Feijóo y el arte de la nada política.
Alberto Núñez Feijóo llegó a Madrid precedido por un mito de buen gestor, un aura de moderación fabricada a golpe de mayoría absoluta en Galicia. Cuatro años de silencio calculador en Santiago de Compostela sirvieron para vender la imagen de un hombre de Estado, un adulto en la sala capaz de templar los ánimos de una política estatal incendiada. Sin embargo, la realidad de la capital ha desnudado el personaje. Al salir del ecosistema mediático protegido del que disfrutaba en tierras gallegas, Feijóo ha demostrado que detrás de la corbata de sastre y el tono pausado no hay un proyecto de país, sino un vacío absoluto.
La trayectoria de Feijóo en el liderazgo de la oposición nacional es el relato de una constante contradicción. Prometió una política constructiva y alejada de los estridencias, pero ha terminado encadenado a la agenda que le dicta la extrema derecha y los sectores más ultras de su propio partido. Su estrategia no se basa en proponer alternativas económicas o sociales, sino en el desgaste por el desgaste, estirando hipérboles que ya nadie cree. Quien iba a rescatar la centralidad institucional ha acabado abonado al catastrofismo diario, atrapado en un laberinto donde el único norte es el camaleonismo político para sobrevivir internamente.
El verdadero problema de Feijóo no es su falta de carisma, un defecto que en tiempos de sobreactuación hasta podría considerarse una virtud. Su gran lastre es la ausencia de convicciones firmes. Es un líder que navega según sople el viento de las encuestas y los editoriales de la Villa y Corte. En Galicia gobernó por inercia, apoyado en una maquinaria electoral perfecta; en Madrid, donde se requiere iniciativa, valentía y una idea clara de España, Feijóo se disuelve. Su gestión de la oposición es la crónica de una parálisis, el reflejo de un político que teme tanto cometer un error que acaba por no hacer nada en absoluto. La moderación era solo un disfraz; la cruda realidad es que el rey está desnudo.
André Abeledo Fernández

