Stalin: la industrialización de un imperio agrario y las contradicciones que la izquierda no puede callar
Hay figuras históricas que la propaganda occidental ha convertido en caricatura, en el monstruo de manual con el que se pretende cerrar cualquier debate sobre el socialismo del siglo XX antes de que empiece. Stalin es la más utilizada de todas ellas. Se le invoca no para entender la historia, sino para clausurarla: basta pronunciar su nombre para que cualquier defensa de la planificación económica, de la propiedad colectiva o de la industrialización acelerada quede automáticamente descalificada. Esa operación ideológica —convertir a un dirigente histórico en arma arrojadiza contra toda alternativa al capitalismo— es tan interesada como poco rigurosa, y como marxistas no podemos aceptarla sin más.
De un imperio agrario atrasado a potencia industrial en una década.
Cuando Stalin asume la dirección efectiva del proceso soviético a finales de los años veinte, la URSS seguía siendo, en lo esencial, el imperio zarista atrasado que Lenin y los bolcheviques habían heredado tras la guerra civil, la intervención de catorce ejércitos extranjeros y el bloqueo económico occidental. La industrialización acelerada y la colectivización agraria, con toda su dureza, respondían a un cálculo que la propia historia terminó por confirmar: o la URSS se industrializaba en una década, o sería aplastada por el capitalismo alemán rearmado. En 1941 esa apuesta se puso a prueba de la forma más brutal posible, y la industria pesada construida en los planes quinquenales fue la que permitió trasladar fábricas enteras más allá de los Urales y sostener la producción bélica que hizo posible Stalingrado.
La derrota del nazismo no se entiende sin el Ejército Rojo.
Aquí hay que hablar claro, porque la historiografía occidental lleva ochenta años intentando borrarlo: fue el Ejército Rojo, con un coste humano que ningún otro pueblo pagó en esa magnitud —más de veinte millones de vidas soviéticas—, quien rompió la columna vertebral de la Wehrmacht en el frente oriental antes de que el desembarco de Normandía fuera siquiera posible. Stalingrado, Kursk, la liberación de Auschwitz por tropas soviéticas: son hechos, no relato. Que Occidente prefiera recordar el Día D y silenciar el frente del Este no es casualidad, es la misma operación de siempre —borrar el papel del comunismo en la derrota del fascismo para poder presentar después el anticomunismo como antifascismo, cuando la historia demuestra justo lo contrario.
Las contradicciones que no se pueden callar.
Dicho esto, la honestidad intelectual que exigimos a la hora de analizar cualquier proceso revolucionario nos obliga a no construir santos donde hubo seres humanos, y en el caso de Stalin esa obligación pesa más que en ningún otro dirigente comunista del siglo XX. La colectivización forzosa provocó una hambruna devastadora en Ucrania y otras regiones agrícolas a comienzos de los años treinta, con un coste humano que ningún marco teórico puede justificar. Las Grandes Purgas de 1936 a 1938 liquidaron físicamente a buena parte de la vieja guardia bolchevique, a mandos militares soviéticos en vísperas de una guerra que los necesitaba, y a cientos de miles de comunistas de base bajo acusaciones fabricadas. El sistema del Gulag encerró y explotó el trabajo forzado de millones de personas, muchas de ellas sin haber cometido delito alguno más allá de la sospecha o la denuncia arbitraria. El culto a la personalidad sustituyó la democracia obrera y el debate interno del partido por la obediencia ciega, y esa concentración de poder personal es, precisamente, lo contrario de lo que Marx y Lenin entendían por dictadura del proletariado: el gobierno de una clase, no de un hombre.
**Ni beatificación ni demonización: análisis de clase.**
Ni la hagiografía que algunos sectores de la izquierda siguen practicando, ni la demonización interesada que reduce setenta años de historia soviética a un solo nombre para enterrar el socialismo entero bajo él. Lo que corresponde es el análisis materialista: entender por qué una revolución obrera aislada, rodeada de enemigos y con una base económica atrasada, degeneró en un aparato burocrático que traicionó buena parte de sus propios principios fundacionales sin que eso invalide la hazaña histórica de haber industrializado un país y derrotado al fascismo europeo. Las dos cosas son ciertas a la vez, y quien solo cuenta una de ellas no está haciendo historia, está haciendo propaganda.
Por qué esto importa hoy.
Aquí, en el Estado español, cuando VOX y buena parte del PP agitan el fantasma del comunismo para desviar la atención de sus propios recortes en sanidad y pensiones, conviene recordar que el anticomunismo nunca ha sido antifascismo, y que la izquierda que cede terreno en este debate por miedo a que le cuelguen etiquetas está cediendo también en la defensa de la propiedad colectiva y de la planificación frente al capitalismo salvaje. La tarea de la izquierda de verdad no es repetir el catecismo de nuestros enemigos de clase, ni tampoco cerrar los ojos ante las propias contradicciones. Es aprender de la historia, con toda su complejidad, para no repetir sus errores y para no renunciar a sus conquistas.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

