que llenaba las gradas los domingos.
Mientras Infantino y su corte de mamporreros sigan al frente de la FIFA, ninguna de sus competiciones merece confianza, y mucho menos puede llamarse deportiva. Lo que organizan no es fútbol: es un negocio blindado por el poder político y económico de quienes, como Trump o Mohamed VI, entienden perfectamente el valor de tener a un vendido dirigiendo el deporte más popular del planeta.
La lucha contra esta FIFA corrupta es también la lucha contra la mercantilización de todo lo que antes fue patrimonio popular. El fútbol nació en la calle, en el barrio, en la fábrica. No se lo vamos a entregar sin pelear a los Infantino de turno.
André Abeledo Fernández

