El imperio ladra: Trump amenaza a Europa por atreverse a mirar hacia Canadá

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El imperio ladra: Trump amenaza a Europa por atreverse a mirar hacia Canadá

Donald Trump ha vuelto a enseñar los dientes. Esta vez, la excusa es la propuesta de Von der Leyen de convertir a Canadá en «miembro asociado» de la Unión Europea. Para el presidente estadounidense, semejante iniciativa constituye un «acto hostil». La respuesta llega en forma de amenazas: «serios aranceles» y hasta la posibilidad de romper el comercio con Europa.

No es una anécdota. Tampoco otro exabrupto aislado.

Es la lógica de un imperio que no acepta que una pieza de su tablero se mueva sin su permiso.

Un patrón, no un accidente.

Quien todavía crea que las salidas de tono de Trump son simples improvisaciones no ha querido mirar el patrón. Desde su regreso a la Casa Blanca, el trumpismo ha desplegado un catálogo completo de agresión imperialista: amenazas militares, presiones económicas, magnicidios, secuestros de Estado y terrorismo diplomático contra cualquier país que ose salirse del guion.

La fórmula es sencilla: obedecer o asumir las consecuencias. Y lo más revelador es que esa presión no se dirige solo contra los enemigos declarados de Washington. También alcanza a sus propios aliados. Porque un aliado al que se amenaza cuando toma una decisión independiente empieza a parecerse demasiado a un siervo.

América Latina, otra vez patio trasero.

El proyecto es descarado: devolver a América Latina a la condición colonial de «patio trasero» que la izquierda del continente lleva décadas combatiendo. Hemos visto cómo se colocan títeres vendepatrias en Argentina, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Bolivia, El Salvador y Honduras, y cómo se intenta extender el modelo al resto del continente.

En México, las amenazas de intervención militar unilateral se disfrazan de lucha antidrogas. En Colombia, las presiones contra Gustavo Petro buscan doblegar a un Gobierno que se atrevió a no ser sumiso. En Panamá, la codicia por el canal se expresa sin siquiera disimulo: no me extrañaría que quieran acabar llamándolo el canal de Trump.

Y Venezuela representa el extremo de esta lógica: una acción militar directa y el secuestro del presidente legítimo, Nicolás Maduro, a comienzos de 2026, para saquear el petróleo venezolano. No hace falta esperar a que lo confirmen sus críticos: el propio Trump lo ha dicho sin pudor; quieren llenar sus reservas con crudo robado. Es el saqueo colonial de siempre, con nombre y apellido puestos por el propio agresor. Primero se cuestiona la legitimidad del Gobierno, después se justifica la intervención y, finalmente, aparecen los recursos.

Cuba, heroica y digna, sigue sufriendo un bloqueo que ya no puede llamarse de otra forma que bloqueo genocida, agravado con nuevas amenazas de intervención.

Ni los «aliados» se libran.

Y aquí llegamos a Canadá.

A Canadá se la amenaza con la anexión y la invasión para convertirla, por la fuerza, en el estado número 51 de Estados Unidos. A Groenlandia y Dinamarca, miembros de la OTAN, se las presiona con la compra o anexión del territorio ártico, como si la voluntad de sus habitantes pudiera reducirse a una operación inmobiliaria. A Reino Unido, Alemania, Dinamarca, Finlandia, Francia, Países Bajos, Noruega y Suecia se les amenaza con aranceles por el simple hecho de enviar tropas defensivas a Groenlandia.

España tampoco queda al margen: se la amenaza con romper relaciones comerciales por negarse a ceder bases militares para la guerra ilegal contra Irán, mientras crecen las sospechas fundadas de que Estados Unidos e Israel están detrás de la provocada crisis migratoria en Ceuta. Hasta Arabia Saudita, socio histórico de Washington, comprueba que las alianzas tienen límites cuando entran en conflicto con los intereses estratégicos estadounidenses.

La conclusión resulta difícil de esquivar: no importa tanto quién sea aliado; importa quién tiene la capacidad de imponer las reglas.

La ilusión de una alianza entre iguales.

Esto debería hacernos abandonar de una vez la ficción de una «alianza atlántica» entre iguales. Una relación entre socios no debería necesitar amenazas para funcionar. La soberanía de un país no puede depender de la autorización de otro. Y la palabra «aliado» pierde buena parte de su significado cuando la discrepancia se responde con sanciones, aranceles o intimidación.

Si la Unión Europea quiere tener una política exterior propia, tendrá que afrontar una cuestión incómoda: no basta con hablar de autonomía estratégica mientras se mantiene subordinada en lo militar, lo energético y lo tecnológico a Washington. La soberanía no consiste en poder decidir cuando nadie se opone. Consiste en poder decidir también cuando alguien poderoso amenaza con castigarte por hacerlo.

La respuesta.

La salida no puede ser una Europa que se limite a cambiar el discurso mientras mantiene intactas sus dependencias. Tiene que existir otra posibilidad: la cooperación entre pueblos basada en la igualdad y el respeto a la soberanía.

De Venezuela a Cuba.

De Colombia a Canadá.

De Ceuta a Groenlandia.

Pueblos distintos, historias distintas, realidades distintas. Pero una misma aspiración: decidir su propio futuro sin que una potencia extranjera establezca los límites de lo posible.

No se trata de sustituir un imperio por otro. Ni de cambiar de amo. Se trata de que no haya amos. Porque ningún pueblo debería pedir permiso para ser libre, y ningún Gobierno debería aceptar que «aliado» termine significando «obediente».

Los imperios parecen invencibles mientras cada pueblo lucha por separado. Su verdadera debilidad aparece cuando esos pueblos comprenden que no están solos. Por eso, frente a la amenaza y al chantaje, la respuesta solo puede ser la solidaridad internacionalista: la unidad de la clase trabajadora, la unidad de los pueblos oprimidos, por encima de las fronteras.

Porque lo que más teme cualquier poder acostumbrado a mandar no es que un pueblo diga «no». Es que muchos pueblos aprendan a decirlo juntos.

 

¡Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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