Irak, Libia y Siria: el manual de la destrucción de Estados

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Irak, Libia y Siria: el manual de la destrucción de Estados

Tres países, tres pretextos y un mismo resultado. Nos dijeron que Irak escondía armas de destrucción masiva, que en Libia había que proteger a los civiles y que en Siria se trataba de una revolución democrática. Los pretextos cambian, pero las ruinas se parecen demasiado. Conviene contar esta historia sin las versiones edulcoradas de los grandes medios, porque quien no entiende cómo se destruye un Estado no entiende cómo van a intentar destruir el siguiente.

Nadie idealiza a nadie.

Ni Sadam Huseín, ni Muamar el Gadafi, ni Bashar al Asad fueron demócratas de manual, y no hace falta esconderlo. Pero la pregunta nunca fue si eran gobiernos perfectos. La pregunta es quién decide el destino de un pueblo: su gente o las cancillerías de Washington, Londres y París. Y la respuesta, una vez más, la dieron los bombarderos.

Irak: la mentira que costó cientos de miles de vidas.

Irak ya venía desangrado por las sanciones de los años noventa cuando, en 2003, Estados Unidos y Gran Bretaña lo invadieron sin autorización del Consejo de Seguridad, con el pretexto de unas armas de destrucción masiva que jamás aparecieron. Cientos de miles de muertos, según las estimaciones, y millones de desplazados. Y una decisión criminal e inteligente a la vez: disolver el ejército y la administración del Estado y lanzar a la calle a cientos de miles de hombres armados, sin trabajo y con rencor. De esa insurgencia y de las cárceles de la ocupación salieron cuadros del futuro Estado Islámico, que en 2014 tomó Mosul y proclamó su califato. Mientras tanto, las grandes petroleras occidentales volvían a hacer negocio en el país. Nadie fue juzgado por la mentira.

Libia: proteger a los civiles para tumbar a un gobierno.

En 2011, el Consejo de Seguridad autorizó una zona de exclusión aérea para proteger a la población civil. La OTAN la convirtió en una guerra de cambio de régimen: meses de bombardeos hasta que Gadafi fue capturado y asesinado en octubre. Libia tenía el mayor índice de desarrollo humano de África, sanidad y educación gratuitas y las mayores reservas de petróleo del continente. Hoy es un país fracturado entre gobiernos rivales y milicias, con mercados donde se vende a migrantes como esclavos. Y con una lección que se ha leído en todas las capitales del mundo: Libia había renunciado en 2003 a su programa de armas de destrucción masiva, y en 2011 la bombardearon igual.

Siria: de la «revolución» a la toma de Damasco.

El conflicto comenzó en marzo de 2011 y, desde el primer momento, no fue una guerra solo de sirios. Estados Unidos, Turquía y las monarquías del Golfo armaron y financiaron a la oposición armada, y de aquel caldo fueron saliendo los grupos yihadistas: el Frente al Nusra, filial de Al Qaeda, y el Estado Islámico. Rusia e Irán apoyaron al gobierno de Damasco. En diciembre de 2024 cayó Asad, y quien entró en Damasco fue Hayat Tahrir al Sham, heredera de Al Nusra, dirigida por Ahmed al Sharaa, el antiguo Abu Mohamed al Yolani, un hombre que fue de Al Qaeda y por cuya cabeza Washington llegó a ofrecer diez millones de dólares.

Mirad lo que ha pasado desde entonces. La prensa occidental convirtió al yihadista en «rebelde», luego en «opositor» y hoy en presidente de transición. Le retiraron la recompensa, le quitaron la etiqueta de terrorista y, el pasado 24 de agosto, Estados Unidos sacó a Siria de su lista de Estados patrocinadores del terrorismo y levantó las sanciones que le quedaban. Mientras tanto, la Constitución sigue suspendida, no hay elecciones, el Parlamento está en buena parte nombrado a dedo, en 2025 hubo matanzas de civiles alauíes y drusos, e Israel ha lanzado cientos de incursiones y bombardeos y ocupa territorio del sur del país. Este es el proceso de esperanza que nos vendían: un Estado desmantelado y un pueblo sin soberanía.

El patrón.

Fijaos en el guion. Se elige el país que no se arrodilla, se le pone un pretexto (armas, derechos humanos, democracia), se le aplican sanciones, se arma a quien lo combata, se bombardea si hace falta y, cuando cae, se reparten los recursos. Petróleo, gas, tierras estratégicas y contratos de reconstrucción. Y las consecuencias las pagan siempre los mismos: las mujeres, los niños y la clase trabajadora. Los que dicen combatir el terrorismo islamista se han apoyado en él, o han tolerado que crezca, cada vez que les ha convenido para derribar a un gobierno incómodo.

La memoria que nos toca defender.

Por eso no nos sirve la amnesia. Irak, Libia y Siria no son el pasado. Son el aviso de lo que quieren para Cuba, para Venezuela y para cualquier pueblo que reclame soberanía sobre sus recursos. Los pueblos tienen derecho a decidir su destino sin tutelas ni bombas, y tienen derecho a defenderse. La tarea de la clase trabajadora internacional es no comprar el relato, desmontar el pretexto antes de que caigan las bombas y defender la solidaridad entre los pueblos frente al imperio y sus satélites.

 

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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