Juanlu González (biTs rojiverdes).— Míralo hoy. Ahí está Felipe González, convertido en un fantasma impresentable, un polvoriento jarrón chino cascado, un pelele senil que pasa sus días haciendo campaña para las derechas, avalando al establishment gringo y aplaudiendo las mismas políticas de recortes sociales y sumisión atlantista que él mismo instaló. Da pena, sí, pero no te engañes: esta actitud no deriva de una demencia senil ni de un «cambio de opinión» tardío. Es la máscara cayendo al suelo. Para entender estas palabras no hay que mirar sus entrevistas de sobremesa: hay que mirar hacia la historia reciente, hacia Suresnes, a los informes desclasificados de la CIA, a los cables de la embajada norteamericana e, incluso, al Diario de Sesiones del Congreso. La verdad no está en los mítines, está en los archivos, unos archivos que, en su mayoría siguen siendo secretos en el estado español y jamás se han atrevido a desclasificar, como sí ha hecho EEUU de maneras parcial o como sí ha logrado magistralmente Wikileaks.
La versión oficial nos ha vendido el congreso de 1974 del PSOE, aún en el exilio, como un relevo generacional democrático, como el triunfo de un abogado brillante y locuaz sobre una cúpula desconectada de la realidad del país que, con su brillante oratoria, logró hacerse con el control del partido. Tanto la tesis doctoral de Isabel Mª Cubero Trujillo como las investigaciones de Alfredo Grimaldos en La CIA en España cuentan otra cosa muy distinta: un PSOE castrado ideológicamente y aupado por quienes necesitaban una izquierda domada frente a un PCE que había sido el verdadero eje de la oposición antifranquista. Por cierto, hacía años que los socialistas se habían retirado de las calles para prepararse para gobernar por indicaciones de arriba, como me comentó personalmente un actor principal de la resistencia andaluza al franquismo.
Los testimonios recogidos por Grimaldos y por el coronel Arturo Vinuesa señalan que el SECED —el servicio secreto creado por el almirante Carrero Blanco— facilitó pasaportes y acompañamiento a la dirección del PSOE para asistir a Suresnes. No era un mero detalle logístico: era una garantía de que el socialista que iba a tomar el micrófono no iba a poner en cuestión ni la Base de Rota ni el trono de Juan Carlos.
Como detalla la investigación, «tratados con exquisita suavidad por el régimen franquista, incluso con órdenes de no detención, sus dirigentes estaban en contacto permanente con miembros de los servicios secretos (el SECED), quienes los ayudaban incluso a transportar el material propagandístico ‘ilegal’ para sus reuniones. Willy Brandt, junto con los servicios secretos alemanes, se sumaron así a los EEUU para acabar con los comunistas. Ríos de dinero fluyeron procedentes de fundaciones alemanas del PSD y de la propia CIA para evitar la llegada al poder del PCE» [Ver tesis, pág. 344]. A sus dirigentes sí que se les perseguía, se les torturaba, se incautaba su material y se les encarcelaba.
Y es que el PSOE en 1974 era un aparato minúsculo comparado con el PCE, al que jamás ganaría en las elecciones de 1982 solo con propuestas y un carismático líder. Necesitaba locales, prensa, viajes y una estructura sólida. Ahí aparece el entramado alemán: la socialdemocracia del SPD, sus fundaciones y, en el lado más turbio, el consorcio Flick, cuyo propietario, Friedrich Karl Flick, había sido condenado en Núremberg como criminal de guerra nazi, cuya colosal fortuna se construyó sobre el trabajo esclavo en los campos de concentración.
Esto no es un bulo de internet. Está publicado, negro sobre blanco, en el Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados (sesiones de finales de 1984), donde se debatió y documentó la trama de corrupción transnacional del Caso Flick y la inyección de este capital de origen nazi para comprar las primeras campañas y la lealtad atlantista del PSOE [Ver Boletín Oficial de las Cortes, Serie E, Exp. 104]. La izquierda española no iba a romper nada; iba a ser comprada con dinero nazi, castrada y puesta a trabajar para el Imperio desde el minuto uno.
Pero no se puede entender la maquinaria que sostuvo a González sin entender cómo eliminaron al único hombre del régimen —de Suárez se hicieron cargo después— que se oponía a los designios de la OTAN: Luis Carrero Blanco. Carrero no quería ceder las bases para la guerra de Yom Kippur y, lo que era más grave para Washington, estaba impulsando el Proyecto Islero: la bomba atómica española que garantizaba soberanía frente a Washington. El 19 de diciembre de 1973, Carrero Blanco entregó a Henry Kissinger los folios del Proyecto Islero. La respuesta de Kissinger fue concluyente: «Cuando España es importante, es peligrosa». Horas después, su coche volaba por los aires.
