Fernando García (Unidad y Lucha).— A finales de marzo, en la Asamblea General de Naciones Unidas se votó una resolución de condena a la esclavitud ejercida contra los pueblos de África y al tráfico de esclavos/as por el Atlántico, en la que se los señalaba como el crimen de lesa humanidad más grave de la Historia. Presentada por Ghana, es fruto de una iniciativa conjunta de unos 60 países africanos, caribeños y latinoamericanos.
El resultado de la votación fue enormemente ilustrativo. Hubo 3 votos en contra: los de EE. UU., la entidad sionista de “Israel” y la Argentina de Milei, ¡qué tres ejemplos del culmen de la humanidad! Pero prácticamente igual de repugnantes fueron las 52 abstenciones: las de casi todos los países centrales del imperialismo (ver imagen resumen de la votación), ¡incluida la Españita de nuestro “gobierno más progresista de la historia” y de un Sánchez auto-percibido líder moral del mundo! Además, con la especial carga de responsabilidad por ser heredera histórica de una de las potencias de la época que más impulsaron y más se lucraron con la esclavitud.
Aunque se trata de una resolución todavía no vinculante en lo legal, esto no le resta un ápice de importancia. No solo porque haya retratado a quienes no la apoyan, sino porque muestra a las claras cómo se están ensanchando aceleradamente las grietas de la hegemonía imperialista. También porque la esclavitud africana no es solo una horrenda herida del pasado a la que se puede dar carpetazo encerrándola en los libros de historia, sino que hablar de ella es de plena y total vigencia hoy; es poner el foco en el origen histórico y material de las desigualdades económicas actuales y la división internacional del trabajo: la esclavitud como un motor clave del proceso de acumulación originaria de capital, el cual habilitó el desarrollo del capitalismo en Europa – como bien analizaron y explicaron nuestros clásicos, desde Marx y Engels a Frantz Fanon, entre otros. Con la extenuación y la muerte de millones de seres humanos en la minería, en la agricultura y en el trabajo doméstico, es como se enriquecieron las burguesías europeas. Por otra parte, es sobre la misma base material esclavista donde se apoya el racismo de hoy.
La resolución recalca que estos crímenes de lesa humanidad (entre los siglos XV y XIX, alrededor de 12,5 millones de personas fueron arrancadas de su tierra por la fuerza y sometidas a esclavitud) no pueden ni deben prescribir jamás, señalando que en las tradiciones éticas y jurídicas de las distintas sociedades africanas no se contempla la prescripción de los delitos. Tiene también un apartado específico sobre mujeres y niñas: quienes fueron sometidas a esclavitud sexual, a violaciones sistemáticas y a reproducción forzosa para garantizar la reposición de mano de obra.
El texto abre la vía para reclamar medidas de justicia reparadora: disculpas formales plenas, leyes y programas contra el racismo, restitución de bienes históricos, artísticos y culturales africanos y/o afro-descendientes, garantías de no repetición, inclusive medidas de restitución e indemnización. ¡Pero cómo iban las potencias imperialistas a apoyar tal afrenta de que les puedan tocar el bolsillo, hasta ahí podíamos llegar! ¡Ni que sus respectivas burguesías se lo hubieran llenado a base de saqueo y expolio! ¿¡O sí!?
De todos modos, esta resolución no surge en el vacío; sino que se enmarca en una creciente iniciativa de los pueblos de África, de Nuestramérica y de Asia por librarse definitivamente de los lastres de su pasado colonial y en pos de su soberanía política, económica y cultural; por zafarse de su sometimiento al imperialismo… Como decía Fidel en la bellísima Segunda Declaración de La Habana (1962): “por su única, verdadera e irrenunciable independencia”.