La versión del «héroe etarra con su dinamita» se desmorona ante el atestado: una carga de seis a ocho metros, situada a 1,5 metros del eje de la calzada, y un efecto explosivo incompatible con la Goma-2 declarada oficialmente. Investigaciones periodísticas y testimonios recogen que individuos desconocidos reforzaron las cargas inicialmente colocadas con explosivo militar super potente de un tipo que ETA no poseía. El juez instructor, Luis De la Torre Arredondo, lo confesó años después: «Me llegaron rumores de que el atentado había sido organizado por otros y que ETA había actuado como mano material de la CIA» [Ver tesis, pág. 174]. ETA fue la coartada; la red Gladio y la CIA, los autores intelectuales.
Pero también había que quitarse de en medio a Suárez, como pedían la OTAN y el ya rey de España. En vez de otro magnicidio, se recurrió a otra estrategia: un golpe de estado. El 23-F no fue el delirio de un teniente coronel con tricornio. Fue una operación con muchas patas, y una de ellas llevaba directamente al PSOE. Las memorias de Jordi Pujol recogen el ofrecimiento que Enrique Múgica le trasladó en 1980 para apoyar un gobierno militar tras destituir a Suárez. En las listas oficiosas de aquel «gobierno de concentración»: Armada como presidente, Felipe González como vicepresidente, López de Letona como segundo vicepresidente y Múgica en Sanidad. Y no, Múgica no actuaba por su cuenta —como dice el PSOE para protegerse— en unas memorias inéditas de Ramón Rubial se recogen las idas y venidas de Múgica para organizar la trama civil del golpe de estado de Juan Carlos de Borbón con todo lujo de detalles.
La CIA tomó nota de todo. Su evaluación del golpe, en un documento desclasificado, reconoce que el operativo exclusivamente miliar llevado a término por Tejero estuvo peligrosamente cerca de triunfar: «El intento de golpe militar de la semana pasada evidentemente estuvo más cerca de tener éxito de lo que el Gobierno ha estado dispuesto a admitir» [Ver documento CIA, 3 de marzo de 1981].
Así que, mientras Adolfo Suárez coqueteaba con el no alineamiento y recibía a Yasser Arafat. Lo apartaron. Y el «flamante» presidente que vino después, Leopoldo Calvo Sotelo, convirtió en su gran firma de legitimación la entrada de España en la OTAN el 30 de mayo de 1982. Ese era el trato. El golpe blando sirvió para cerrar el flanco sur. Suárez fuera, OTAN dentro, Moncloa en venta.
La sumisión a los intereses geoestratégicos de Estados Unidos siempre ha requerido sacrificios territoriales. La entrega del Sáhara Occidental en 1975 no fue un accidente; fue un pacto. Documentos desclasificados demuestran que la CIA diseñó la «Marcha Verde» en un gabinete de Londres y que el rey Juan Carlos negoció en secreto con Hassan II la traición al pueblo saharaui a cambio de mantener el favor de Washington [Ver documento CIA, 6 de noviembre de 1975].
Y en esa lógica de «todo es negociable» entraron también Ceuta y Melilla: barajadas en la Zarzuela y los despachos atlantistas como moneda de cambio para contentar a Marruecos y estabilizar el flanco. Para quienes diseñaron la Transición, la soberanía no era un principio: era una partida presupuestaria.
Siete meses después, el 30 de noviembre de 1982, González era investido presidente con el «OTAN, de entrada, NO» en la boca. Era la anestesia necesaria para una operación ya decidida. La prueba documental no depende de rumores. Está en la propia Biblioteca Reagan: las Remarks following discussions with Prime Minister Felipe González Márquez in Madrid, 7 de mayo de 1985. Washington no estaba negociando con un antimilitarista: estaba celebrando con un aliado.
Pero el smoking gun, la prueba definitiva de su doble cara, está en los archivos de Langley. Ya en octubre de 1982, antes de pisar la Moncloa, un informe de la CIA titulado Spain: the socialists on the Threshold of Power señalaba que Felipe González presentaba un «perfil bastante conservador, alejado del comunismo», y aseguraba a la Casa Blanca que «la política trazada por el PSOE durante su liderazgo será menos radical que las posiciones tomadas por el mismo González durante la oposición» [Ver documento CIA, 1 de octubre de 1982]. Sabían perfectamente con quién estaban tratando, incluso dijeron que no cumpliría con las promesas vertidas en sus campañas electorales y que era el más conservador de los líderes socialistas con posibilidad de gobernar.
Y la confesión final llegó en febrero de 1984. Un documento Top Secret de la CIA, titulado Spain-NATO: Coming to Grips with Membership, dejaba por escrito lo que González susurraba en los despachos de Washington:
«Creemos que el presidente Felipe González se ha convencido durante sus trece primeros meses en el poder de que España debe permanecer en la OTAN… González está decidido a mantener a España en la Alianza y posiblemente lo consiga. Pasará el próximo año sentando las bases para persuadir al resto del país de los méritos de este curso» [Ver documento CIA, 1 de febrero de 1984].
Mientras en la calle gritaba «NO», en los despachos de la Casa Blanca el PSOE ya había garantizado la permanencia. El chantaje geopolítico de vincular la OTAN a la entrada en la CEE fue la herramienta para vender la traición a su propia militancia. Las promesas de no integración en la estructura militar, no nuclearización y reducción de presencia estadounidense fueron papel mojado. Treinta años después, Rota es un nodo del escudo antimisiles y Morón una plataforma de proyección hacia África. El «NO» fue el envoltorio; la OTAN fue el regalo envenenado.
«El compromiso de Felipe González con la moderación y con unas relaciones amistosas, si no estrechas, con Washington significa que las políticas de su partido en el Gobierno serían menos radicales que las posiciones que había defendido públicamente desde la oposición»…
«Su moderación se vería reforzada desde distintos frentes: por los partidos socialistas europeos y los dirigentes socialdemócratas con quienes mantenía estrechos vínculos; por sus posibles socios centristas de coalición; y por los centros de poder conservadores, especialmente las Fuerzas Armadas y los círculos empresariales, que ejercerían una influencia discreta desde detrás del escenario». (Ver documento de la CIA, septiembre de 1982)
Cuando González aparece hoy dando oxígeno a la derecha, no está traicionando su pasado. Está siendo coherente con él. Es el mismo hombre que llegó a Suresnes con pasaporte y protección franquista, que se incluyó en la lista de un gobierno de concentración militar del 23-F, que firmó el «NO» mientras Washington celebraba el «SÍ», y que vendió la soberanía española al Pentágono mientras la CIA ponía el C-4 en los túneles de Madrid.
La historia no se escribe con las intenciones que se dicen en los mítines, sino con los documentos que se firman en las sombras y las actas que se ocultan en el Congreso. Y esos papeles no mienten. El impresentable de hoy es el reflejo exacto, sin filtros ni anestesia, del monstruo de ayer.
DOSSIER DE FUENTES Y DOCUMENTOS DESCLASIFICADOS
1. Documentos Desclasificados de la CIA (CIA Reading Room)
- Spain: the socialists on the Threshold of Power (1 de octubre de 1982): Analiza el perfil «conservador» de González y su alejamiento del comunismo.
🔗 Ver documento PDF - Spain-NATO: Coming to Grips with Membership (1 de febrero de 1984): El «smoking gun». Confiesa que González ya estaba convencido de mantener a España en la OTAN y sentar las bases para persuadir al país.
🔗 Ver documento PDF - Spain: Assessing the coup Attempt (3 de marzo de 1981): Evaluación de la CIA tras el 23-F, reconociendo que el golpe «estuvo más cerca de tener éxito de lo que el Gobierno ha estado dispuesto a admitir».
🔗 Ver documento PDF - Spanish Sahara. Spain and Morocco have reached an understanding (6 de noviembre de 1975): Detalla cómo el príncipe Juan Carlos comunicó a EE.UU. las condiciones pactadas en secreto para la Marcha Verde.
🔗 Ver documento PDF
2. Cables Diplomáticos de WikiLeaks
- Spanish-Sahara: meeting with King Hassan (23 de octubre de 1975): Cable que prueba cómo EE.UU. acordó mantener una «posición neutral» de cara al público mientras respaldaba en la sombra la anexión marroquí.
🔗 Ver cable - New head of government to be named in Spain (28 de diciembre de 1973): Análisis de la embajada de EE.UU. tras el asesinato de Carrero Blanco y el nombramiento de Arias Navarro.
🔗 Ver cable
3. Archivos Parlamentarios y Hemeroteca
- Diario de Sesiones / BOCG, Serie E, Expediente 104 (Caso Flick): Debate parlamentario sobre la financiación ilegal del PSOE y el consorcio nazi Flick.
🔗 Ver Boletín Oficial - Remarks following discussions with Prime Minister Felipe González Márquez in Madrid(Ronald Reagan Library, 7 de mayo de 1985): Acta oficial de la reunión donde Reagan celebra la alineación atlantista de González.
🔗 Ver acta oficial
4. Bibliografía Base (Tesis Doctoral)
- Isabel Mª Cubero Trujillo, La influencia de la política de seguridad nacional de los Estados Unidos en el proceso de transición a la democracia en España (1973-1986). Tesis Doctoral, Universidad de Cádiz / Université Bourgogne Franche-Comté (2021/2022).
- Alfredo Grimaldos, La CIA en España (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007).
🔗 Ver documento - Anna Grau, De cómo la CIA eliminó a Carrero Blanco y nos metió en Irak (Ediciones Destino, 2011).
- Jesús Palacios, 23-F, el Rey y su secreto. 30 años después se desvela la llamada Operación De Gaulle (LibrosLibre, 2014).
- Pilar Urbano, El precio del trono (2011). Reconstruye el ascenso de Juan Carlos de Borbón al trono, sus relaciones con Franco y los movimientos políticos que hicieron posible la restauración monárquica. Editorial Planeta



